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Análisis

Vuelo gallináceo con Millares

El CAAM decide acogerse a la vía del desgaste mínimo de neuronas y no celebrar ninguna exposición con motivo del centenario de uno de los creadores clave del arte español

Javier Durán

Me daría igual que el CAAM le ofreciese a Rossy de Palma sus instalaciones para debutar como artista si el museo, a su vez, hubiese programado una exposición por el centenario de Manolo Millares, de cuya proyección no existe duda alguna. Pese a ser como el agua y el aceite, situar aquí los dos nombres nos permite hacernos una idea del bajón sistémico en el que se encuentra sumergido el centro de arte: la actriz, exchica Almodóvar, como recurso para una liviana ingeniería museística con un desgaste mínimo de neuronas. Mientras, en el revés, el esfuerzo intelectual alrededor de un creador que forma parte de una de las mejores generaciones del arte español de toda la historia, junto a Tàpies, José Guerrero, Oteiza, Canogar, Chillida, Antonio Saura, Esteban Vicente o Martín Chirino.

La pinacoteca de la calle Los Balcones se ha fumado el centenario de Manolo Millares porque le ha dado la gana. Es cierto que le dedicó en 2022 un homenaje por los cincuenta años de su muerte, pero no es argumento suficiente para darlo por amortizado. La celebración del siglo fue ejemplar para Martín Chirino y César Manrique, cuyas retrospectivas se materializaron gracias al intenso trabajo de sus respectivas fundaciones. No es el caso del pintor de la arpillera, que carece de modelo fundacional recayendo la responsabilidad del proyecto sobre el propio CAAM. O sea, un esfuerzo.

Ante esta inexplicable ausencia, el museo ha optado por meter a Millares en la programación de actividades con un «gran seminario» dirigido por Alfonso de la Torre y la publicación «exhaustiva» de los epistolarios del artista bajo la selección de Aitor Quiney. Ninguna de las dos propuestas compensa, en modo alguno, el ninguneo ni la sensación de que estamos ante un claro caso de pereza en la producción de ideas. La decoloración del debate cultural, el oportunismo marketiniano y el baturrismo político nos coloca ante los ojos este tipo de frustraciones: sin ir más lejos, el nombramiento en 2025 de Alonso Quesada como Hijo Predilecto por el Cabildo. ¡Menudo sarcasmo! Introducir en el paquete de los favores al escritor que mejor describió las interioridades de la sociedad insular.

Esto no es un artículo contra la gestión de Orlando Britto, renovado en su puesto (¿vitalicio?) al frente del CAAM a través de un mecanismo que representantes del sector cultural consideran contrario a la Buenas Prácticas. No, trato de convencerlo de que debe ser consciente de que una larga etapa en la poltrona lleva consigo un agotamiento, una incapacidad para el descubrimiento, un tedio para la emersión de propuestas, un amoldamiento, un pánico al riesgo, una rutina infértil... Una percepción de que la factoría se resuelve durante una merienda soleada con Guacimara Medina, su consejera y apoyo, de la que surgen ectoplasmas tan seductores como una fiesta de carnaval dadaísta con un poquito de Emmy Hemmings y de cabaré Voltaire de Zúrich. ¡Joder, qué difícil para el disfraz!

El Cabildo, el gran proveedor de cultura en Gran Canaria, está obligado a elevar el conocimiento de la ciudadanía. Manolo Millares debe estar entre sus objetivos, dando acceso a las obras del artista que están en sus almacenes. Otro tanto para el Ayuntamiento capitalino, que guarda en su edificio más representativo varias adquisiciones. Perdemos la ocasión de indagar en la conexión de un creador del siglo pasado, cuyas temáticas reverdecen en el contexto actual de pérdida de libertad individual, exaltación de los liderazgos autoritarios, impotencia de la condición humana frente al belicismo y desvalorización del diálogo. Una vigencia absoluta a la que se une la imparable y multimillonaria cotización de sus cuadros en diferentes subastas internacionales.

El PP (la izquierda cultural hiberna) ha registrado en el Senado una moción en la Comisión de Cultura de la Cámara Alta con el objetivo de instar al Gobierno de España a rendir homenaje a Manolo Millares por su centenario. No sabemos aún cuál será el resultado político de esta iniciativa. Pero son movimientos tardíos para movilizar el entusiasmo en torno a un centenario que transcurre. El empuje a medio gas del CAAM, el centro de arte clave (o era) de la ciudad donde nació el creador, tampoco ayuda. Alguien tendrá que explicar por qué este aniversario tiene un vuelo gallináceo, a no ser que la causa se encuentre en la supervivencia de aquella «técnica de la mezquindad» que bautizó y tanto jorobó al artista. ¿O será de otro tipo? Quizás una bajeza de ánimo incompatible con un museo que nació (y que cuesta un pastón) para estar entre los principales del país. No sé si la maravillosa y epatante Rossy de Palma ha ido a tocar a las puertas de ese semillero repartido por ciudades de España. Por lo pronto, somos los únicos con el privilegio de asistir a su debut artístico. ¡Mucha suerte!

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