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Fabio García Saleh, escritor: «Arencibia burló la censura y colocó un mensaje pagano en plena luz»

«Lo que más puede llamar la atención de él es que forma parte —junto a José Aguiar y Néstor Martín-Fernández de la Torre— del triunvirato de los grandes muralistas canarios. Sin embargo, pese a ser el más prolífico de los tres, no tiene el reconocimiento que se le debe»

Fabio García Saleh, autor de ‘El banquete de las brujas’.

Fabio García Saleh, autor de ‘El banquete de las brujas’. / LP / DLP

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María Alfonso Rodríguez

María Alfonso Rodríguez

Las Palmas de Gran Canaria

El banquete de las brujas, la nueva novela de Fabio García Saleh, se presenta el 18 de septiembre en el Salón de Plenos del Cabildo de Gran Canaria, en un acto presidido por Antonio Morales. La obra rescata la figura del pintor Jesús Arencibia a través de una trama que entrelaza arte, simbología y memoria histórica.

¿Cómo nace la idea de escribir El banquete de las brujas? ¿Recuerda el primer contacto que tuvo con los murales de Jesús Arencibia?

El primer contacto con sus murales fue durante la celebración de una boda familiar que tuvo lugar en el hotel Santa Catalina. Yo entonces desconocía quién era Jesús Arencibia, como casi todas las personas que estaban allí. Pregunté a muchos, por si alguien sabía a quién pertenecían esos murales y nadie me supo decir. El simbolismo me sorprendió bastante y los estuve mirando con detenimiento. Yo tenía 18 años y no supe hasta muchísimo después quién era Jesús Arencibia.

¿Qué le atrajo de su figura como artista y qué cree que permanece aún invisible o poco dicho sobre él?

Lo que más puede llamar la atención de él es que forma parte —junto a José Aguiar y Néstor Martín-Fernández de la Torre— del triunvirato de los grandes muralistas canarios. Sin embargo, pese a ser el más prolífico de los tres, no tiene el reconocimiento que se le debe. Por otro lado, aunque su gran mural es sin duda el más conocido, hay otra faceta menos explorada: la de Arencibia como pintor de canarietes, de escenas más íntimas y cotidianas.

Portada de 'El banquete de las brujas', obra de Fabio García Saleh

Portada de 'El banquete de las brujas', obra de Fabio García Saleh / LP / DLP

La novela mezcla historia, arte y ocultismo. ¿Qué parte fue más difícil de equilibrar: la investigación documental o la construcción simbólica?

Todo eso forma parte de un todo. El banquete de las brujas no es una novela convencional: es una obra compleja que va más allá de contar una historia, porque incorpora muchos niveles. El verdadero reto fue lograr que toda esa información no resultara pesada para el lector. Compaginar el conocimiento que se quiere transmitir con una trama que mantenga la intriga, que atrape, que fluya, es muy difícil. Además, otro factor complicado fue la cantidad de impedimentos que hubo en cuanto a personas que intentaron que esta obra no fuese publicada.

¿Cuáles son las claves simbólicas más importantes que atraviesan la novela?

Fundamentalmente, las relacionadas con el paganismo. También hay claves numéricas, referencias a colores y al simbolismo de determinados animales, pero el núcleo simbólico más fuerte es el pagano. Jesús Arencibia fue un hombre que, en pleno franquismo y bajo el auge del nacionalcatolicismo, logró plasmar enseñanzas paganas en murales que, en muchos casos, fueron encargados por las propias autoridades franquistas. Algunos incluso están dentro de iglesias. Consiguió incorporar mensajes que, en algunos aspectos, eran contrarios a la doctrina cristiana, pero lo hizo de tal manera que solo quienes tuvieran la sensibilidad o el conocimiento adecuado pudieran leerlos entre líneas.

¿Cree que Arencibia escondía conscientemente mensajes queer o fue algo que el tiempo permitió reinterpretar?

Estoy seguro de que Jesús Arencibia sabía exactamente lo que estaba haciendo, y lo hizo con plena intención. Eso es, de hecho, lo más magistral que tiene esta novela: mostrar cómo burló la censura franquista y colocó, delante de todo el mundo, un mensaje que era totalmente contrario al discurso del nacionalcatolicismo. Un mensaje pagano, herético e incluso —en algunos aspectos— esotérico. Y lo hizo a plena luz, en murales que todavía están ahí, en edificios públicos, en iglesias, visibles para cualquiera.

La estructura invita al lector a recorrer la Isla como si siguiera un mapa secreto. ¿Era esa su intención desde el principio?

Sí, pero no solo quería mostrar las enseñanzas ocultas que Jesús Arencibia dejó en sus murales. Mi intención principal era reivindicar su figura y dar a conocer su obra a un público que, lamentablemente, la desconoce. Quiero popularizarlo y rescatar un patrimonio ignorado y convertirlo en un punto de interés cultural y simbólico.

¿Qué lugares o murales recomendaría visitar con otros ojos, después de leer su novela?

Sin duda, los siete murales que aparecen en la novela son esenciales, pero animo a los lectores a ir más allá. Lo ideal sería que la gente se animara a recorrer todos sus murales por la ciudad, a perderse en ellos, a mirarlos con una nueva mirada, una vez conocen su lenguaje simbólico.

¿Qué papel juega el paisaje isleño, tanto físico como cultural, en la construcción del relato?

Es clave. La isla no es solo el escenario físico donde ocurre todo, sino también un espacio simbólico. A través del contraste entre un foráneo que llega y un canario que guía, se reflexiona sobre el insularismo y cómo vivir rodeados de mar moldea nuestra identidad y también el arte de Arencibia.

Fabio García Saleh, autor de 'El banquete de las brujas'

Fabio García Saleh, autor de 'El banquete de las brujas' / LP / DLP

¿Qué representa Rafael, el anciano que guía al protagonista? ¿Tiene raíces en alguien real?

Sí, tiene raíces en personas reales. Aunque la historia pueda parecer fantástica, todo lo que se cuenta —incluso lo más extraordinario— tiene un origen verdadero. Yo siempre he creído que toda literatura, incluso la fantástica, es autobiográfica: escribimos sobre lo que hemos vivido, oído o conocido. Rafael está inspirado en varias personas que conocí, algunas muy reconocidas. Por respeto, prefiero no decir quiénes fueron, pero estoy seguro de que algunos lectores sabrán identificarlas.

La enfermedad del personaje se convierte en un espejo para la propia amnesia cultural. ¿Le interesaba trabajar esa metáfora?

Sí. La amnesia de Rafael simboliza el olvido que la sociedad canaria ha tenido con Jesús Arencibia. Él representa a toda una generación que comienza a olvidar a uno de sus artistas más brillantes. Incluso se le confunde con José Arencibia Gil, como ocurre en la placa de la iglesia de San Francisco. No solo se le olvida, sino que se le recuerda mal. Y eso le ocurre a muchos otros creadores isleños.

¿Qué tipo de lector espera que se acerque a esta obra?

Más que lectores, me gustaría tener relectores. Personas que no solo la lean una vez, sino que vuelvan a ella, aunque sea por fragmentos. Que consulten las partes en las que se analizan los murales cuando visiten esos lugares o cuando algo les resuene. Prefiero unos pocos lectores atentos, que regresen al libro, a muchos que lo pasen por alto rápidamente.

Ha dicho que salvar la obra de Arencibia es «salvar una parte esencial de la memoria canaria». ¿Cómo cree que se está tratando ese legado desde las instituciones?

Lo primero que hay que decir es que varios de sus murales ya han sido destruidos. Otros, como el del aeropuerto —el de la portada de la novela, donde aparece una figura danzante en una montaña cercana a Gáldar—, fueron trasladados a zonas restringidas, inaccesibles al público general. Antes, todos los viajeros que llegaban desde Tenerife podían verlo; ahora solo unos pocos. También han aparecido recientemente noticias preocupantes sobre el estado de conservación de sus obras, como los murales de la iglesia de Santa Catalina de Alejandría. Prefiero no hacer juicios, solo dar los datos. Cada lector podrá sacar sus propias conclusiones.

¿Qué responsabilidad tenemos los canarios —autores, docentes, ciudadanos— a la hora de proteger este tipo de patrimonio simbólico?

Todos tenemos una responsabilidad, porque la obra de Jesús Arencibia no está en colecciones privadas ni en mansiones inaccesibles: está en edificios públicos, en iglesias, en espacios comunes. Nos pertenece a todos. No hay excusas. Conservarla es un deber colectivo.

Ha trabajado la figura de Néstor, de Dalí y, ahora, de Arencibia. ¿Hay un hilo invisible que conecta a todos estos artistas?

Sin duda. Jesús Arencibia conoció la obra de Néstor, incluso se dice que Néstor llegó a ver y elogiar uno de sus primeros cuadros. Ambos compartían una visión simbólica del arte: Néstor incorporó elementos masónicos en sus murales, como los del Teatro Pérez Galdós, y Arencibia —aunque no fue masón— introdujo simbología pagana. Los une ese deseo de ocultar mensajes en la pintura, de crear una segunda lectura. En muchos sentidos, Néstor fue el espejo en el que Arencibia se miró.

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