Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Canarismos

Comer como un cura

Willy Bombeek, sacerdote belga

Willy Bombeek, sacerdote belga / Andrés Cruz

Hubo un tiempo en el que los sacerdotes formaban su propia tribu. La tribu de Leví o de los levitas era la casta sacerdotal que en la tradición hebraica antigua se ocupaba de la gestión del templo y del tabernáculo, por lo quedaba exenta de las obligaciones comunes al resto de las tribus de Israel. Los levitas no poseían tierras ni heredades, puesto que su única dedicación era garantizar y suministrar los servicios, las ofrendas y los sacrificios. No obstante el no poseer tierras ni cultivarlas, estos vivían de los productos del campo que recibían del pueblo. Una de las ofrendas a las que tenían derecho los levitas eran las primicias de la tierra que, como su nombre indica, se refiere a los primeros frutos de la cosecha o productos del ganado que eran entregados al templo. El mismo fin se perseguía con el diezmo que suponía la obligatoriedad de entregar la décima parte (de ahí su nombre, diezmo, del latín decimus/décimo) de los frutos de la tierra y del ganado para sostener a los levitas o sacerdotes. El diezmo es una figura antiquísima que ya se mencionaba en el libro del Génesis y se consideraba, de facto, un impuesto del templo que en la Edad Media la iglesia hizo suyo como tributo en toda regla ya que para entonces había perdido el carácter originario de pagar el 10% de lo producido. En las antiguas civilizaciones mesopotámicas el templo poseía tierras que eran labradas por trabajadores y cuyos productos se destinaban al sostenimiento de los sacerdotes. En el Antiguo Egipto, al igual que en Mesopotamia, los sacerdotes formaban una casta privilegiada que se encargaba de la celebración de rituales, de estudiar y administrar las propiedades de los llamados dioses. Más allá de las tareas de ordinaria administración, el clero, en la mayor parte de las tradiciones de la Antigüedad, no tenía que preocuparse del sustento diario y, presumimos, que no estaba mal alimentado. Esta idea que asocia al estamento clerical con una condición de privilegio y la de «pegarse la buena vida» (o disfrutar de los placeres que le están al alcance, sin demasiados miramientos) parece ser una constante histórica que ha llegado hasta nuestros días. De modo tal que este estereotipo ha calado profundamente en el vulgo hasta formar parte del imaginario popular. Y es en este contexto donde se insertan dichos como el que nos ocupa y que caricaturiza la figura del cura que disfruta con el buen comer. Con esta frase en forma comparativa que hace referencia al placer de comer (lo que paradójicamente implicaría gula, uno de los siete pecados capitales, según la propia iglesia) se pone en evidencia con gracejo la actitud del sujeto que le gusta regalarse, esto es, tratarse bien cuando se sienta a la mesa; procurando disfrutar de cuantos manjares le sea posible. La locución se suele emplear dirigiéndose con sorna a la persona que da muestras de buen apetito cuando se sienta a comer.

Afines a esta expresión y con la misma carga satírica, podemos escuchar: «vivir como un cura» (o «vivir mejor que un cura») que tiene un ámbito más general que la comentada y se emplea para referirse a alguien que le gusta vivir bien y disfrutar; o esta que dice: «vivir más bien que un cura con tres parroquias» forma comparativa de superioridad que se emplea a modo de hipérbole para expresar que alguien vive, ya no solo con holgura, sino «a cuerpo de rey», vamos que «vive como Dios».

Tracking Pixel Contents