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Leve Bruckner de Mikko Franck

El director Mikko Franck, en el Auditorio Alfredo Kraus.

El director Mikko Franck, en el Auditorio Alfredo Kraus. / Sabrina Ceballos

Fierabrás

Las Palmas de Gran Canaria

Por suerte la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria sigue programando las sinfonías de Bruckner con la misma naturalidad que lo hace con Beethoven para disfrute del espectador y, una vez más, lo hace depositando en directores de prestigio la lectura de obras tan singulares como exigentes en el plano técnico e interpretativo.

Mikko Franck es un director de los de Festival, es decir, cuenta con el prestigio de haber dirigido las mejores orquestas y le precede el aval del hacedor de directores de orquesta, Jorma Panula. Lleva en lo más alto desde los veinte años - tiene cuarenta y seis - y termina su titularidad en la Orchestre de Radio France al finalizar esta temporada, ¿será uno de los postulados a suceder a Chichon?

La Sinfonía n.º 7 de Bruckner es, quizá, la obra más acabada y resuelta en su lenguaje sinfónico del organista de San Florián. Aunque la estructura en bloques sigue ahí, la generación armónica a través de arpegios de tríadas consigue un continuo musical y una madurez creativa que expresivamente refleja más afirmaciones que dudas. En general también plantea un cierto positivismo -la eclosión de la percusión en el Adagio- en el carácter del compositor que ofrece en esta obra temas de carácter bellamente líricos y contemplativos.

La versión de Mikko Franck fue muy ligera en los tempo, poco menos de una hora de duración, y, en exceso leve en el peso expresivo planteado, en la línea de Slatkin la temporada pasada. Diseñó muy bien un primer movimiento que, en arquitectura, funcionó con la suficiente tensión. Algo confuso después de la exposición del bello tema inicial -el más largo escrito por Bruckner ¡21 compases!- por mor de una agógica poco coherente, pero no se vino abajo en la peligrosa sección central, muy bien trabajada en maderas resolviendo una coda llena de energía y bien planteado balance. Este primer movimiento y el Scherzo fue lo más logrado de la noche, este último vigoroso, con el metal muy bien centrado y un trío dicho con hermosa intensidad y nobleza, aunque no faltara alguna precipitación.

Pasó de puntillas por el hermosísimo Adagio, forzado y apresurado en demasía, es verdad que el ataque de las tubas wagnerianas fue accidentado -muy bien rehecho en la tercera repetición- pero el movimiento no se elevó nunca, no conmovió en suma, faltó delectación, serenidad y carácter meditativo. El último movimiento buscó en exceso epatar y aunque como arquitectura fue ordenado el balance de la orquesta se resintió forzado en la construcción de las enarmonías con un coral en bronces cada vez más excesivo.

La OFGC rindió a un muy buen nivel, con metales redondos y bien entonados. Extraordinario trabajo de los violines, comandados por Barennie Moon, de sonido acrisolado en un registro agudo insistente pero muy bien resuelto, aunque algo falto de carne en el centro. Bello asimismo el sonido de violonchelos en la exposición del tema inicial. El debe sigue estando en las maderas, en esta ocasión muy desiguales e irregulares a lo largo de la obra. En los saludos recibieron premio especialmente los metales pero destacaría el sobresaliente trabajo del timbal de Francisco Navarro, profundo en su carácter sonoro y enorme conductor toda la sinfonía.

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