CRÍTICA
Frenesí barroco con Samuel Mariño

Un instante de la cita musical celebrada el pasado sábado en el Teatro Pérez Galdós. | NACHO GONZÁLEZ ORAMAS
Fierabrás
P ocas veces se produce una comunión tan intensa como la que hubo entre el público que apenas llenó la platea de nuestro coliseo - ¡lástima! – y un artista, en este caso con el sopranista venezolano Samuel Mariño. Tanto el cantante como el grupo instrumental Cappella Gabetta no muestran una refinada perfección en sus ejecuciones, pero saben tocar el alma del oyente con una energía y una sinceridad expresiva hasta cierto punto turbadora.
Tras las campañas de promoción – transgresor, queer, único – esperaba más show en la actitud escénica de Mariño. Sin embargo, ya sea porque sus maletas no llegaron o porque no deja de ser una campaña de promoción, fue sobrio y de gesticulación expansiva cuando lo requirió. Elegante en el vestuario de la primera parte y con algo inclasificable en la segunda con sus tacones de rigor. Lo cierto es que siseos y chismes aparte, Samuel Mariño canta bien, tiene voz y una variada paleta de expresión con un fraseo cargado de emotiva comunicación. Resolvió con soltura la coloratura de Lotario y de la endiablada Tra le procelle de Graun. A veces es irregular en la emisión, ya que el/la artista es enfático y produce algunos sonidos estrechos en el agudo, pero dosifica muy bien el grave y tiene un centro bello y mórbido como mostró en Delirio amoroso.
En otras ocasiones se desconecta emocionalmente como en Lascia la spina, pero resultó altamente conmovedor en Per te lasciai la luce de la cantata de Haendel que llenaba toda la segunda parte del concierto. De dicha cantata ofreció su primera aria, Da quel giorno fatale, con acentos variados y voz cálida, habilidoso y brillante en el trucaje de la respiración. Pero sin duda, el momento de la noche fue la propina de Alcina, también de Haen, del Credete al mio dolore, en el que Mariño y la violonchelista Clare-Lise Démettre – excelente toda la noche - en una rara y extraordinaria conexión se elevaron a un pathos difícil de definir.
La Cappella Gabetta comandada por el violinista Stefano Bernaschi muestra estilo, contraste y gusto. Faltó conjunción en algunos momentos, la afinación no fue perfecta siempre, pero ofrecieron un Geminiani transparente y cabal, así como un Haendel algo severo en lo expresivo pero preciosista en lo sonoro, salvando la lucha del oboísta por domesticar su instrumento. n
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