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CRÍTICA

La Butterfly de Ciampa

Una escena de ‘Madama Butterfly’.

Una escena de ‘Madama Butterfly’. / NACHO GONZÁLEZ ORAMAS

Fierabrás

A vueltas con los títulos más conocidos del repertorio volvía Madama Butterfly, de Puccini, para cerrar la temporada de Amigos Canarios de la Ópera. A falta esta vez de nombres importantes del cartellone internacional en el reparto, lo que impresionó sobremanera fue la versión del maestro Francesco Ivan Ciampa desde el foso. Reputado verdiano y concertador de plena garantías aún en este momento, no sé si me gusta o no la versión esencialmente sinfónica de Ciampa. Singular en la elongación de frases, de silencios eternos, paladeó y cinceló fraseos de manera variada, apasionada y de muy medida teatralidad.

Este fulgor dramático desde el foso no se vio correspondido en lo visual en esta nueva producción de escenografía correcta, como una estampa de Hiroshige, de paneles excesivamente grandes que no se deslizan si no que ¡vuelan! Correcto vestuario y colocación de luces aún en proceso, pero que no es nada sugerente. Como la dirección de De Lucia en su línea de dejar hacer, pero con un escenario amplio que llenar en un primer acto fallido en movimientos y carácter, la cosa mejora levemente una vez que la ópera se centra en las habilidades teatrales de los cantantes.

Hrachuhí Bassénz - ¡añoranza de los nombres artísticos de antaño! – lidia con el extenuante papel de la geisha y mantiene el tipo hasta el final, preservando la igualdad de su registro a base de cantar a media voz prácticamente toda la obra, si bien faltándole incisividad y variedad de acentos en los momentos más dramáticos. Consiguió muy bellos momentos en su salida, como en el dúo con el tenor o en el famoso Un bel dì vedremo, justamente aplaudido, pero esta Butterfly de fina cerámica es más sentimental que emocionante, más del gusto centroeuropeo quizá.

Giorgio Berrugi y Pietro Spagnoli, cantantes de cartel, pasaron desapercibidos y con problemas para proyectar sus voces, que no llegaron a brillar más allá de la corrección. No fue el caso de la tonante Caterina Piva, enfática Suzuki o el Goro de Jorge Rodríguez Norton, de voz e interpretación certeramente sibilina. De la corrección general destacaron los locales Julián Padilla y Manuel García por sonoridad y adecuados acentos.

Aún con algún puntual desajuste y mayor depuración sonora en el coro, a boca cerrada, por culpa del trémolo de algunas voces, el Coro de ACO tuvo una actuación más que correcta. La Orquesta Filarmónica de Gran Canaria (OFGC) tuvo sus altibajos – aciaga noche para la oboe solista – con un inicio confuso, que fue a más con alguna puntual desavenencia en arcos o algún ritenuto desajustado, lo que no restó bellos momentos en el dúo del primer acto o un tercero bastante redondo.

ACO terminó temporada, como es habitual, dando un avance de la siguiente, en la que más de lo mismo en cuanto a repertorio, voces relevantes del panorama internacional (Beczala, Anduaga, Agresta, Enkhbat, Monastysrska, Fabiano). Ausencia de nuestros De León, Auyanet, Albelo o Nancy Herrera; buenas perspectivas desde el foso con el retorno de Ciampa y Oren y no tan buenas en cuanto a las puestas en escena.

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