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Eugenio Padorno, entrañable maestro

El poeta y docente Eugenio Padorno. | | LP/DLP

El poeta y docente Eugenio Padorno. | | LP/DLP / Antonio Puente

Nilo Palenzuela

De pocos poetas e intelectuales se puede decir que ejercieron el magisterio sin pretender nada a cambio. Eugenio Padorno lo ejerció desde un lugar en el que la poesía fue siempre el centro de su voz. Allí donde extendió su escritura abrió vías para que los demás transitáramos a la búsqueda del conocimiento. Como San Juan de la Cruz, supo indicar que a partir de cierto momento se debía seguir solo, sin guía, a oscuras, aunque con la seguridad de que la luz del mediodía acabaría por imponerse.

Como en espirales, Padorno estableció vasos comunicantes entre la poesía, la filosofía, la identidad canaria, lo más cercano…, y los confines del mundo. Miró su propia tradición y la trajo más acá para darle salida en el diálogo con otras culturas insulares. Particular es, en este sentido, su enseñanza en torno a Lezama Lima y la manera de entender la poesía en Cuba.

Padorno miró hacia el grupo de Orígenes al tiempo que hacia Cairasco…, y vio sus destellos en el presente, en su amigo Juan Ismael…, o en el timonel oscuro del poema de Morales. Fue el primer poeta en el siglo XX que fundó una vía identitaria saliendo de su entorno con el fin de disponer de amplias herramientas hermenéuticas para la poesía. No tuvo, además, el menor temor en pensar, como había anticipado Quesada, la dimensión colonial del espacio en el que vivía.

Eugenio Padorno estudió a los cubanos y profundizó en las obras de Mallarmé y de Valéry para hacerlas gravitar en torno a su solar atlántico. Advirtió en los franceses un fondo metafísico que era también el suyo: una iluminación que podía tener «la nada moderna» y la primigenia luz bajo la misma palabra. La soledad y la religación. Y dio un paso más. En sus relecturas de Ricoeur, de Lévinas y de Zambrano, enseñó que la poesía camina con igual vértigo que la filosofía. Y lo hizo en Canarias, al margen del nacionalismo español.

Este poeta que pensaba el mundo desde su espacio vivencial, desde la calle Albareda y la Isleta, sintió, además, que las voces del pasado se hacían contemporáneas. Leyó con intensidad a San Agustín, a Santo Tomás, a Nicolás de Cusa, a los clásicos españoles y a sus más próximos, a Dante y a Unamuno, a Rimbaud y a Claudel…, y también a los jóvenes que aprendieron cómo se podía escribir entre el lugar y más allá, aun sin conocerlo.

A pesar de sus conocimientos, nunca asomó en él la vanidad ni la soberbia; tampoco el deseo de ocupar un lugar importante en la poesía contemporánea de nuestra lengua. El sitio del poeta, destacó frecuentemente, es el exilio. Nunca quiso entrar en las ferias de los reconocimientos. Ni siquiera obtuvo el Premio Canarias de Literatura. Fueron muchos sus alumnos de instituto o de universidad, y muchos los que recibieron sus enseñanzas aún si conocerlo. Su legado fluye por el interior de las palabras.

Sus pequeños cuadernos, sus ediciones cuidadísimas, su papel como guía en la ULPGC, su generosidad con los colegas de la Academia Canaria de la Lengua, van a seguir aquí. Lo que ha sido no puede dejar de ser.

A los más cercanos siempre les regaló su voz en la alta madrugada…, o al mediodía. ¡Cómo olvidarlo! Lo veo de nuevo en la Puntilla, junto a Berta, la compañera entrañable. Lo leo y lo escucho: «Arriba sabe el faro: remolino de sombras, huso con hilaturas de relámpago. Ahora se traspone un instante, reposa de la mente el justo hatillo con la memoria de risas, cuerpos y soles de veranos futuros, esquirlas sobre el mar: lo robado a los dioses».

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