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Música

Laiv y Ant Cosmos convierten los sonidos cotidianos en música en directo con el público en Sala Faro

Los músicos y productores Leonardo Segovia y Javier Auserón estrenan este sábado a las 19.00 horas en la capital grancanaria un laboratorio sonoro abierto al público, donde se muestran los entresijos del proceso creativo y la música se construye colectivamente, desde el juego y la escucha

De izquierda a derecha, Javier Auserón y (Ant Cosmos) y Leo Segovia (Laiv).

De izquierda a derecha, Javier Auserón y (Ant Cosmos) y Leo Segovia (Laiv). / LP/DLP

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Martina Andrés

Martina Andrés

Las Palmas de Gran Canaria

Sonidos como el de una ambulancia que se aleja o el de una cuchara golpeando un plato de cerámica pueden pasar desapercibidos o incluso resultar desagradables cuando se cuelan en la banda sonora del día a día. Pero para los músicos y productores Leonardo Segovia (Laiv) y Javier Auserón (Ant Cosmos) son pura materia prima: lo cotidiano se cuela en sus samples -pedacitos de sonido- como fuente de inspiración de la que beber a la hora de crear su música.

Con este oído atento que se fascina con las pequeñas cosas, ambos se han unido en un proyecto común: un laboratorio creativo que aterriza este sábado a las 19.00 horas en Sala Faro para romper las fronteras del escenario y compartir con el público lo que hay detrás de la composición y la producción de una canción.

Abrir el proceso, encender los micros y dejar que la música se arme delante de todos para que puedan ver cómo es desarrollar una idea en directo. «El público va a ser partícipe de la propia creación de las producciones», explica Auserón.

«Es una cuestión de invitarlos a que hagan lo que les apetezca hacer. No hace falta que afinen una nota, no hace falta que sepan de música. Nosotros podemos grabarles su voz, dejarles un instrumento con ciertas indicaciones y que desarrollen la parte creativa o la parte más curiosa», apunta Segovia.

Así, elementos como los versos recitados de un poema o la lectura de alguna frase reflexiva se transforman en directo para que vayan acorde con la música que suena, mezclándose con la melodía hasta ser una sola cosa.

Ambos músicos muestran de esta forma las costuras del proceso que siguen en casa cuando se sientan a componer y producir. «Si escuchamos un ruido que nos gusta, lo grabamos para que encaje en el contexto musical que estamos creando», desvela Segovia.

«En Internet suele haber bancos de sonidos ilimitados y sueles recurrir un poco a ellos por comodidad, porque ya está hecho y es más sencillo. Pero creo que no hay nada más emocionante que de repente encontrar un sonido nuevo. En Santa Brígida dejo grabando el móvil y la propia lluvia hace sus patrones rítmicos. Le da texturas diferentes a las canciones y un toque más personal», añade Auserón.

Incluso aquello que no suena bien tiene cabida en ese archivo personal de sonidos vitales. Los fallos técnicos, las grabaciones imperfectas o los micros saturados: «A veces lo que me termina gustando no es el sonido en sí, sino que el micro del móvil no se escucha bien y solo se queda el ruido», confiesa Segovia entre risas, haciendo alusión a una aparente imperfección que acaba teniendo un valor propio dentro de la composición.

Momento irrepetible

El interés por el sonido situado, por aquello que ocurre en un lugar concreto y en un momento irrepetible, atraviesa toda la propuesta, dotando a cada capa de la canción de contexto y unicidad.

El laboratorio que proponen en Sala Faro se alimenta de esta filosofía: no hay una meta cerrada ni una canción predefinida. «Tenemos más ganas de hacerlo por el hecho de estar ahí los dos tocando, pasar un ratito y disfrutar», reconoce Segovia. La motivación principal no es tanto el resultado como el acto de estar, probar y escuchar juntos. «Tengo curiosidad por ver qué sale», añade, asumiendo la incertidumbre como parte del proceso.

Para Auserón, esa imprevisibilidad es lo más estimulante, sobre todo en esta primera edición del evento. «El feedback va a ser rico porque estamos en familia. Va a ser superorgánico», manifiesta.

Durante los ensayos, los dos han experimentado ya esa sorpresa compartida -la misma que quieren provocar en el público- cuando una idea toma forma sin haber sido planificada. «Nos miramos y decimos: esto está increíble».

Mostrar el proceso creativo implica también aceptar pausas, ajustes y explicaciones en mitad de la acción, por lo que el laboratorio no es un concierto al uso. «Va a haber parones», advierte Segovia. Momentos para detenerse, comentar lo que está ocurriendo y volver a arrancar. Un gesto que choca con esa velocidad imperante con la que se consume y se produce música -y todo lo demás- a día de hoy. «Tenemos muy metido en la cabeza que todo tiene que ir rápido», reconoce el músico, incluso cuando el propio formato invita a lo contrario.

Más allá de la experimentación sonora, el laboratorio tiene una dimensión personal clara. Auserón habla de una reconexión con los motivos que le llevaron a hacer música. «He reconectado bastante con el porqué hago música y por qué hago música con gente como. Somos niños rata que estamos en casa frikeando y produciendo», confiesa, poniendo el foco en cómo antes esa práctica era más colectiva.

Segovia se refiere a la propuesta en términos de cuidado: «Yo siento este laboratorio como una forma de emocionalmente cuidarme y cuidarnos». En un contexto musical que describe como complejo y cambiante, reivindica el valor de hacer música sin la presión constante del marco profesional. El laboratorio funciona, así, como una «medicina», como una excusa para recuperar «esas primeras veces», en palabras de los músicos, en las que tocar era, sobre todo, compartir sin pensar en nada más.

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