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El tuétano de la tradición

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El tuétano de la tradición

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Javier Doreste

Javier Doreste

Hay que agradecer a la editorial Montesinos la publicación de esta obra, una de las primeras novelas escritas por negros en los Estados Unidos, precursora de las obras de los más conocidos James Baldwin o Ralph Ellison. Chesnutt fue un mulato que podría haberse hecho pasar por blanco por la claridad de su tez pero que prefirió quedarse en el mundo de los negros sureños, los marginados, los segregados. Y de eso precisamente nos habla en esta novela, de la segregación racial en los estados sureños después de la guerra civil americana y que ahora algunos pretenden minimizar o quitar hierro definiéndola como un sistema de castas, obviando la cuestión del color de la piel, como si las castas fueran mejores que las razas, algo inexplicable que las teorías de Baugman sobre el asunto han extendido entre el mundo académico americano.

Para Chesnutt el sistema es cruel y racista. Segrega a las personas por el color de su piel y no admite que, ni siquiera democráticamente, las personas negras puedan gobernar un ayuntamiento interracial o situarse al mismo nivel económico, social o moral que los blancos.

Pero no recurre a exposiciones demagógicas o pretendidamente didácticas, antes bien, procura que sea la voz de los propios personajes quien las defina. No suele intervenir como narrador y si en rara ocasión lo hace es para comentar o acentuar una situación. Nos hallamos ante un autor que domina los recursos y técnicas de la novela realista de fines del XIX y primer cuarto del XX, antes de que Proust y Joyce cambiaran las reglas de la narrativa mundial. Este dominio le permite, como he comentado, dar una voz propia a cada personaje, sacándolos del anonimato y la invisibilidad narrativa; o para describir situaciones con pocas pero precisas palabras: “el calor sofocante, a pesar del abanico de palma que movía con un gesto mecánico, lo oprimía menos que sus propios pensamientos.”

Estamos en el Sur de Estados Unidos, con un calor húmedo, pero que pesa menos que los pensamientos del mayor Carteret, uno de los blancos protagonistas de la obra. Esos pensamientos son profundamente e irrevocablemente racistas. El mayor teme que su hijo crezca en un mundo en el que los viejos y dignos valores del Sur, vencido, habrán desaparecido y se habrá impuesto, entre otras cosas, la absurda idea de igualdad entre hombres y mujeres y blancos y negros. No odia a los negros y así lo expresa: “Os equivocáis, señor, al pensar que siento hostilidad hacía los negros (…) Al contrario, estoy comprometido en actuar en su interés. Les doy trabajo, pagó impuestos para que los eduquen en las escuelas y para que tribunales y prisiones les hagan respetar el orden. Solo estoy en contra de ser gobernados por una raza inferior y servil.”

Estas palabras pesan sobre nosotros. Recuerdan a las que se usaban para mantener a la mujer sujeta en el dominio doméstico. Recuerden al franquismo proclamando las incompetencias de las mujeres: no podían abrir una cuenta, un negocio, sacar el carnet de conducir, sin la supervisión de un hombre, fuese el marido o el tutor. Era la permanente minoría de edad para la mujer como el supremacismo blanco pide para los negros.

No olviden que Olimpia de Gouges y sus compañeras eran feministas y abolicionistas. Chesnutt no clasifica ni dictamina casi las palabras de sus personajes. Sean racistas o blancos liberales o tolerantes, o negros que han logrados ascender socialmente o negros en la miseria, su palabra es neutra, no los juzga, los expone para que seamos los lectores quienes saquemos las conclusiones. Una simple frase como esta: El mayor estrechó la mano a todos, excepto la de Jerry, aunque tuvo con él un amable gesto de reconocimiento y colocó un buen puro en la palma de su mano (…). Jerry es el portero negro del periódico que dirige el mayor Carteret.

Y como reciente padre que es, el mayor recibe las felicitaciones de los empleados del periódico, incluidas las de Jerry, el nieto de la vieja Mammy Jane, la niñera negra que perpetua los valores del sur en la sumisión, acatamiento y humillación ante los antiguos propietarios, ahora empleadores de criados negros. En la misma línea va la intervención de otro de las blancos: ¡dos detenidos, uno blanco y otro negro, encadenados juntos, atravesaban la ciudad bajo la vigilancia de un agente negro! ¡No podemos tolerar este tipo de cosas (…)!

El autor no habla únicamente de racismo, también toca la profunda corrupción de la sociedad sureña y las ventajas de ser rico: Era tan rico como para escapar de las graves consecuencias derivadas de la investigación consiguiente (…). El peso de la tradición, el tuétano, no es la segregación y la violencia que imponen. El problema es la aceptación por parte de los antiguos esclavos no solo de la segregación, sino como hemos dicho la sumisión y la humillación. Un negro debe saber cuál es su sitio, así opina Mammy Jane y la joven enfermera negra prefiere ignorarla antes que enfrentarse: Estos viejos negros, se decía a sí misma, la irritaban con su eterna adoración a los blancos, quienes, suponía, les favorecían y apreciaban porque, antaño, fueron e su propiedad: el mismo motivo por el que acariciaban a sus gatos y caballos.

O como la abolición de la esclavitud generó nuevas oportunidades para los blancos de clase inferior: procedía de una familia blanca de las clases pobres a la que la abolición de la esclavitud había abierto nuevas oportunidades (…) Al no estar ya eclipsadas por una casta de propietarios de esclavos, algunas personas pertenecientes a estas clases se abrieron camino rápidamente. Chesnutt habla de los cambios sociales, y como muchas de las ideas dominantes se mantienen, obsoletas, porque siguen siendo útiles para mantener a los dominados en su sitio.

Y como la lucha contra la segregación empieza desde el momento en que un negro decide estudiar o llevar su hijo a la escuela, o participar activamente y con honradez en la administración municipal. Los supremacistas no pueden aceptar ser tratados ni ellos ni los suyos por un médico negro. Todo lo cuenta nuestro escritor con un lenguaje rápido y ágil, sin perderse en absurdas descripciones, levantando acta, por decirlo así, de un mundo cruel con separación de razas, y con la magnífica, me parece, traducción de Mar Portillo. Y recuerden que Pablo Hasél sigue en la cárcel como los seis de Zaragoza.

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