El auténtico bochinche de La Isleta: un siglo conquistando generaciones con raciones servidas en papel
Los Jamones, enclavado en un histórico edificio en las tripas del barrio, celebra 100 años de trayectoria desde que abrió en 1925 como una tienda de aceite y vinagre

Juan Castro

A medio camino de la arteria diagonal de la calle Luján Pérez, en la esquina que la anuda con la calle Saucillo, el Bochinche Los Jamones se erige en lugar de peregrinaje en las tripas de La Isleta, cuyo edificio cumple un siglo de solera este 2025 como uno de los secretos mejor guardados de este barrio capitalino.
Bajo los dinteles rojos de sus cuatro puertas verdes, el trasiego de botellines, vinos y tapas desfila por la barra curva sobre la que cuelgan los jamones que Juan José Betancor, su propietario, corta a cuchillo y despliega en un papel, igual que el queso semiduro o madurado, después de arrojar un puñado de manises por la mesa. «El mejor negocio que hay en La Isleta es este: somos la resistencia», declara Betancor, quien tomó las riendas del local en 2015, de modo que celebra también una década al frente de este templo isletero junto a su mujer, Carlota, que atiende las mesas. «Además, hace un mes y medio que hemos sido abuelos», sonríen.

Juan José Betancor, en su bochinche. / Juan Castro
El edificio abrió su puerta, en singular, como una pequeña tienda de aceite y vinagre que levantó una familia de inmigrantes cubanos en 1925, que suministraba alimentos básicos a vecinas y vecinos en tiempos de hambre.
Pero a comienzos de la década de los 60, sus fundadores pasaron su primer testigo a Ramón Díaz, quien adquirió y dividió el espacio para transformarlo en mitad tienda, mitad bar, potenciando el jamón serrano como bandera y rebautizando el local bajo su nombre actual. Unos años después del fin de la dictadura, en 1982, Los Jamones se consolidó exclusivamente como bochinche.
Y desde hace 10 años, Betancor capitanea este barco que abrió otras tres puertas más a la calle en su fachada histórica, cuya estética permanece intacta, y que abren de par en par de miércoles a domingo como un faro que ilumina y convoca a distintos públicos sedientos en el corazón de La Isleta.

Raciones de jamón y queso servidas en papel. / La Provincia
El faro de La Isleta
En este sentido, uno de los encantos de Los Jamones es la mezcla que congrega, desde generaciones de vecinos del barrio de toda la vida hasta turistas atraídos por sus grandes críticas en guías nacionales e internacionales, pasando por clientes asiduos de la Isla que escalan hasta su intersección «a echarse la penúltima».
«Lo mejor de este bar es la clientela y el buen ambiente que hay siempre. No lo decimos nosotros: nos lo dicen todos ellos», afirma su propietario. Y según lo expresa, la mitad llena de la barra curva asiente y alza sus botellines para brindar «por otro siglo más».
Los 100 años de historia del local pueden leerse en la órbita de sus paredes, cargadas de fotos, cuadros, dibujos, artículos, diplomas y recuerdos, que se intercalan con los jamones, plantas y elementos típicos canarios que decoran el espacio.
Precisamente, su apuesta por conservar las tradiciones y ceremonias que distinguieron al bar en el último medio siglo, como sus raciones de jamones y quesos servidas en papel, es su mayor fortaleza. «Esa tradición no se pierde y además te ahorras lavar platos», ríe Betancor, quien destaca, sobre todo, «la tortilla y los churros de pescado» como los platos predilectos del respetable.

La tortilla, una de sus platos estrella. / Juan Castro
Cuenta este vecino de la misma calle Luján Pérez que, después de muchos años como patrocinador del restaurante La Marinera, a unas calles de Los Jamones, «me vino la oportunidad de coger este local y estoy muy contento». «Ya son 51 años detrás de una barra y sabemos lo que funciona», manifiesta.
En el transcurso de estos años, Betancor ha observado los cambios sucesivos en la fisonomía y dinámicas de su barrio. «Hace 20 o 25 años, todos los bares de La Isleta trabajaban y ahora, haberlos, los hay, pero no tantos», señala. «Hoy parece que los extranjeros somos nosotros».

Los quesos se sirven en papel. / Juan Castro
Al filo de la medianoche, Carlota se dispone a apilar las banquetas en la barra y se cuelan los dos últimos vecinos a echarse su penúltima antes de bajar la persiana del día. Uno de ellos, que se presenta como «Pruden, de Prudencio, el alcalde de La Isleta», carga una caja de fresas de la feria de Valsequillo. «Mira cómo huelen», señala a los pocos parroquianos que quedan, y reparte unas cuantas. Aromas y vivencias auténticas, como las que alberga esta joya centenaria.
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