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Adiós a Félix Hormiga, el velador de Arrecife

El escritor, además de historiador, combinó la poesía con el ensayo de investigación, el relato y la crónica

Félix Hormiga.

Félix Hormiga. / CABILDO DE LANZAROTE

Si cada coto insular tiene su particular Pessoa, alguien que vela por su dignidad universal, y le abre naturalmente la cancela, sin impostaciones (lo local sin paredes, o “te construyo sin andamios”, como le escribió él mismo a la poesía), Félix Hormiga (Arrecife, 1951 – 2025) hizo de su vida ese cometido, como un trípode de resistencia, que, además de historiador, combinó la poesía con el ensayo de investigación, el relato y la crónica (‘La vieja a veces bebía’ (2017) y ‘El rabo del ciclón’ (1992) son dos de sus títulos emblemáticos), y también la literatura infantil y juvenil y el teatro, dos aspectos que, se observa, marcan la espontaneidad (sólo aparente) y la iconografía y oralidad de su escritura. “Seamos inocentes, pero para ello dejemos antes de ser ingenuos”, proclamaba, para apostillar también, sabiamente, que “la patria a la que Ulises desea regresar es un libro”.

Hormiga embridó su “isla potro a punto de saltar”, como llamó a Lanzarote Agustín Espinosa, en el lúdico ‘Lancelot 28 º 7º’, y podó también su “palmera con viento”, y es evidente que, en su recurrente fijación por la luz (“pan de luz” del mediodía, “barrena de luz”, del sol naciente, “Búscame en la luz que fabricaba el cielo”, “Y toda tú eres luz”, en la alcoba a oscuras…), desciende, en parte, de ‘A la sombra del mar’, el dietario lanzaroteño de Manuel Padorno. Pero algo muy singular y determinante en su obra es la devoción por su Arrecife natal. En ninguna otra isla como Lanzarote se produce esa metonimia a la inversa, en que el nombre de su totalidad supera a la suma de sus partes, y, por ello, con la evocación de su entorno, presidido claramente por el mar de su infancia, ensayó una suerte de redención, con la mirada puesta, en el Charco de San Ginés con la misma devoción, seguramente, con que Baudelaire miraba el Sena, o Domingo Rivero, el Guiniguada, después de haber frecuentado el Támesis. Acaso por eso aborrecía el término “conejeros”, como si todo se pronunciara en la Isla de una vez por todas, como sacado de una turística chistera sin ideales.

Félix Hormiga.

Félix Hormiga. / AYUNTAMIENTO DE ARRECIFE

Un lírico ajuste de cuentas con el recorrido que le vio nacer

Es, sobre todo, en el libro homónimo de su ciudad, ‘Arrecife’ (2020), donde Hormiga emprende un lírico ajuste de cuentas con el recorrido que le vio nacer, cuyo aire le olió hasta el final a “una mezcla de sal, jable quemado y algas recién botadas a la playa”. Siempre indisociable de un mar que le merecía “un campo sorribado”, y que se cuela a su aire en la urbe como un magma reciente y renovado de la memoria de la infancia, recordándole, desde entonces -señalaba- que las palabras tienen vida orgánica. “[...] Arrecife despertó de golpe/ sin bostezo largo, / sin párpados vagos, / con un vértigo nuevo/ para volver a soñarse”, escribió en su poema `Paraíso´.

Se ve ahora que, en ‘Una red pintada con palabras’ (Mercurio), el poemario publicado a comienzos de este mismo año, lúdicamente grafiado con chorros de pintura sobre láminas, en el fregadero de su casa, quiso componer una especie de miscelánea de despedida con sus más variadas fijaciones. Van desde el cabreo social y existencial que solía reflejar con cierto humorismo cáustico -“La frase ‘yo respeto a todo el mundo’, expresada en cualquiera de los idiomas de los humanos, es totalmente falsa”-, a aforismos sobre su poética: “Soñar es añadir presencias”; “Nadie se esconde de su sombra”; “Un día descubrí que la mentira y la verdad se contaban chismes”…; o bien desliza ahí una có(s)mica greguería: “Y va de coña: / Todo cuanto se mueve / necesariamente / no está vivo, / por ejemplo: / el Mar Muerto”.

Su poesía es tan tridimensional como un arrecife

En realidad, su poesía -o su poética- es tan tridimensional como un arrecife, donde se cruzan la naturaleza del entorno, la del cuerpo de la amada y la de la propia poesía en construcción. Las tres dimensiones comparten la misma anatomía, de tal suerte que en cualquier evocación (“Han abierto del rosal / los capullos. / En tus mejillas tersas / de sangre se airean / las sedosas rosas”; “Estás donde los rosales / junto a un sueño de agua”; “Espérame / donde los geranios / donde el primer beso”…) se está invocando, a la vez, al poema, a la amada y al paisaje. En rigor, la amada es el presente; el poema se abre a la inminencia, y el paisaje que se evoca es, recurrentemente, el de la infancia.

Con el trazo minimalista, casi mironiano, del poemario, una escaldada voz advierte: “Adios nube, el cielo / azul te ha tragado goloso. / Debes perdonarlo, aún vive / sujeto a lainfante memoria / del ferial músical y luminoso. / Si tú nube, no te hubieras / sonrojado, quizá el cielo niño / no te hubiera pensado / algodón dulce”. En realidad, el aparente ingenuismo de sus versos no hace sino reforzar una cierta melancolía por la infancia ida, que, no pocas veces, entrecruza con la muerte. Al componer ese libro testamentario, Félix Hormiga parece más que consciente de estar enhebrando epitafios, que retumban ahora como una profecía hacia atrás: “Un cielo / de tierra / me besó / la frente / como a un muerto”; “Se ha dormido el aire y los pájaros caen como plomo”; “No hay nada, / me queda acaso / un pequeño charco / incapaz de reflejo, / un hueco oscuro, / una cavidad en el tiempo”; “Nadie cuerdo / se esconde de la vida, / a ella se aferra / con elevada pasión […] Cuando la muerte / se acerca, él sonríe / y vivo se muere”; “Y nosotros seguimos / sentados en el parque / recordando cuando estábamos vivos”…

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