Análisis
Pablo Milanés: los días de gloria

Pablo Milanés. / EP
La monumental escalinata que anuncia la entrada al edificio de la Universidad de La Habana muere, ochenta y ocho escalones abajo, en la populosa calle de San Lázaro. Desde arriba es vigilada por las formas clásicas de la escultura de una mujer sentada, el “Alma Mater”. Ella es fecundadora del conocimiento y la cultura sobre los que se levanta el prestigio del principal centro de estudios del país.
Pero en un capítulo más de la degradación social y económica del régimen cubano, hoy sus aulas asisten revueltas a la nueva normativa que regirá sobre la venta, por parte de Ectesa -la empresa estatal que controla y regula los servicios de comunicaciones internaúticas que operan en la isla – del servicio de paquete de datos que permite a la población navegar por las redes. Los estudiantes universitarios, habitualmente amansados por el perfeccionado brazo ideológico del Régimen a través de organizaciones estudiantiles como La Feu, se revuelven y protestan en improvisadas asambleas que señalan la injusta medida: en la práctica, sólo se podrá habilitar una decente compra de datos con dólares provenientes de familiares en el extranjero. Mientras tanto, una vez más, la maquinaria de propaganda oficial se pone en marcha para congelar la protesta con su habitual cantinela de sobados argumentos.
Atiendo a esas noticias que saltan a través de las redes sociales o que me hacen llegar amigos cubanos, unos exiliados y otros aún en la isla, padeciendo la angustiosa soledad que ofrece la nada. A la vez, ultimo el guión del que será el décimo Concierto Sanjuanero que ofreceremos con Olga y Mestisay en las Fiestas Fundacionales de nuestra ciudad natal. Dos de ellos nos llevaron a las puertas de los Latin Grammys; y es que por sus ediciones han pasado figuras de lustre que nos regalaron su complicidad para atender a una propuesta artística que cada año se expresase con singularidad, merecedora del cariño que le debemos a la ciudad que amamos.
En esta ocasión ideamos agasajar a un cancionero que fue parte importante de nuestra formación sentimental y musical. Sentimos, como muchos de sus admiradores, el cercano fallecimiento de Pablo Milanés, de tal manera que nos empujó a revisitar sus hermosas canciones; unas canciones que van acompañadas de un registro de memoria que no nos es ajeno, como todo aquello que desde Canarias rezuma en cubanidad.
Tenemos la suerte de mantener amistad con la esposa de Pablo, la gallega Nancy Pérez Rey, madre de sus dos vástagos más pequeños y educada garante de su patrimonio musical. Ella nos ha permitido, a propósito de las proyecciones que queremos que acompañen al concierto, rastrear en el archivo fotográfico familiar. Así que era inevitable olfatear, ante ese registro histórico de imágenes sobre el compositor y cantante, en algunas de las pasiones y orfandades que rodearon a Milanés en su provechosa vida creativa.
Se ve casi siempre a Pablo con su guitarra, acompañando a su humanidad. En primigenias instantáneas de blanco y negro -pelo siempre ensortijado, gafas de pasta- el cantor anuncia su fe revolucionaria con la ingenuidad debida a la década de los sesenta, a la Haydée protectora de la Casa de las Américas, a las clases de armonía con Leo Brouwer, a la pertinente rebeldía en el campo de trabajo, a la inalcanzable zafra de las diez mil, original prolegómeno del fracaso…
Sus conceptos estéticos, confrontados naturalmente con el acento de otros bardos de aquella modernidad en la cancionística popular que fue la Nueva Trova, nunca perdió un acento de raíz, que era mulato y afrodescendiente, que era sonero y bolerístico, que era guaguanconquero o casi místico en su romanticismo caribeño y trovadoresco. Y también jaranero, acunado en eternas giras musicales que le regalaron una vida llena de afortunadas colaboraciones discográficas, encuentros nocturnales, tragos y risas junto a otras voces latinoamericanas que lo admiraban y a las que admiraba.
Volver a escuchar a Pablo Milanés, desde el inevitable hábito ausente de su presencia física y empujados por el concierto que ofreceremos en su memoria, es recuperar una parte de nuestra adolescencia y es volver a comprobar la solidez de una obra cancionística que, sin duda, pervivirá en el tiempo. Rezuman sus textos una esencialidad poética limpia, diáfana en su encuentro con la lírica de la calle, capaz de ser entendida y conmover a cualquier generación. Y son sus melodías inmediatas cómplices de unos u otros oídos, tal es su capacidad de seducción.
A tal fin hemos convocado a una banda de músicos, dirigidos por Hirahi Afonso, donde conviven músicos canarios y cubanos afincados en las islas; se sumará también el impecable pianista habanero Daniel Amat, hijo del famoso tresero. Y junto a Olga y con ella cantará la talentosa Haydée Milanés, hija de nuestro homenajeado, y a nuestro modesto entender quien ha visitado con excelente fortuna la obra de su progenitor engrandeciendo y refrescando con fortuna muchos de sus temas originales. También estará su hijo espiritual, Carlos Varela, con quien compartiera exitosas giras y deseos, extrañamientos patrios y dolor, canciones y exilios del alma.
Con todas ellas y ellos haremos un viaje por canciones hoy ya míticas, como Yolanda, El breve espacio en que no estas, Soledad o Mírame bien hasta un total de veinte temas. En la que se titula Días de gloria, ya cansado de tanta espera para llegar a la Tierra prometida, apura el recuerdo de los pañuelitos que viene de la escuela, de aquel porvenir trufado de consignas, del mágico recuerdo de lo que pudo ser y no fue.
Alguna vez cantó Pablo para el Hombre Nuevo en aquella escalinata de la Universidad de La Habana donde la estatua de una mestiza se cubre con un manto de sabiduría, abatida ahora por tanto sueño inalcanzado. Resuena entonces y siempre la voz eterna del fuera un muchacho nacido en los cuarenta del pasado siglo en San Salvador de Bayamo, provincia de Granma, recordando aquellos lejanos días: Qué es lo que me queda / de aquella mañana / de esos dulces años / sin ira y desgano /Los días de gloria/ los dejamos ir…
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