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Arte

Alfonso de la Torre, teórico y crítico de arte: «Lo hermoso de Millares es su capacidad de extraer belleza de la condición doliente del ser humano»

El teórico y crítico de arte analiza la obra del artista grancanario en una conferencia en el Castillo de la Luz, en el marco de la exposición con la que la Fundación Martín Chirino conmemora el centenario de su nacimiento

Martina Andrés

Martina Andrés

Las Palmas de Gran Canaria

En el poema El camino no elegido, de Robert Frost, el yo poético se detiene ante una bifurcación en el bosque y decide tomar una senda que, a priori, parece más o menos igual que la que tiene al lado. «Eso marcó toda la diferencia», escribe el poeta estadounidense en el verso final.

Algo parecido ocurre con las decisiones que atraviesan la existencia: «Ante la vida se te abren varios caminos y eliges. No hay grandes explicaciones. Los hechos más importantes son llegar al mundo, marcharse de él, y entre medias, nos puede suceder el amor. Y los tres son inexplicables», reflexiona el teórico y crítico de arte Alfonso de la Torre al recordar cómo llegó a profundizar en la obra de Manolo Millares.

Fue ese camino el que lo convirtió en uno de los grandes especialistas del artista grancanario, cuyo legado resurge estos días entre las paredes del Castillo de la Luz de Las Palmas de Gran Canaria. La Fundación de Arte y Pensamiento Martín Chirino conmemora el centenario de su nacimiento con la exposición Homenaje a Manolo Millares. Volver sobre la trama del arte canario, en busca de sus raíces, una muestra que dialoga con las esculturas de la colección permanente de la institución y que podrá visitarse hasta el próximo 31 de agosto.

Así, los universos creativos de Chirino y de Millares se dan la mano en un homenaje que se completa hoy con una conferencia de De la Torre y la proyección del documental experimental Millares, 1970, realizado por el artista canario junto a su mujer, la escritora y pintora Elvireta Escobio.

«Un tiempo arrodillado»

El título de la ponencia, Entre las basuras de un tiempo arrodillado, remite a un diálogo entre Millares y el artista argentino Alberto Greco publicado en 1965. «Trata de la posibilidad de hablar de cosas que no se podían mencionar, algunas muy duras, a través de lo que podemos llamar un diálogo del absurdo», explica De la Torre.

En aquel contexto, marcado por el clima de la posguerra y las tensiones políticas del franquismo, el arte era también una forma de decir lo indecible. «Como decía Wyndham Lewis, los grandes artistas no se alimentan del pasado, nos llegan desde el futuro. Uno lee ese diálogo que es de hace 60 años y le puede parecer de hoy. Eso de 'entre las basuras un tiempo arrodillado', recuerda no solo un tema que fue frecuente en Millares, el de la violencia unida al ser humano, sino también a sus encuentros con el teatro del absurdo, representado por Samuel Beckett. En aquel tiempo se había estrenado ya Esperando a Godot y se estrenó en Madrid Final de partida, donde todos los personajes están junto a unos cubos de basura», explica el experto.

Este clima histórico atravesó de lleno la biografía del pintor: Millares creció marcado por las consecuencias de la Guerra Civil, las pérdidas familiares o la suspensión de empleo y sueldo de su padre, profesor de instituto, que hizo que su familia pasara de estar en la alta burguesía a enfrentar serias dificultades económicas. Años después, el artista recordaría esa herida en una exposición clave de su trayectoria, Mutilados de Paz, presentada en 1965, año en el que falleció su progenitor.

«Es el término que él inventa para definir ese tiempo que incluye el exilio, la penuria, el hambre o la muerte, como la de su hermano Sixto en 1945 por tuberculosis», explica De la Torre. En aquella muestra, celebrada en la Pierre Matisse Gallery de Nueva York, el artista dedicó una carpeta a su padre que titula «a mi padre, el primer mutilado de paz que conocí». Para el crítico, este término resume la dimensión histórica y humana de su obra: «Es toda la simbología de lo que fue el desastre civil».

«Estos artistas han vivido las consecuencias de la Guerra Civil Española, de la Segunda Guerra Mundial. Y además se encuentran con cosas que pasan en el mundo que no son muy diferentes de las que pasan ahora, como la amenaza atómica. Millares habla de eso, habla de algo que es muy contemporáneo, del horror, la destrucción, la dificultad de los seres humanos para sobrevivir en esta tierra», apunta De la Torre.

En esta línea, aparece la serie Homúnculos, «figuras fragmentadas que él describía como sombrajos de la condición humana», explica el crítico. «Como decía Millares, la destrucción y el amor corren parejos por páramos descoyuntados. Lo hermoso de Millares es la capacidad de extraer belleza de la condición doliente del ser humano», añade.

Amigos de Las Canteras

La exposición en el Castillo de la Luz permite observar el diálogo entre Millares y Chirino, dos «amigos de la playa de Las Canteras», en palabras de De la Torre, unidos por una búsqueda común, con trayectorias que les llevan a converger en Madrid y en el grupo El Paso.

«Ambos son artistas que piensan. Y sí, todos pensamos, pero su obra es realmente una obra que tiene que ver con el pensamiento. Es una interrogación sobre qué es el espacio y qué son las formas que lo ocupan», plantea De la Torre.

Así, esta exposición en la que dialogan piezas de ambos, sigue interpelando al presente. Las arpilleras, los cuerpos fragmentados o los huecos que atraviesan la superficie de la pintura son como preguntas sin cerrar que remiten a las heridas abiertas, a la fragilidad de la existencia. Preguntas que, décadas después, la obra de Manolo Millares sigue planteando ante los ojos del espectador.

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