Literatura
Mañana matarán a Daniel
La escritora Aroa Moreno Durán rompe las barreras entre la novela y el reportaje, siguiendo la senda de Capote o Leila Guerreiro, pero yendo incluso un poco más allá

Mañana matarán a Daniel / La Provincia
En la presentación de El último lector de Ricardo Piglia, R. Baixeras escribe: «No en todos los lugares la política es leída como ficción y la ficción como política. No siempre es la novela la única que narra. Y antes dice: «Romper así la homogeneidad en torno al género novela y al género ensayo estableciendo modelos de construcción, más densos y auspiciados para una tensión que le es propia». En este Mañana matarán…, la escritora Aroa Moreno Durán rompe las barreras entre la novela y el reportaje, siguiendo la senda de Capote o Leila Guerreiro, pero yendo incluso un poco más allá.
No solo cuenta la historia que quiere contar, la de los tres fusilados en la sierra de Madrid el 27 en septiembre de 1975, sino como fue encontrando la historia o como la historia la encontró y como esa investigación afectó a su vida y a la de los suyos. Lo hace con un lenguaje claro y preciso, huyendo de florituras y sentimentalismos, descarnado a veces: «El paisaje de mi infancia ha sido derrotado por un capital antiguo y a la vez tan distinto, tan voraz y tan siglo veintiuno. La violencia, que es hoy en qué dirección va cuando nos encuentra conduciendo por la periferia de la ciudad. En qué dirección estamos yendo nosotros».
Al comienzo la autora vive en la sierra madrileña. Un día, paseando con su hijo por el monte escucha unos disparos. Inquieta regresa a su casa y busca en Internet por el origen de esos tiros. Averigua sí, que muy cerca, está un cuartel del ejército de tierra con un campo de tiro para entrenamiento del ejercito. El cuartel de Hoyo de Manzanares y en él se fusiló a tres militantes del Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico (FRAP) por la muerte del policía armada Lucio Rodríguez y la de un teniente de la Guardia Civil. Fue un juicio cargado de irregularidades en el que incluso la testigo principal llegó a afirmar que uno de los acusados, José Humberto Baena, ni siquiera se parecía al hombre que vio disparar al policía. Baena fue condenado a muerte.
Otros cinco serán juzgados por la muerte del teniente de la guardia civil, cuatro fueron condenados a muerte. Por el capricho del general se conmutó la pena de uno de ellos, Blanco Chivite, a treinta años, junto con sus compañeros Pablo Mayoral (30 años) y Humberto Sierra (25). Ramón García Sanz y José Luis Sánchez–Bravo Solla no fueron perdonados. No valió el testimonio de una hermana que jura que su hermano José Luis estaba el día del crimen con ella en Murcia.
Aroa Moreno intenta recuperar la historia. Y se encuentra con inexplicables muros de silencio. Cuando visita el cuartel donde se produjo el fusilamiento se topa con la burocracia. El coronel al mando le dice que allí no consta nada de tales fusilamientos, que vaya al archivo del ministerio de defensa, y allí le dicen que la documentación está clasificada y «protegida» por la ley de secretos oficiales, así que no puede consultar los expedientes y se mueve a tientas, con recortes de prensa y testimonios que trabajosamente, durante cinco años, va reuniendo, juntando y casando para construir una historia aterradora, injusta y olvidada. Y mantiene el pulso de la dignidad cuando se niega a llamarlos terroristas y los llama antifascistas, luchadores, militantes antifascistas. El terrorismo era el del Estado.
Y pasa vergüenza cuando acude a presenciar un juicio en Guatemala, se juzga a cuatro genocidas que han acabado con todo un poblado indígena. Son militares, un coronel incluido, que ya tienen ochenta años. La barbarie la cometieron bajo el gobierno del sanguinario evangelista Ríos Montt. Pero el crimen no prescribe y al fin comparecen ante un tribunal.
Moreno Durán siente vergüenza por su propio país que no ha juzgado ni condenado a nadie por torturas o asesinato franquistas. Billy el Niño murió en la cama a causa del COVID. Fue uno de los torturadores más reputados del régimen y ni él, ni los asesinos de Bartolomé García Lorenzo o Javier Fernández Quesada ni tantos otros. Y cuando alguno como los asesinos de Antonio González Ramos lo fue lo amnistiaron.
Los detenidos han sido torturados sistemáticamente para que acepten la acusación. Después de semanas de tortura lo hacen para que el suplicio termine. Una de las detenidas recuerda que durante días le introducían palillos debajo de las uñas, además de los golpes, amenazas e insultos de rigor.
El que las confesiones hayan sido arrancadas bajo tortura y los testimonios que citamos no son tenidos en cuenta por el tribunal. La contradicción de que los detenidos sean todos miembros del aparato de propaganda del FRAP y que por tanto, la propia organización, no les permitiría su participación en un comando por los riesgos para el propio aparto, tampoco es tenida en cuenta.
La barbarie del fusilamiento será recordada muchos años después por el periodista José García Izquierdo en La voz de la república. A la entrada del cementerio donde llevan los cuerpos se encuentran: «Los agentes de la Brigada Política Social, el comisario Yagüe y el comisario Conesa, junto a Juan Antonio González Pacheco, Billy el Niño, todos ellos conocidos torturadores del régimen, charlaban a gritos entre grandes risotadas, un escarnio más para los familiares que ven los tres ataúdes llevados por: doce jóvenes soldados de la Policía Militar –cuatro por ataúd–los féretros a hombros, el rostro desencajado. Con el casco en posición reglamentaria en la mano libre, ven cómo sus guantes blancos se tiñen de rojo porque la sangre no para de rezumar por entre los tablones de madera basta y sin ajustar de las cajas».
Esa sangre sigue rezumando hoy en día. Al final del libro, la hermana de uno de los fusilados anuncia a la autora que se va a demostrar la inocencia de su hermano. Antes Aroa ha tenido acceso al pesado expediente. Más de quinientas páginas, ciento noventa pruebas rechazadas por el tribunal. Escritos del abogado de Baena señalando las contradicciones del sumario, la aparición en él de dos armas implicadas, minuciosamente descritas pero nunca presentadas en el juicio. El lector no deja el convencimiento de que fue un juicio amañado, un crimen de estado, sobre el que siguen echando un manto de burocracias y silencio.
Aroa Moreno Durán es una escritora valiente, a la que la historia que cuenta le afecta como nos afecta a nosotros su lectura. Nos dice que hay recuerdos privados que son también recuerdos colectivos. Su obra señala que ese año de 1975, en España se detuvo a tres mil quinientas personas por actividades contrarias al franquismo: obreros huelguistas, mujeres, estudiantes… Esa espeluznante cifra nos dice que todos los días detenían a nueve personas como mínimo. Una ola de represión que no pudo frenar la lucha callejera. Como nos dice Moreno Durán citando a Blanco Chivite: «Sí, Franco murió en la cama, pero a la dictadura la tumbó la calle».
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