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Coger (a alguien) por la palabra

Coger (a alguien) por la palabra

Coger (a alguien) por la palabra / La Provincia

Luis Rivero

En el español de las islas significa valerse de lo que alguien dice para obligarle a cumplir una oferta o una promesa. Cuando se dice «te cojo por la palabra» es un modo de instar a reconocer y a ser consecuente con lo que se ha dicho. Se le concede a la palabra todo el valor que tiene una obligación y se le reconoce la fuerza de exigir su cumplimiento por el simple hecho de pronunciarla, si quien se compromete resulta ser «una persona de palabra». El verbo «coger» en su acepción más común significa ‘asir’, ‘sujetar’, ‘tomar’, ‘prender’ y tiene aquí un sentido figurado y quiere decir comprometerlo, hacerlo responsable, que sea consecuente con lo dicho y no pase como sucede tantas veces que «las palabras se las lleve el viento». En definitiva, «coger a alguien por la palabra» supone tomarse en serio lo que ha dicho, lo que le da fuerza de manifestación de voluntad sin necesidad de plasmarlo por escrito. Una idea afín se expresa en la frase: «Le doy mi palabra de honor» que constituye una suerte de «juramento profano», a lo que obedece en forma sintética la interjección: «¡Palabra!» (o «¡palabra de honor!») que, ante la duda o suspicacia, reafirma el compromiso pronunciado precedentemente. Y de este juego de palabras -valga la expresión- nace la locución «ser una persona de palabra» que quiere decir que se trata de «una persona seria y cumplidora» [de la que se suele decir que «su palabra va a misa», esto es, que es «sagrada», que no miente].

«Dar la palabra» se diferencia de «coger a alguien por la palabra» en que aquella supone una actitud proactiva de quien se obliga a hacer algo motu proprio, mientras que «cogerlo por la palabra» implica instar a que se comprometa y cumpla con lo dicho. Otra forma afín es la locución verbal «apalabrar» que se emplea comúnmente para indicar que «se ha dado la palabra» de respetar un acuerdo en un negocio aún inconcluso o a falta de formalización. Este acto suele ir acompañado del ritual de estrecharse las manos o puede revestir otra forma solemne, por así decirlo, pronunciando el término: «¡Palabra!» que da firmeza al cumplimiento de lo prometido [no es casual que la voz firmeza comparta raíz con firma, ya que la firma sirve para suscribir un acuerdo]. Puede escucharse en frases como esta: «Tengo apalabrada la compra de un terreno con fulanito». «Apalabrar» tiene fuerza y valor vinculante por la «palabra dada» mutuamente entre las partes y cuando no se cumple, la parte incumplidora cae en descrédito social, lo que la convierte en una persona que «no tiene palabra», cogiendo fama de «chafalmeja» (‘persona de conducta informal e irresponsable’), estigma del que es difícil liberarse.

Como antónimo de estas frases que dan un valor vinculante a la palabra hablada se emplea esta otra que asevera: «Las palabras se las lleva el viento», metáfora que se construye sobre la «imagen» del «viento» asociado a la idea de ligereza, un soplo que arrastra consigo lo dicho y no queda nada, tan solo «palabrerío». Pero más que dar valor prevalente a lo escrito frente a lo expresado verbalmente, como pudiera parecer, la frase antepone los hechos a las palabras; hechos con los que se consuma el cumplimiento que es lo que realmente cuenta porque, como advierte otra máxima, «del dicho al hecho hay un buen trecho».

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