Entrevista | Pilar Reyes Editora
Pilar Reyes: «Editar es escuchar la música del tiempo»

Pilar Reyes / Alba Vigaray
juan cruz
Pilar Reyes (Bogotá, 1972) tiene a su cargo varios tesoros, entre ellos las obras completas, o casi completas, de autores ya inolvidables, como Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, José Saramago, Javier Marías, entre los que ya no están. En uno de sus catálogos, el de Alfaguara, tiene figuras como Rosa Montero, Claudia Piñeiro, Arturo Pérez-Reverte, Manuel Vicent o Julio Llamazares. Nació al mundo de este sello siendo una muchacha que se estrenaba en este oficio en Colombia, cuando empezaba a existir lo que entonces se llamó la Alfaguara global. Esa Alfaguara, que fundó Camilo José Cela, es desde hace tiempo un sello global, perteneciente en este momento a Penguin Random House, que lo compró a la Santillana que fundó Jesús de Polanco. Penguin juntó a numerosos sellos de la misma marca hasta convertirla en una representación muy variada de lo que hoy forma parte de este universo internacional de editoriales. Pilar Reyes ya era directora de Alfaguara cuando se produjo aquel cambio de dueños. Ella ahora es la directora de la división literaria de ese importante consorcio. Esta conversación se hizo en su despacho, donde había tantos libros, de tantos sellos, que parecía que sobre esa mesa no estaba solo lo que publicaba sino la maqueta general de un inmenso catálogo.
¿Cuál sería hoy la esencia de lo que es un editor de libros de calidad?
Ser editor es estar a medio camino entre la poesía y los presupuestos generales del Estado, como dijo Eduardo Mendoza alguna vez con enorme gracia… Yo me identifico con la descripción del gran editor alemán Michael Kruger: editar es escuchar la música del tiempo. En mi rol de llevar la división literaria de Penguin Random House también se trata de poner a conversar sellos con una historia larga, como Lumen, Random House, la propia Alfaguara, y de ver de qué manera mantienes sus señas de identidad. Perteneciendo a un grupo grande, ver cómo cada editorial encuentra su lugar, su modo de mantener vivo el catálogo. Cada sello es una manera particular de interpretar la música de su tiempo.
¿Con qué se ha encontrado que le haya parecido extraordinario?
La edición es una constante sorpresa. Quien entra al mundo editorial después no quiere salir. La experiencia se acumula y a medida que pasa el tiempo sientes que sabes cosas, ¡pero la realidad se mueve tanto! Cada libro es casi un prototipo en muchos sentidos, así que, aunque tengas un conocimiento que pones en ese momento sobre la mesa, la realidad te está invitando a pensar distinto. El editor ha de tener unas antenas muy puestas sobre el mundo. Y, como éste cambia, la idea de sorpresa siempre existe. Uno de los rasgos esenciales de la edición es no perder esos ojos para dejarte sorprender.
¿Qué no podría olvidar de su aprendizaje?
Empecé en este oficio en Colombia, en 1992, tenía veinte años… Empecé a estudiar Letras. Y mi lectura como adulta ha corrido paralela a mi labor como editora en el proceso de mi vida profesional. He ido elaborando mi universo lector junto con mi universo de editora. He recordado ahora, a la muerte de Mario Vargas Llosa, que lo conocí en 1997. Lo había estudiado en la universidad, y paralelamente a ese estudio me veía interviniendo en el destino de sus libros en mi país. El primero fue Los cuadernos de don Rigoberto… He ido combinando mi formación literaria y mi experiencia como editora. Entiendo la lectura como una experiencia que no puede evadir la calidad. Leer los grandes autores es fundamental para formar un gusto. En un catálogo pueden convivir grandes nombres y nuevos autores. Ese diálogo lo puede configurar un catálogo: construir una conversación entre autores, entre generaciones, entre literaturas de distintos tiempos y lugares, y lenguas.
¿El oficio se aprende antes o se aprende mientras?
Se aprende en la experiencia de los maestros. Yo aprendía haciendo. Para mí era importante trasmitir que un editor debe entender su cuenta de resultados, porque entenderla le da libertad. Cuando uno logra eso entiende que los números responden a una estrategia, a una mirada. Son la consecuencia, no el imperativo.
Usted es la cúspide de la edición literaria en Random House…
La edición es un trabajo de equipo. Es fundamental que en las editoriales haya gente de distintas generaciones, con distintas experiencias. De esa conversación salen equipos muy fortalecidos. Trabajo con gente de Canadá, de Argentina, de México, con españoles, con latinoamericanos, hay un crisol de miradas porque en una editorial has de tener antenas en muchos lugares, con experiencias e intereses muy distintos.
Cuando empezó a ser editora, ¿tuvo maestros muy cercanos que le fueron contando cómo era este teatro?
Empecé a trabajar en Alfaguara, en 1992, cuando en Colombia la dirigía Conrado Zuloaga. En mi país había editores como él, como Moisés Melo o Gabriel Iriarte, como Patricia Hoher o como Carmen Barvo. Era una generación muy emprendedora, buscando y creando un proyecto editorial colombiano fuerte. En el caso de Alfaguara, se trataba de trabar un proyecto que intentaba pensar la lengua juntos, España y América Latina. Descubrí con Conrado y con otros editores de la época la idea de que la edición no es una profesión sino un oficio y casi una manera de ser. Un editor termina mirando el mundo así. Veo una exposición, leo el periódico y en todo lo que veo o encuentro pienso en posibles libros o maneras de comunicar aquellos que publico. O busco relaciones que podían resultar, al fin, conversaciones entre autores. Creo que todo ello permite crear una manera de ver el mundo, algo que creo que aprendí de mis maestros, allá y acá.
¿Le influye la historia de su propia editorial a la hora de trabajar?
Creo que es fundamental recordar siempre la historia de tu editorial. Nos pasa a los que trabajamos aquí: tenemos una conciencia absoluta de la historia que tienen las editoriales que integran nuestro Grupo, que esa historia siempre está puesta en valor y en torno a esa experiencia conviene conversar. En un mundo donde cada vez somos más adanistas, como decía Javier Marías, pues nos parece que inventamos todo por primera vez, yo creo que es fundamental concebir los catálogos como una conversación en el tiempo, que puedan convivir Proust, que ahora estamos reeditando en una maravillosa nueva traducción de Mercedes López Ballesteros, y Aixa de la Cruz… Esa conversación en el tiempo que puede ser un catálogo editorial es fundamental. Eso pasa también por nuestra propia idea de concebir nuestra relación con quienes nos antecedieron a la hora de dirigir esos sellos. Eso es tan importante como la idea de hacer pervivir a los autores del catálogo, desde los inicios de la editorial. Alfaguara ha publicado a Julio Cortázar desde los años 60, y aquí está. Y lo hemos reinterpretado, hemos cambiado el diseño de sus cubiertas, hemos planteado otro tipo de lecturas, para hacerlo un contemporáneo… Ese ejercicio de volver a poner en conversación el pasado es parte sustancial de un catálogo literario.
¿Cómo ve ahora la recepción española de la producción latinoamericana?
Obviamente siempre se cita el boom como un referente. Y yo creo que fue maravilloso. Estaba respaldado por libros formidables que cambiaron la historia de nuestra literatura. Pero era un tiempo en que se publicaba más bien poco. Hoy es muy difícil de repetir ese fenómeno que nació con pocos nombres, muy centrado en un tipo de novela. Es una historia formidable, pero no pensaría que ese sería el paradigma de lo que hay que repetir. Los tiempos son otros, hay una conversación distinta, hay muchísima más gente escribiendo, hay miradas muy diversas…
¿Qué ha aprendido en el oficio?
He aprendido que, de alguna manera, tenemos una enorme responsabilidad en la conversación social, que pasa por ofrecer lecturas de calidad que hagan compleja la conversación pública. La vida se mueve en las zonas grises, y estamos hablando demasiado en blanco y negro. En las zonas grises se pone de manifiesto que la vida es anfibia, y es allí donde están la literatura, los libros de ensayo, los libros de historia…
Usted ha vivido la alegría de publicar a Vargas Llosa y ahora el trauma de su muerte. Y la alegría de trabajar con Javier Marías y también de sufrir la larga agonía de su muerte.
Yo me siento muy honrada de haber podido trabajar de cerca con los dos. Siento que se sentían muy parte de la editorial en la que publicaban, sentían que allí tenían una casa y esa no es una figura retórica: una editorial es un sitio donde te sientes acogido, donde tienes conversaciones con gente que te desafía… Yo empecé a publicarlos, como editora ya en su plenitud, desde El sueño del celta, en el caso de Mario. Viví la felicidad de su premio Nobel. El reto ahora es enorme: que su obra siga siendo contemporánea, leída, publicada, que esté al alcance de los lectores. En el mundo, te decía, hay mucho ruido, y frente a ese ruido los editores tenemos que mantener vivos a autores como Mario, como Saramago, como García Márquez, como Javier Marías, como Cortázar. Están vivos, naturalmente, y nosotros tenemos la obligación de que esas obras sigan conversando con el tiempo.
¿Cree que el boom se dio por muerto demasiado prematuramente?
No estoy de acuerdo. El boom ha estado absolutamente presente en la historia latinoamericana y española. Siempre ha sido un referente. Mario publicó su último libro en 2023, no era ya un autor del boom, no se quedó en aquel tiempo: fue interpretando los tiempos y construyendo en una conversación con su presente. No es que el boom vuelva a la conversación. Creo que ha definido la conversación literaria en español, para atacarlo, para defenderlo, para repensarlo, para incluir a nuevos nombres. No hay un artículo que tenga que ver con la literatura en español de cualquier tiempo que haya coexistido con el boom que se pueda hacer sin citar al boom de alguna manera. Ahora, por ejemplo, el boom se cita para poner de manifiesto que allí no hubo mujeres que, como Elena Garro o Marvel Moreno, fueron sus contemporáneas. Y es cierto que ese rescate se plantea como un ejercicio intelectual justo con las obras de esas mujeres.
Arturo Pérez-Reverte es el más veterano de los autores de Alfaguara. ¿Cómo es el trabajo con alguien que tiene tanto éxito?
Trabajar con Pérez-Reverte es un placer absoluto. No da por sentado nada. Siempre piensa que en cada nuevo libro todo está por empezar. Esa tensión es fundamental para él a la hora de escribir, y para el editor a la hora de trabajar sus libros. Él es muy detallista en la manera en que su manuscrito se transforma en libro. Es muy respetuoso con el trabajo editorial y tenemos ya una manera de hacer establecida que puso en marcha en su día su editora, Amaya Elezcano… Mantiene sus modos y respeta una tradición editorial… Tiene, además, una ventaja maravillosa que parece una obviedad, pero no lo es: el libro que te cuenta que quiere escribir es el libro que escribe.
Tiene una joya en su catálogo, Manuel Vicent, en Alfaguara desde que la fundó Camilo José Cela…
Es un autor extraordinario, un narrador nato, capaz de contarte, al llegar a una cita, todo lo que pasó en el trayecto, haciendo de esto un relato impecable. Es como si, contando, resumiera el Ulises… Una persona original, con una mirada particularísima. Ojalá haya muchos festejos y premios para él porque los merece todos: es uno de los mejores retratistas de la historia reciente de España, una pluma en la mejor tradición del esperpento valleinclanesco, en la mejor tradición sarcástica y lúcida de la literatura española. No hay nadie que sea capaz de generar perfiles como los suyos. Es un daguerrotipista genial y su cámara son las palabras de la mejor literatura.
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Fuente: Diario de Mallorca
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