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Contracultura

Desde los riscos a la Plaza Stagno: Las Palmas de Gran Canaria más desconocida se revela en 'Contramapas'

Asociación Atlas impulsa, dentro del Festival TAC!, una ruta de 33 kilómetros a través de los cinco distritos de la capital con conciertos en bibliotecas. El objetivo es promover nuevas formas de habitar las ciudades en las que exista un mayor diálogo entre la naturaleza y lo urbano y se tengan más en cuenta las particularidades de los barrios y sus gentes.

Contramapas, caminata cultural

Andrés Cruz

Martina Andrés

Martina Andrés

Las Palmas de Gran Canaria

El taxista no sabe dónde está el sitio al que hay que llegar. «¿La Biblioteca de San Juan? No lo escuché en mi vida, eso tiene que ser Telde», sentencia. «No, no, ¡es en el risco!» No se lo cree mucho y termina parando en Juan de Quesada, cerca del Rectorado de la ULPGC, porque un compañero suyo le dijo que ahí tenía que ser. Cuando se va, todavía quedan 15 minutos andando para llegar a la ubicación, así que da comienzo una rápida subida por el Risco de San Juan para ver el concierto que la iniciativa Contramapas tiene preparado para sorprender a los niños y niñas que entran a esa hora al colegio CEIP Batería de San Juan. El pensamiento se queda rondando por la cabeza: «Hay partes de la ciudad que ni los taxistas saben que existen».

Las Palmas de Gran Canaria inaugura 'Contramapas', una travesía urbana de 33 kilómetros que conecta los cinco distritos

La Provincia

La propuesta Contramapas, impulsada por la Asociación Atlas dentro del Festival TAC!, propone una cosa muy sencilla: caminar la ciudad para conocerla. Una ruta de 33 kilómetros con paradas llenas de música en las bibliotecas municipales para reivindicar la convivencia entre la naturaleza y lo urbano, poner en valor los espacios verdes y los barrios y soñar con que otro tipo de vida dentro de las ciudades -con árboles frondosos, flores de colores, senderos y parques llenos de comunidad- es posible.

Chispa de esperanza

Todo puede sonar a cuento, y más cuando las palabras sostenibilidad o medioambiente, tan erosionadas por su uso, aparecen en escena. Pero con proyectos como este se prende una chispita de verde esperanza entre el asfalto, el hormigón y la desidia, sobre todo al ver las caras embobadas de los pequeños escuchando a Luis Sánchez al piano y a Kervin Barreto a la trompeta en la Biblioteca de San Juan (que, efectivamente, estaba en el risco) y sus dedos diminutos siguiendo el ritmo con golpecitos en la mesa.

Alumnos y alumnas en la Biblioteca de San Juan.

Alumnos y alumnas en la Biblioteca de San Juan. / Andrés Cruz

«Que los niños entren al cole escuchando música en directo, es increíble», comenta uno de los integrantes del grupo de Contramapas, ataviado con ropa de deporte y mochila para proseguir la marcha por los más de cien barrios de la capital. A ritmo de jazz y sobre las alfombras de Sala Faro (que colaboran aportando el equipo para los conciertos), los músicos ultiman sus melodías, niños y padres aplauden. Un poco de agua y a seguir.

Las escaleras del Risco de San Juan dan la bienvenida a los pies inquietos de los caminantes. Un banco rojo se cruza en su ruta de calles empinadas y estrechas. «Era de un señor que todos los días se sentaba aquí y la gente venía a hablar con él», relata Ana Galván, la guía del grupo por esa zona de la ciudad. Y ahí se quedó, en recuerdo de que él y esa costumbre de esperar a los otros para charlar, existieron.

Entre los callejones también aparecen murales llenos de color y distintos motivos, desde caballitos de mar hasta un señor tocando la guitarra por la ventana. El secreto para que sigan ahí, intocables tras tantos meses, lo explica Ana: «Los artistas hablaron con la gente y representaron lo que ellos querían». Otra chispa de esperanza que demuestra que es posible transformar la ciudad y los barrios teniendo en cuenta a las personas que los habitan, poniendo en valor su sentir, sus preferencias y su idiosincrasia.

Mural en el Risco de San Juan.

Mural en el Risco de San Juan. / Andrés Cruz

Tras bajar varias escaleras y dejar atrás algún que otro coche quemado, el grupo se dispone a cruzar el Barranco del Guiniguada. En este punto, la filosofía de Contramapas se siente con fuerza: no tiene nada que ver moverse por la ciudad en coche que hacerlo caminando. Y no es cuestión de distancias o de ahorrar tiempo o combustible: es comprobar cómo el paso lento afina la mirada y revela lo que el cristal del coche difumina, la grieta donde nace una flor, la ropa abandonada en el túnel que cruza hasta el risco de San Nicolás, la sombra fugaz de un gato entre los escombros, las conversaciones a gritos entre los transeúntes.

«¡Disfruten, ustedes que pueden!», grita a los caminantes un señor mayor que camina con muletas. Las casitas apiladas en la montaña reciben reflejando la luz del sol. Cuánto más sube el grupo, mejor es la vista, con la silueta de la catedral recortada contra el paisaje costero. El presidente de Asociación Atlas, Manuel Cabezudo, hace referencia entonces «al anillo verde y también azul» con el que cuenta Las Palmas de Gran Canaria. Habla de esas zonas periurbanas (área de transición entre las ciudades y el campo), que aquí se denominan descampados y se utilizan para tirar basura, escombros o abandonarlas. Habla de ese potencial que tiene la capital, con su línea de costa y esa naturaleza que se cuela por dónde la dejan, que la ruta de Contramapas busca poner en valor.

Así, cruzando las calles de San Nicolás y pasando por el barrio de San Francisco, el grupo llega a la solitaria Cruz de Piedra, donde les reciben unas vistas privilegiadas: del barranco con sus cientos de plataneras, de los riscos, de la catedral de Vegueta, de los barcos, del mar brillante. La ciudad parece una desconocida desde allí arriba, con un encanto que invita a quedarse y un horizonte que alienta a zarpar.

La travesía continúa por La Ballena, donde espera la concejala de Desarrollo Estratégico, Sostenibilidad y Energía del Ayuntamiento capitalino, Gema Martínez, para dar a conocer proyectos como la Escuela Verde Itinerante o el Green Friday que proponen para la semana que viene -en contraposición al Black Firday- para promover un consumo más pausado y sostenible. En el parque de Juan Pablo II también el grupo es bien recibido. Allí espera un grupo de mayores que se une a la caminata durante un trecho, hasta Tamaraceite, creando un diálogo intergeneracional que promueve el envejecimiento activo.

Tras pasar por la Biblioteca Alexis Ravelo en Tamaraceite para ver el concierto de Ajódar, la Biblioteca Josefina de la Torre en Guanarteme, donde recibe la música de Velvet Flores (Marta Holly), por la Biblioteca de La Isleta, con Anhelo, por la Biblioteca Dolores Campos Herrero en Schamann con la artista Mararía, la ruta culmina con el concierto de Svesda en la Plaza Stagno. Una caminata circular que, al volver al punto de partida, confirma que hay rincones que permanecen ocultos a quienes solo la atraviesan en coche, lugares que hasta los taxistas desconocen y que solo se revelan al ritmo lento del paso firme.

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