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Letras | Andrés Sánchez Robayna Escritor

Andrés Sánchez Robayna: "El pensamiento fragmentario accede a otro tipo de verdad"

El poeta y ensayista Andrés Sánchez Robayna acaba de publicar ‘Las ruinas y la rosa’, un maravilloso compendio de ideas y reflexiones entre las que se encuentran algunos grandes genios de la humanidad

Andrés Sánchez Robayna

Andrés Sánchez Robayna / LP / DLP

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¿Cómo definiría este libro? 

Francamente, no tengo una idea clara de lo que he hecho. Esta es precisamente la clave del libro, y también su sentido. Es una escritura abierta, en la que cabe todo, desde un aforismo a una «fantasía» filosófica, un recuerdo de infancia o un poema en prosa.

¿Por qué ese título, Las ruinas y la rosa?

Había leído cierto pasaje de Paul Valéry y me impresionó el modo en que hablaba de sus recuerdos, asociándolos a la destrucción y a la belleza. Pensé que eso es nuestra vida, al fin y al cabo. Las ruinas a las que me refiero en el libro son las de la vida: el dolor, todos nuestros fracasos, las pérdidas, las erosiones provocadas por el tiempo. Pero en esas ruinas hay, a la vez, algo hermoso. Es lo que hemos sido. Esta idea aparece ya en el mundo clásico. Los dioses envidian la finitud del ser humano.

Lo primero que llama la atención son los mensajes claros y sencillos que contiene sobre diferentes pensamientos de grandes genios de la humanidad. ¿Considera que puede ser un manual de la vida, una pauta de conducta, una guía existencial? 

Con este libro no pretendo nada. De hecho, en el preliminar digo que ni siquiera estoy seguro de que sea propiamente un libro. En la mesa se me iban acumulando las anotaciones, los apuntes más diversos, ya fuera sobre las plantas del jardín o sobre la arquitectura, pasando por los pájaros, mi infancia, la política, la historia o los trágicos griegos. Tuve muy en cuenta, eso sí, la idea de Cioran de que hay que escribir para decir algo, no para hacer una obra.

Tras una amplia carrera en géneros como la poesía, el ensayo, la traducción, etc., ¿qué le ha llevado a publicar un libro de estas características? 

Una aspiración a la libertad. No quería someterme a ninguna de las categorías literarias establecidas. Quería más bien jugar con ellas, subvertirlas, llevarlas a una parte distinta de su función habitual. No sabía a dónde me llevaría esa actitud, y sigo sin saberlo. Pero, entretanto, he visto en el pensamiento fragmentario una clase de verdad, o de realidad, a la que es difícil acceder de otro modo.

¿Las ideas que plasma en el libro están expuestas con algún orden o planteamiento previo? 

Hay un desorden total y absoluto, pero desorden no significa que no existan ciertas líneas vertebrales, de las que ni yo mismo era consciente al escribir. A posteriori, por ejemplo, he caído en la cuenta de la importancia de los sentidos en la conformación de nuestra conciencia del mundo, ya desde las primeras experiencias de infancia. O la huella que ha dejado en mí el estudio del budismo.

¿Existe algún precedente en esta forma de literatura que haya inspirado este «cuaderno abierto de reflexiones», como usted lo llama? 

Algunos amigos y lectores me han hecho ver la conexión de esta escritura con la de mis Diarios, del que ya se han publicado tres entregas. Tal vez se den ciertas concomitancias. Otros me comentan la cercanía a los Cuadernos de Valéry. Yo mismo veo analogías con el Zibaldone de Leopardi. Ojalá mis notas estuvieran a la altura de estos dos ejemplos. Me sentiría muy orgulloso. 

Hay fragmentos de sólo cuatro líneas y anotaciones de varias páginas. ¿Qué tipos de pensamientos suelen ocupar los primeros y los segundos? 

No existe una “ley” del fragmento, desde luego. Hay apuntes ligeros muy extensos, o pasajes de cierta intensidad con sólo una o dos líneas. Y a la inversa. Lo que sí hay es una correspondencia interna entre expresión y extensión, que no sé si siempre se ha cumplido. Se corren ciertos riesgos en este modo tan libre de escritura. Digamos que esa correspondencia no es un principio general.

¿Podría nombrar dos o tres pensamientos que le hayan marcado a usted a título personal del libro? 

Sería muy difícil escoger. Me inclinaría sobre todo por aquellos pasajes en los que se habla de la importancia de los sentidos, de la sensación, del olfato, del tacto, en nuestro modo de aprehensión del mundo. El pensamiento abstracto muchas veces nos aleja de él. Somos víctimas de nuestros conceptos y preconceptos, de nuestros prejuicios.

¿Cree que algunas de estas reflexiones pueden considerarse como poemas en prosa? 

Sí, claro. De eso sí que me di cuenta en su momento. De hecho, la frontera entre la expresión aforística y el poema es prosa es a veces muy tenue. En el libro hay un número no pequeño de poemas en prosa. Un amigo me ha hecho ver que el libro se cierra precisamente con uno de ellos, relativo a la contemplación y la meditación activa como formas de «vida verdadera»..

¿Qué supone este libro en el conjunto de toda su producción literaria?

¿Cómo saberlo? El autor no siempre sabe ciertas cosas, y esta es, me parece, una de ellas. Todo lo que puedo decir es que el libro responde a la profunda necesidad interior de una nueva expresión, un nuevo modo de entender las relaciones entre poesía y pensamiento, entre vida y experiencia, entre conocimiento y realidad. Sé hasta qué punto esa aspiración es demasiado ambiciosa. Esto son sólo astillas.

¿Cree que estos fragmentos y apuntes breves son una manera de fomentar la lectura de una manera plácida para el que no tenga ese hábito?

La lectura debe ser siempre un placer, en mayor o menor grado, incluso en el caso de los textos más exigentes y que más dedicación nos piden. Se da a menudo el caso de que, mientras más dificultad presenta un texto literario, más placer obtenemos al leerlo, al interpretarlo, al estudiarlo. Me daría por contento si este libro lograr atraer a personas que normalmente no se sienten interesadas por los temas de los que aquí se habla.

Pero usted, en el libro, habla muchas veces de la lectura al margen de cualquier otra cosa, como algo importante en sí mismo. ¿Lo dice por el dominio actual de las pantallas, en nuestras sociedades informatizadas, dominadas por las imágenes y las redes sociales?

Claro, también en ese sentido. Pero no condeno la informatización, de la que hay mucho que aprender y aprovechar, aunque yo, particularmente, nunca he usado redes sociales. Reivindico la lectura como operación intelectual y sensible. La lectura nos permite recrear mentalmente, y también sentir, los mundos que hay en nuestro mundo. Sólo por eso la lectura debería ser considerada como uno de los grandes dones de la humanidad.

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