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CRÍTICA

Naftalina espacial

La Orquesta Filarmónica de Gran Canaria dirigida por Karel Mark Chichon  el pasado 5 de diciembre.

La Orquesta Filarmónica de Gran Canaria dirigida por Karel Mark Chichon el pasado 5 de diciembre. / LP/DLP

Fierabrás

Los Planetas de Gustav Holst es una de las obras que ha pasado a la historia como vehículo de lucimiento de su aparato orquestal y uno de los conceptos programáticos más kitsch que la literatura musical haya contemplado. Oída de nuevo en su conjunto, la impresión es que la obra se queda viejuna por esa pompa victoriana temática sobre la que se construye – especialmente Júpiter -, porque la partitura es irregular en sus variados sketchs y parece quedarse a distancia de obras como los Cuadros de una exposición, las Danzas Sinfónicas o la propia obra británica de Elgar, Variaciones Enigma, que sirven a un mismo propósito pero están dotadas de un programa más atractivo y coherente.

Recordemos que Holst retrata sus planetas desde el punto de vista astrológico, no astrofísico, por lo que el hilo conductor de estas siete piezas depende de la imaginación del director de turno y su capacidad para dar lustre tímbrico y sentido teatral a esta curiosa fantasía sinfónica.

Todas esas características latían potencialmente en esta lectura, con una Orquesta Filarmónica de Gran Canaria en forma y su titular al frente para sacar todas las virtudes de la misma.

Por alguna razón, el resultado fue tan irregular como la obra misma. En lo técnico, faltó acabada redondez en las diferentes secciones, claridad y planificación de dinámicas. Aunque Karel Mark Chichon tiene un agudo sentido teatral en su lectura, faltó convicción y sobró énfasis. Prefirió la virulencia del contraste en Marte, más que resaltar dramáticamente el mundo disonante y deformado de la guerra que ofrece la partitura.

El director británico no parece tener en cuenta la volumetría de la sala sinfónica porque se empeña en ofrecer unos fortissimi que se escuchan mates, planos e incluso desagradables al oído. El opuesto a Marte, Venus, sonó falto de poesía y con exceso de rigidez con una graduación dinámica poco lograda. A los solos de la concertino Vera Martínez (Cuarteto Casals) les faltó empaque y tuvieron un sonido pobre y rígido.

Un Mercurio poco desmenuzado quedó borroso y confuso, mientras que Júpiter, con los debes antes mencionados a unos aplastantes forti, tuvo al menos coherencia constructiva.

El mejor momento vino quizá en Saturno, donde Chichon consiguió reconcentrada expresión en el ostinato que refleja el paso del tiempo, así como una paleta dinámica más rica y natural, donde todo fluyó con una comunicatividad de buena ley. O en el episodio final – Neptuno– con sus sonoridades góticas, donde fue gratificante volver a escuchar las plateada voces de las féminas del Coro de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, hasta ahora desaparecido de la programación de esta temporada. A Urano, el mago, le faltó mordacidad y le sobró una objetividad que recorrió toda la obra y mostró su decadentismo estilístico, como si fuera de poco interés para el maestro británico.

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