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Análisis

Descubrimientos

Lázaro Santana reflexiona en este ensayo de cinco partes sobre la escritura, el muralista Vázquez Díaz o el compositor Manuel de Falla

Descubrimientos

Descubrimientos / La Provincia

Javier Doreste

Javier Doreste

Forman este libro cinco textos sobre arte cuya perfección hace tremendamente difícil que seleccione uno o dos de ellos. La prosa del autor, el interés de las obras que comenta y lo oportuno y aquilatado de sus opiniones impiden que sacrifiquemos unos en favor de otros.

Pero las limitaciones de espacio nos obligan a elegir alguno para que ustedes se encuentren

con esta obra, aunque sea de manera limitada y fraccionada. Baste para llamar nuestra atención esta declaración que encontramos a poco de empezar a leer: El arte y su crítica son, qué duda cabe, una invención de la literatura fantástica.

En su libro Sobre la escritura, la lectura, la imaginación, Úrsula K. Leguin, una de las más imaginativas autoras de literatura fantástica, afirma que el escritor debe ser un centauro de las palabras. Debe dominarlas de principio a fin pero, a la vez, debe dejarse llevar por ellas, sin miedo, pero siempre manteniendo el rumbo a fin de acabar su obra. El objetivo es llegar al lector sin renunciar al arte ni a la búsqueda del lenguaje. Los buenos escritores son los que

primero piensan si lo que escriben les gusta a ellos y, sólo entonces, cuando lo han confirmado, piensan en el futuro lector.

La obra, y el lenguaje como instrumento de comunicación está antes para el autor; lo contrario es someterse a las leyes del mercado, renunciar a tener voz propia para sumergirse en la voz común, la vendible, la que persigue vender muchos ejemplares más allá de la mejor o peor calidad conseguida. Entre nosotros es Lázaro Santana el que mejor encarna esa negativa a renunciar a la calidad del texto en aras del lector. No es que sea un escritor arcano y misterioso, de léxico rebuscado o tortuosas frase.

Todo lo contrario, escribe de forma diáfana y legible, construyendo sus textos de forma tal que no puede quitarse una coma o un vocablo. Son construcciones perfectas que aúnan el placer de la lectura al conocimiento de la materia que tratan.

Tratándose de la reseña de objetos artísticos, cuadros y esculturas, es tarea ardua. Coincidirán conmigo que muchas veces los supuestos críticos se van por las ramas o asumen un lenguaje críptico para esconder sea su ignorancia sea la frigidez que les provoca la obra comentada.

Lázaro Santana es todo lo

contrario. Escribe con tal claridad, describe con tal perfección, que no hace falta que miremos las ilustraciones para saber de qué está hablando. Eso, conseguir que la descripción de una obra de arte no sea meramente informativa o una digresión que retrase la acción; sino que al contrario sirva para impulsar el texto con expresiones como: En los dibujos de Gargallo (…) sus mujeres son intensamente femeninas aunque igualmente poderosas. (…) No son mujeres gordas, como tantas de Renoir; sino formas musculosas y llenas de energía. El autor nos habla de un dibujo encontrado, descubierto, en un catálogo de subastas de Pablo Gargallo.

A partir de este descubrimiento nos sumerge, no sólo en el dibujo en sí, sino en su situación en la obra del escultor, invitándonos a ampliar nuestros conocimientos sobre este artista.

El segundo de los ensayos de este libro es una intensa exploración entre el muralista Vázquez

Díaz y el compositor Manuel de Falla. Arranca con una descripción de los murales del Monasterio de la Rábida, murales dedicados al descubrimiento de América y pintados en la década de los treinta, antes del golpe de estado franquista.

Ese estilo del que fuera maestro de nuestro Jesús Arencibia, siempre me ha recordado el estilo franquista, grandilocuente y plano que los que nos vimos obligados a estudiar aquello que se tildaba de Formación del Espíritu Nacional, encontramos en las ilustraciones de los libros de la materia. Traumas de adolescencia que uno arrastra. Y esta impresión se confirma por el rápido aprovechamiento de esos murales por el estado franquista. Obedecen la visión de empresa evangélica con la que el nacionalcatolicismo camufló los genocidios contra los indios, aunque ese no fuese el planteamiento inicial del pintor. Pero su estilo atrajo las miradas de un gobierno que había desertizado el panorama cultural del país y necesitaba ganar prestigio en el mundo del arte.

Colmaron al pintor de parabienes, cargos y reconocimientos que logró, entre otras cosas, con

un mesiánico retrato de José Antonio y otro ecuestre del dictador. Se quedó en Madrid en los

años de la guerra, sin ser molestado por el gobierno leal y recuperó su vida artística con el triunfo del fascismo. Un caso de supervivencia y capacidad de adaptación digno de estudio.

No hay que olvidar que la figura femenina está prácticamente ausente de los murales de La

Rábida. Solo hay dos ligeramente esbozadas en el panel titulado Los heroicos hijos de Palos y Moguer, lo que llama la atención, dado que se retrata la despedida de los marineros y no hay ni mujeres ni niños despidiéndolos, como las hembras no tuvieran derecho a figurar en un cuadro sobre la famosa gesta. No cabe duda que tal hecho complacería favorablemente a las jerarquías del futuro nacionalcatolicismo.

Manuel de Falla es todo lo contrario. Conservador, católico ferviente, horrorizado por la quema de iglesias en Cádiz, el asesinato de su amigo García Lorca lo hace rechazar a los golpistas y sus métodos. Se exilia en Argentina y no regresará vivo a España.

El poder lo tentará con magros resultados. La máximo que logra es que componga un Himno Marcial para la infantería que los estudiosos consideran una burla pues su melodía se basa en “El canto de los Almogávares” de la ópera Els Pirineus, de Felipe Pedrell. Inducir a los soldados de Franco a que se animaran con la música de un notorio catalanista no supone mala broma,… Falla se sumergirá en la composición de su Atlántida, obra que no terminará, pero que le absorbe de tal manera, dandole una nueva visión de la música que hace que rechace sus obras anteriores por considerarlas malas, impuras e indignas.

Encuentro en Falla, así condene injustamente El sombrero de tres picos, la honestidad frente a la propia obra, la obligación de seguir avanzando en su construcción, que no hallo en Vázquez Díaz.

No es tanto una condena del pintor sino el estigma de encontrar reminiscencias o influencias de su obra en los mencionados libros, como el bárbaro gigantismo de las esculturas salazaristas de la universidad de Coímbra me trajo a la cabeza, cuando las vi, las de los guanches de Candelaria.

No tengo espacio para comentar los siguientes ensayos de este volumen de Lázaro Santana.

Solo apuntarles que los tres faltantes son interesantísimos, desde las anotaciones sobre el

almendro de Estébanez y el de Joaquín Mir a las reflexiones en torno a la obra de Óscar Domínguez, todos merecen su atención.

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