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Análisis

Han cantado bingo

Lana Corujo trivializa el volcán en los juegos de dos niñas, lejos de esos clichés de claustrofobia literaria en los que se apunta a la isla como prisión

Han cantado bingo

Han cantado bingo / LP/DLP

Javier Doreste

Javier Doreste

A primera vista la trama de esta novela es sencilla. Dos hermanas en la preadolescencia aprovechan que la abuela tardará diez minutos más en llegar desde el bingo, para deslizarse por la puerta de atrás para ver el volcán de El Ahorcado. Volcán inventado por la autora, pues cuando hablas o escribes de Lanzarote terminas hablando o escribiendo de volcanes, míticos o reales, eso es lo de menos.

Los volcanes dominan la isla, casi siempre benevolentes. Sin embargo, el recuerdo de Timanfaya permanece en la memoria de los conejeros, recordándoles que el volcán puede despertar cualquier día. En realidad eso es así en todas las islas. La Palma o El Hierro han sido los últimos campanazos en nuestra conciencia.

Lana Corujo trivializa el volcán en esos juegos de las dos niñas. Quizás porque la única forma de vivir sin perder la cordura entre volcanes sea la del juego. Cuando nadie nos mira salimos por la puerta de atrás. Pasamos el antiguo aljibe. Levantamos las piernas por encima del muro y miramos hacia El Ahorcado. (…) Rodeo otra vez el volcán, ahora de vuelta, palpando su pared. Cuando estoy bajo la vista redondita de El Ahorcado, despego la mano de su pared y a casa Abuela hasta que siento que el suelo se mueve bajo mis pies, y se me cae la linterna. Me giro y El Ahorcado ha iniciado el juego, me doy cuenta.

Y entre estos y otros juegos se desliza la infancia de la protagonista y su hermana. Pero no es la idílica infancia que ocurrió en una idílica isla. Es una infancia como todas. Con cosas muy buenas, dignas de ser recordadas, y a veces un poquito de infelicidad, de celos inocuos: «A veces quiero ser hija única, como lo es mi amiga, y que papá y mamá tengan tiempo y espacio para mirarme y ver que existo como una persona sola y no como una persona pegada a otra más chiquita. Porque así son la vida y la infancia, ni tan idílica como el jardín prohibido ni tan horrible como la de Copperfield».

Es pues una novela bañada en la realidad, la nueva realidad con sus momentos mágicos, la casa de la Abuela, sus historias, las leyendas de El Ahorcado: «Un hombre se ahorcó, / un hombre se ahorcó, / para dejar de ver a su amada, / que muerta se le apareció. Y donde los objetos cotidianos pueden tener otras vidas, otras formas y una silla ser una silla y mil cosas más».

Como dice Constantino Bertoldo en su Espía en país enemigo: «Cuando alguien nos cuenta algo siempre nos preguntamos que en lo que ese alguien quiere decir con los que nos está contando. Y eso sucede en toda narración».

La novela de Lana Corujo parece entrar de lleno en esa dinámica de interrogar al lector e interrogarse a sí misma. ¿Qué es lo que quiere Han cantado bingo de sus lectores? Y ¿qué puede darnos a cambio? Es indudable que toda obra, una vez escrita, quiere ser leída. Por eso se publica. Y por eso los autores, los auténticos escritores, los que quieren ir más allá del best seller, se leen a sí mismos, hasta en voz alta.

Cada frase debe responder a la historia, debe ayudar a que la entendamos y avancemos hasta encontrar lo que no está pero está, lo subentendido, lo escondido, lo no explícito, lo insinuado. Y, como no, la muerte, omnipresente: «Yo no le temo a la muerte, le temo al sufrimiento) (…) Piensa en la muerte que es envejecer».

Corujo escapa de los esquemas repetidos, del cliché, de la isla como prisión, del juego de estar aislado en la isla. Ese mito de la claustrofobia literaria, producto de los cuarenta años de franquismo que caparon el desarrollo natural de la cultura canaria, en la época de internet, los vuelos de bajo coste, no tiene sentido. Quien recurre a él suele ser alguien vencido ya por la literatura.

Lana Corujo no está derrotada por la literatura. Se levanta, la coge por los pelos y la domina lo suficiente como para escribir: «No soy la persona que existe fuera. Esta isla me muerde de forma diferente». Y así nos da un libro con múltiples capas, que obliga a la relectura, a pensar algunas de sus frases. Y si alguna vez no dice que la isla se le atraganta lo hace como se nos atraganta la soledad, pero nunca renunciando a la condición insular.

El texto de Corujo se nos ofrece así, desnudo de prejuicios, escrito en prosa concisa y perfecta, descubriéndonos una escritora a la que vale la pena seguir. Son las nuevas voces de la literatura canaria las que se encuentran en ella y no olvidemos lo que Goldman afirmaba: los verdaderos sujetos de a creación cultural son los grupos sociales y no los individuos aislados; pero el creador individual hace parte de un grupo, sea por nacimiento o estatus social, siempre por la significación objetiva de su obra y ocupa ahí un lugar sin duda no decisiva pero si privilegiada.

Lana Corujo es una de las voces privilegiadas de su generación y por eso debemos leerla, si no queremos quedar desconectados.

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