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El Teatro Cuyás se convierte en un 'afterwork' en el estreno de 'Supersaurio, el musical'

La obra basada en la novela de Meryem El Mehdati se sube a las tablas este fin de semana con Delia Santana como protagonista bajo la dirección de Rosa Escrig y con Ángulo Producciones. Aplausos y público en pie bailando cierran entre luces de colores la función del pasado viernes

Estreno de 'Supersaurio, el musical' el pasado viernes en el Teatro Cuyás de Las Palmas de Gran Canaria.

Estreno de 'Supersaurio, el musical' el pasado viernes en el Teatro Cuyás de Las Palmas de Gran Canaria. / José Pérez Curbelo

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Martina Andrés

Martina Andrés

Las Palmas de Gran Canaria

El Teatro Cuyás se convirtió ayer en un afterwork. «Un tardeo, una reunión de colegas», comentó alguien sobre las tablas. Un espacio para bailar, tomar alguna copa si se encarta y desinflarse como un globo después de la presión de una larga jornada de trabajo. Ufffff. Menos mal que existe ese momento: un limbo entre la oficina y el hogar en el que casi que dejas de ser un trabajador pero tampoco eres tú del todo, rodeado de compañeros y jefes, hablando de papeleo, cotilleos internos de la empresa y vidas personales. Todo se mezcla y nada encuentra su sitio, tal y como le ocurre a Meryem, la protagonista de Supersaurio, el musical que el pasado viernes se estrenó en la capital grancanaria con todas las entradas agotadas tras una ola expectación que ha estado creciendo durante meses.

Los nervios y el vértigo se palpaban los días previos en el equipo. Pero anoche, en el Cuyás, si hubo algún temblor, no fue otro que el de los cuerpos del público en plena carcajada o el de las piernas de Meryem -interpretada por Delia Santana- cuando está a punto de besar a Omar, uno de sus compañeros durante sus prácticas en «el supermercado con los mejores precios del Archipiélago».

La acompañaron, en este ecosistema laboral de tecleo, bailes e hipocresía, Mingo Ávila como Matiqui, Alexia Rodríguez como Yolanda, Abraham Santacruz como Omar y Lucía Viera Ruano. Entre todos, levantaron una coreografía de oficinas y chats internos, coronados por un dinosaurio azul de lazo blanco y capa amarilla -los colores de Canarias-, en la que el trabajo, como en la vida real, lo fagocita todo. Ñam, ñam, ñam. Un tiburón hambriento que no se conforma con ocho horas al día, porque continúa dando coletazos cuando ataca la jaqueca en el sofá de casa o el dolor de espalda que quita las ganas de salir con amigos.

Grito compartido

El libro que da nombre al espectáculo, de la escritora canaria Meryem El Mehdati, fue publicado por Blackie Books en 2022. Desde entonces, ha vendido miles de ejemplares, convirtiéndose en un fenómeno de la literatura canaria más contemporánea, inspirando y reconfortando en un grito compartido a jóvenes -y no tanto- con su voz crítica y mordaz.

Es muy difícil no conectar con esa dualidad de la protagonista que, mientras asiente y pone su mejor cara, por dentro está gritando y sintiéndose «como un preso en Guantánamo». El binomio complaciente/enfadada que poco a poco consume por dentro y desata la ansiedad, esa que aparece cuando alguien se traiciona durante demasiado tiempo. Así lo plasmó Delia Santana sobre las tablas, con una energía desbordante -y controlada cuando tocaba- que reflejó a la perfección la contradicción de la vida de Meryem (y la de todos), su qué-hago-aquí como una exclamación constante.

Supersaurio es risa pero también una bofetada con la mano abierta, de esas que hacen abrir los ojos y decir: ños, pero si esa también soy -he sido, seré- yo, de algún modo. Alguien que dice sísísí, cuando quiere decir nonono, la cajera con las cintas azules del fisio pegadas a la espalda, la trabajadora que toma pastillas todas las semanas para seguir funcionando a pesar del dolor. La vida queda relegada entonces a esos ratitos de ver la televisión por la noche, a escuchar un pódcast mientras limpias para sentir que eres mínimamente curioso e interesante, a hacer planes que, en muchos casos, tienes que cancelar por agotamiento. ¿Y qué podemos hacer?

La pregunta se lee entre las líneas de un guion que ha sabido adaptar con soltura la primera persona, a modo de diario, de la novela original, al tiempo presente del teatro. Los pensamientos y sensaciones de Meryem se suceden a ritmo de pop, indie, o trap, usando baladas cursis que, por contraposición, hacen brillar la rabia de la protagonista como si esta estuviera escrita en letras de neón.

El personaje de Omar fue una especie de punto intermedio, alguien que también finge pero que se adapta con menos esfuerzo -y quizá más resignación- al ecosistema de la selva laboral. «Aceptas las reglas del juego, tus padres y abuelos también jugaron», le dice a Meryem en uno de los momentos de complicidad que comparten, mientras ella lidia con esa torpeza de no saber qué hacer con ella misma en general y respira raro, como si sus pulmones «se hubieran llenado de algodón».

«Gran Canaria es un cementerio de elefantes británicos, alemanes... Nadie les grita que se vayan a sus países porque son blancos», canta Delia Santana, siguiendo otra de las líneas tan presentes en Supersaurio: la mirada incómoda hacia el modelo turístico que predomina en las Islas. También brotan frustraciones que conectan con esa precariedad emocional de una generación hiperformada, ante un jefe, Matiqui, que llora desesperado porque no sabe como convertir un excel en un pdf y cobra diez veces más que la protagonista.

El punto de inflexión llega cuando a Meryem le ofrecen un contrato. 25.000 euros netos al año. ¿Serán suficientes para comprarla? Por desgracia, la protagonista habita un mundo en el que es el dinero -y no precisamente 25.000 euros de sueldo- el que compra el privilegio de la calma. Las clases de yoga, el pilates, el té matcha, un fin de semana en una casita rural en la cumbre. Parece que eso es lo único a lo que nos queda aspirar. Ah, y por supuesto, a un buen afterwork, para mover el cuerpo como hizo el público ayer, entre aplausos, en el patio de butacas del Teatro Cuyás.

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