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Jack Lemmon, un hombre corriente

Se cumple este año el centenario de Jack Lemmon, el actor que personificó, durante décadas, las aspiraciones y las angustias de la clase media americana en títulos tan incisivos y demoledores como ‘En bandeja de plata’, ‘Primera plana’ o ‘El apartamento’.

Jack Lemmon y Walter Matthau en ‘La extraña pareja’.

Jack Lemmon y Walter Matthau en ‘La extraña pareja’. / LP/DLP

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Claudio Utrera

Claudio Utrera

Las Palmas de Gran Canaria

Cuanto más retrocedemos en la historia del cine, encontramos estrellas más grandes y modélicas para millones de espectadores. Pero, aún antes, las estrellas eran, sobre todo, muy lejanas, olímpicas e inaccesibles, como cuadraba a la novedosa fascinación que entonces representaba el cine para el gran público.

Sin embargo, y con el paso del tiempo, el séptimo arte experimentaría una lenta y progresiva metamorfosis, dando paso a una oleada de jóvenes intérpretes con un perfil mucho más cercano a la gente corriente, más a pie de calle, como fue el caso, en los albores de los años sesenta, del gran Jack Lemmon (Newton/Massachusetts, 1925. Los Ángeles/California, 2001), un actor camaleónico que logró tumbar, en el terreno de la interpretación, todos los estándares del Hollywood clásico mientras inventaba un nuevo prototipo de personaje de extracción tragicómica, particularmente apegado a los hábitos, las contradicciones, las grandezas y las miserias de la clase media Para lograr sus objetivos Lemmon no encontraría otro vehículo profesional más idóneo que el que le proporcionaba la comedia de enredos conyugales, género tan revelador de la ideología hollywoodense en aquellos años que, además de haberle brindado muchos de sus más importantes éxitos en la pantalla, le convertiría muy pronto en uno de los intérpretes más personales, complejos y versátiles de la historia de Hollywood. De ahí que su imagen pública mostrara siempre ese aura especial que lo alejaba ostensiblemente del arquetipo de la megaestrella made in América para pasar a ocupar su propio espacio en el firmamento de los personajes de carne y hueso que tan acertadamente tipificaría, durante los primeros años de la posguerra, el movimiento neorrealista italiano.

Jack Lemmon y Shirley MacLaine en ‘Irma la dulce’. | LP/DLP

Jack Lemmon y Shirley MacLaine en ‘Irma la dulce’. / LP/DLP

Prototipo del buen actor profesional más que del genio o de la personalidad arrolladora, obtuvo sus mejores resultados con cineastas que sabían dirigir magistralmente a los actores y reprimir su inicial tendencia a excederse en los tics cómicos, llegando a crear personajes tan inolvidables como el travesti a la fuerza de Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959), de Billy Wilder, el patético alcoholizado de Días de vino y rosas (Days of Wine and Roses, 1962), de Blake Edwards, el ejecutivo en crisis de Salvar al tigre (Save the Tiger, 1973), de John G. Avildsen.

El ingenuo y atolondrado gendarme enamorado perdidamente de una prostituta parisina en Irma la dulce (Irma la Douce, 1963), de Billy Wilder, el marido moralmente hundido por la presión que ejerce sobre él la gran ciudad en El Prisionero de la segunda avenida (Prisioner of the Second Avenue, 1975), de Melvin Frank, el desdichado periodista deportivo que sufre las manipulaciones interesadas de su cuñado (Walter Matthau) para obtener pingües beneficios económicos tras un aparatoso accidente en En bandeja de plata (The Fortune Cookie, 1966), de Billy Wilder, actuación con la que Walter Matthau, su compañero de reparto, conseguiría su primer Oscar, o el pintoresco y tramposo piloto que compite en La carrera del siglo (The Great Race, 1965), posiblemente uno de los trabajos más redondos de Edwards, otra de las grandes leyendas de la screwball comedy de los sesenta, con la presencia de un reparto multiestelar integrado, entre otros, por Tony Curtis, Natalie Wood y Peter Falk.

Fue un intérprete camaleónico que tumbó todos los estándares de Hollywood

Ya en su etapa más reciente Lemmon, con más de cincuenta comedias como protagonista a sus espaldas, retoma de nuevo su formidable experiencia como actor dramático en 1966, bajo la batuta de Blake Edwards, en su memorable Días de vino y rosas, presidiendo el reparto de El síndrome de China (The China Syndrome, 1979), bajo la dirección de James Bridges y en compañía de Jane Fonda, Michael Douglas y Scott Brady. Un filme inspirado en un suceso real relacionado con un peligroso accidente en una central nuclear y que, contra cualquier previsión, se transformaría en uno de los grandes éxitos taquilleros de aquel año.

En Tributo (Tribute, 1980), del realizador canadiense Bob Clark, Lemmon se pone en la piel de Scottie, un escritor en horas bajas que sufre una profunda crisis personal a la que arrastra también a su mujer y a su hijo. Nominado por este trabajo al Oscar de su especialidad y ganador asimismo del Oso de Plata al Mejor Actor en la Berlinale, se trata de una de sus actuaciones de corte dramático más recordadas en su larga trayectoria frente a las cámaras. Además, en esta ocasión vuelve a compartir protagonismo con la gran Lee Remick, mostrando ambos, como en Días de vino y rosas, un admirable ejercicio de interrelación emocional.

Toni Curtis y Jack Lemmon en ‘Con faldas y a lo loco’. | LP/DLP

Toni Curtis y Jack Lemmon en ‘Con faldas y a lo loco’. / LP/DLP

Su participación en Desaparecido (Missing, 1982), de Costa-Gavras, encarnando a Ed Horman, el padre del periodista estadounidense Charlie Horman, asesinado por los servicios de seguridad del general Augusto Pinochet tras el triunfo del golpe de estado en Chile, le valió, entre otros galardones, el Premio al Mejor Actor en el Festival de Cannes y, sobre todo, el reconocimiento internacional por el arrojo personal y el compromiso político demostrados al liderar el reparto de uno de los filmes políticos más combativos y demoledores de la década de los ochenta.

En 1992 protagoniza Glengarry Glen Ross, éxito a cualquier precio (Glengarry Glen Ross, 1992), otra obra maestra del mejor cine estadounidense de los noventa, junto a Al Pacino, Ed Harris y Alec Baldwin, donde vuelve a demostrar de nuevo su sólida autoridad como intérprete dramático y su claro compromiso con un cine de profundas raíces sociales del que Hollywood se encuentra actualmente bastante alejado. Inspirada en la obra teatral homónima de David Mamet y dirigida con pulso firme por James Foley, se trata de un meticuloso trabajo sobre la avaricia, la envidia y el rencor en el mundo de los negocios que merece, máxime coincidiendo con la celebración del centenario de una figura tan colosal como la de Lemmon, una nueva revisión a fondo de lo que hace tan solo treinta y tres años constituía la representación más genuina del cine indie en los Estados Unidos.

Su trabajo con Billy Wilder dio algunas de las mejores comedias de la historia

En cualquier caso, la carrera profesional de Lemmon estuvo particularmente apadrinada por el talento inmarchitable del cineasta austroamericano Billy Wilder a cuyas órdenes compuso muchas de sus actuaciones más admirables, como la que nos ofrece en la mítica El apartamento (The Apartment, 1960), comedia inspirada en las vicisitudes de un modesto empleado de una gran compañía de seguros, que presta ocasionalmente su pequeño apartamento a varios de sus superiores para sus particulares encuentros extraconyugales, siempre con la esperanza de obtener a cambio alguna compensación en forma de ascenso. Escrita por I. A.L. Diamond, el guionista habitual del director, y por el propio Wilder, y coprotagonizada por Shirley MacLane, Fred MacMurray y Ray Walston, se trata, según la opinión generalizada de la comunidad cinéfila internacional y el criterio sostenido por señaladas personalidades de la profesión, de una de las comedias mejor valoradas de la historia del cine.

Su prolífica colaboración con Wilder volvería a dar sus mejores frutos con ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (Avanti, 1972), otra desopilante aventura amorosa donde Wendell Ambruster, un hombre de negocios americano que se ve obligado a viajar a Italia, donde su padre ha fallecido a consecuencia de un aparatoso accidente de tráfico, se ha de enfrentar a una cadena sucesiva de sorpresas. A pesar de que tratan de ocultárselo, se entera de que su padre tenía una amante, que lo acompañaba en el momento del accidente. A partir de ese momento se inicia un atropellado romance con la hija de la amante, repitiéndose al detalle el encuentro que años atrás había emprendido la difunta pareja.

Jac Lemmon y Lee Remick en ‘Días de vino y rosas’. | LP/DLP

Jac Lemmon y Lee Remick en ‘Días de vino y rosas’. / LP/DLP

En la cima de su genio como comediante, Lemmon nos brinda una exquisita interpretación de un “pobre hombre” al que circunstancias imprevistas le transforman por completo su ajetreada vida de millonario ante el nuevo horizonte vital que se extiende ante sus ojos tras el repentino idilio que surge entre ambos personajes. La última colaboración entre Wilder y Lemmon sería nueve años más tarde con Aquí un amigo (Buddy Buddy), otra sitcom carente sin embargo del nervio narrativo de la mayoría de sus predecesoras, aunque eso sí: con la desternillante actuación de Lemmon, acompañado, nuevamente, de un Walter Matthau superlativo.

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