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Literatura

Leer al lector: la presión de los escritores ante las reseñas en plataformas como Goodreads

Autores como Santiago Gil o Aida González Rossi reflexionan sobre la vulnerabilidad, el anonimato y el nuevo poder del lector en plataformas digitales

Los escritores Santiago Gil y Aida González Rossi.

Los escritores Santiago Gil y Aida González Rossi. / LP/DLP

Martina Andrés

Martina Andrés

Las Palmas de Gran Canaria

Cuenta el escritor Santiago Gil que Leonardo Sciascia lo pasó fatal cuando un cura se puso a criticar su novela en un pueblito de 200 habitantes perdido por Italia. «¡Pero si tu obra la reconocen en todo el mundo!», le decían. Pero eso no importó: fue como si esa valoración negativa opacara el resto de logros y palmaditas en la espalda. El ego del escritor es complejo y su sensibilidad, por lo general, profunda, lo que puede explicar reacciones como la de Sciascia, habituales en personas que se exponen y cargan sobre sus hombros un gran nivel de exigencia.

«Hay que mirar las críticas con espíritu deportivo y eso se consigue con los años, porque una negativa siempre nos duele», confiesa Gil que, tras muchos años en la profesión, tiene claro que es imposible gustarle a todo el mundo. Los prescriptores que ayudan a separar el grano de la paja -en un mundo donde la oferta de libros parece infinita- siguen existiendo, pero las redes sociales han irrumpido en el ecosistema digital como un lugar en el que los lectores y lectoras pueden expresar su opinión refugiados detrás de una pantalla. Muchas veces sin ni siquiera utilizar su nombre real.

En este contexto aparecen plataformas como Goodreads, creada en 2006, que hoy es propiedad de Amazon y cuenta con más de 150 millones de usuarios de todo el mundo. Un lugar que rebosa pasión por la literatura, que permite fijarse un desafío a principios de cada año, apuntar los libros que te has leído y los que quieres leer, además de poner una valoración y una reseña, si así lo deseas, cada vez que terminas una lectura y pulsas el botón de «leído».

«Yo siempre pienso: ¿Nadie se imagina que las autoras nos metemos a leer las reseñas de Goodreads? Jajajajaja. Te sientes como un fantasma asistiendo a su propio funeral», escribe entre risas la escritora y poeta canaria Aida González Rossi en un mensaje de WhatsApp.

Esta imagen resume bien la experiencia de muchos autores y autoras que, en silencio, se asoman a los comentarios que la gente pone a sus libros. Sacar a la luz una obra siempre implica exponerse, sea más o menos ficción, pero hacerlo en un entorno digital donde la opinión es inmediata y cuantificable, incrementa la sensación de desnudez. «Publicar un libro es un proceso de vulnerabilidad tochísimo del que hablamos poco», apunta la poeta.

«Cuando publicamos en Goodreads, jamás pensamos que la persona que ha escrito eso que comentamos puede leer eso que estamos escribiendo. Y eso crea mucho espacio para cierta crueldad, o por lo menos cierta forma de juzgar que intenta colocarse siempre por encima: yo hablo de este libro de forma despectiva porque, como no me gusta, soy superior a él y puedo hacer un poquito de mofa. Es una cosa un poco bully, como quizá casi todo lo que hacemos amparades por el anonimato virtual», añade.

Tanteando la fiabilidad de estas opiniones, Gil se empieza a hacer preguntas. «¿Qué puntuación tiene Moby Dick? ¿Y Madame Bovary? ¿Y El Quijote?», se plantea, eligiendo sus tres obras indispensables, las que para él deberían tener la máxima nota. La obra de Herman Melville tiene 615.0000 reseñas y un 3,57 sobre 5. La de Gustave Flaubert 374.200 y un 3,71. La de Cervantes 305.000 y un 3,91.

Viendo estas cifras, el escritor canario hace referencia a esa «otra cultura literaria» actual que, en parte, se está gestando online y en la que hay una diversidad de gustos tal que, hasta las obras cumbre de la literatura, pueden salir malparadas en algunos comentarios. También lo recalca Rossi: «Otra cosa que hice en mi momento de bajona por Goodreads fue meterme a leer reseñas de libros que me parecen increíbles, y me di cuenta de que también tenían críticas chunguísimas. No somos nosotres, es la dinámica del anonimato».

A pesar de todo, ambos autores coinciden en que aprecian las críticas negativas: son, de algún modo, la prueba viva de que están haciendo algo bien.

«A veces con las malas me acabo riendo, como cuando alguien dijo que se había vomitado leyendo Leche condensada, y claro, encima obviamente esa persona lo puso para crear una hipérbole que a mí me halaga muchísimo, porque a mí me encanta generar justo esa provocación guarra. Así que también he aprendido a leer las malas reseñas sabiendo que a veces que a alguien no le guste tu libro es bueno: ¿quién quiere escribir para todes? Crear alguna picazón implica haber arriesgado y haber hecho algo no normativo», se plantea la poeta haciendo alusión a su novela publicada por Caballo de Troya.

«Todos queremos muchas estrellitas y críticas positivas, pero es imposible que le gustes a todo el mundo. Tengo todo tipo de opiniones, lo cual me gusta. En un libro alguien pone un cinco y otra persona pone un uno. Esa es la literatura y eso está muy bien», reflexiona el escritor.

Uso editorial

Más allá del impacto emocional, estas plataformas también plantean dudas sobre su fiabilidad y sobre el uso que la industria editorial puede hacer de ellas. Gil reconoce que el sistema tiene zonas grises difíciles de controlar: «No sé hasta qué punto hay un control real sobre la credibilidad de las opiniones», señala, y advierte del riesgo de que se orquesten campañas encubiertas, ya sea a favor o en contra de un libro. Aun así, matiza que la clave está en la variedad, en la libertad y la diversidad de opiniones.

«Hay personas que se especializan en determinados tipos de novela, y si ves que ese perfil se ajusta a tus gustos literarios, con el tiempo le haces caso», explica el escritor, que ve en ese seguimiento una forma de orientación dentro de un panorama saturado. Para él, esa interacción indirecta también tiene algo positivo: «Saber que te están leyendo, que se fijan en detalles de tu obra, me gusta mucho», apunta.

De la visión de ambos escritores se desprende que el aprendizaje de cara a lidiar con la avalancha de opiniones de las redes pasa por asumirlas como lo que son.

«La pasión o la decepción con alguno de mis libros no me va a afectar, yo voy a seguir haciendo mi literatura», defiende Gil.

Por su parte, González Rossi lo resume desde otro ángulo, pero con la misma convicción: «Prefiero aspirar a escribir un libro de tres estrellas antes que uno de cinco, porque eso significa que no estoy intentando gustar a todo el mundo». Ambos insisten en una idea compartida, la de que seguir escribiendo implica aceptar el ruido sin dejar de escuchar la melodía que impulsan sus historias.

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