Pasaje a la posteridad
Este año se conmemora el sesenta aniversario de ‘Viento en las velas’, uno de los títulos canónicos del gran cineasta angloamericano Alexander Mackendrick, fallecido en 1993.

Anthony Quinn y James Coburn en un fotograma de ‘Viento en las velas’. / 20th Century Fox
Ya se han cumplido 32 años de la muerte de Alexander Mackendrick (Boston, Massachusetts 1912 / Los Ángeles, California 1993) autor, entre otras obras memorables, de El quinteto de la muerte (The Ladykillers, 1955), Mandy (Mandy, 1952), Viento en las velas (A High Wind in Jamaica, 1965), El hombre del traje blanco (The Man in the White Suit, 1951) y, sobre todo, de la comedia Whisky Galore (1949), aunque sobre sus espaldas también recaería la responsabilidad de haber dirigido dos títulos tan desafortunados como Maggie (The Maggie, 1954) y No hagan olas (Don’t Make Waves, 1967), con un reparto integrado por Tony Curtis, Claudia Cardinale, Sharon Tate y Robert Webber, de las que siempre renegó, a pesar de que ambas responden perfectamente al modelo de película «alimenticia» en el que no pocos maestros se han apoyado para poder afrontar dignamente los reveses de una profesión tan sembrada de riesgos e infortunios.
Instalado en Estados Unidos, Mackendrick imprime un imprevisible giro a sus temáticas habituales, pero manteniendo siempre la eficacia de su estilo, con Chantaje en Broadway (Sweet Smell of Success, 1957), que se equipara a los mejores éxitos del cine negro americano de la época. Después de la excelente Huida hacia el Sur (Sammy Going South, 1963), realiza su gran obra maestra: Viento en las velas, película de aventuras marítimas construida sobre el enfrentamiento psicológico entre un pirata, encarnado por un Anthony Quinn inolvidable, y dos niños que en no pocas encuestas internacionales figura entre los cien mejores filmes de la historia del cine.
Por eso, Huida hacia el Sur y Viento en las velas, bastarían por sí solas para certificar el talento de este inclasificable cineasta, pero ahora, al cumplirse los primeros tres lustros de su desaparición, su recuerdo sigue sin recibir el aliento vindicativo que sin duda merece de quienes tienen en sus manos la posibilidad de hacerle justicia reeditando, por ejemplo, algunas de sus viejas e inolvidables películas en soporte digital —Viento en las velas y El quinteto de la muerte son las únicas películas importantes que han sido editadas recientemente— o, en el mejor de los casos, tributándole un merecido homenaje a través de una completa retrospectiva de su escueta pero formidable filmografía en alguna de las grandes citas cinematográficas internacionales que se celebran en el mundo.
Aunque son muy pocas las listas de grandes cineastas en las que se incluya su nombre debido, tal vez, a su escasa producción artística o a que rehuía siempre la tentación de competir en un mundo —el del espectáculo— ávido de gloria y poder, hay quienes lo consideran, y con razón, como uno de los principales precursores del renacimiento del cine británico y otros, los más, como el cineasta que mejor supo explorar la compleja psicología infantil en la pantalla. Hay incluso quien asegura que no se ha rodado en la historia del cine una película de piratas tan apasionante, lírica y aleccionadora como Viento en las velas, ni una comedia de atracadores tan sutil, astuta y demoledora como El quinteto de la muerte. Pero en su debe, sin embargo, figuran algunos importantes fiascos cuya repercusión crítica ha contribuido en gran medida a oscurecer la buena reputación adquirida con sus restantes trabajos.
Hombre de profundas convicciones humanistas, de formación clásica, orientó sus estudios hacia las bellas artes, terreno que abonó a conciencia para poder acceder años después a un puesto de trabajo en los estudios Pinewood de Londres como diseñador de dibujos animados y de spots publicitarios. Hijo de padres escoceses, desde muy pequeño se trasladó a la ciudad de Glasgow desde su Boston natal para iniciar allí una carrera artística meteórica, en la que no faltaron incluso algunos pinitos literarios.
Una vez concluida la guerra, y tras convertirse en director de los equipos de documentalistas ingleses que ruedan en los escenarios bélicos italianos, el legendario Michael Balcon apuesta decididamente por él y lo incluye en la nómina de guionistas de los prestigiosos estudios Ealing donde, años más tarde, se convertiría en ayudante de dirección de Basil Dearden y Charles Chrichton. Su debút en el largometraje tendría lugar en 1949 con Whisky Galore!, una divertida sátira sobre el alcoholismo, inédita en España, que provocó las más airadas y contradictorias reacciones en una Inglaterra volcada en la reconstrucción moral y material de una sociedad recién salida de una guerra especialmente devastadora, que goza, no obstante, de excelentes referencias en casi todas las fuentes consultadas.
Nunca dio su brazo a torcer frente a las pretensiones de sus productores, ni aceptó, salvo en la última fase de su carrera profesional, dirigir una película en la que no pudiera trabajar con total independencia. De estilo inclasificable, supo combinar en sus dieciocho escasos años como director géneros tan aparentemente dispares como el drama, la comedia y el cine de intriga sin necesidad de renunciar nunca a su manera tan peculiar de entender la narrativa fílmica ni a elegir los proyectos que mejor encajaban en su peculiar perfil estilístico.
Desde el éxito mundial de de El hombre vestido de blanco (The Man in the White Suit, 1951), una comedia singularmente corrosiva acerca de un inventor que descubre un tejido indestructible en la paupérrima Inglaterra de la posguerra y por la que fue nominado al Óscar, el cine inglés tiene a mucha honra tener a Alexander Mackendrick entre sus más firmes y prestigiosos referentes, a pesar de haber nacido en Boston y de contar con una trayectoria como cineasta que no sobrepasa la quincena de títulos.
Pero sería con , otro éxito internacional magistralmente interpretado por Alec Guinnes, Katie Jonson, Cecil Parker, Herbert Lom y Peter Sellers, con el que Mackendrick obtendría su máximo reconocimiento y el pasaje definitivo para la posteridad. En esta inmarchitable obra maestra, escrita por William Rose a partir de un argumento original, y llevada de nuevo a la pantalla por los hermanos Coen en 2004 con no tanta fortuna, Mackendrick logra sintonizar a la perfección con el espíritu de las comedias Ealing, obsequiándonos con una lección tan viva de ironía, sarcasmo e inteligencia que su recuerdo ha logrado pervivir en la memoria del cine como uno de sus oficiantes más prestigiosos, originales y divertidos.
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