«Papá… ¡yo también escribo!»
A pocos días del 19 de marzo, recopilamos el testimonio de diversos autores y autoras hijos de literatos sobre la ardua relación con su progenitor: desde el canibalismo declarado -y ¡filmado!- de los Panero hasta la admiración y el afecto mutuo entre Javier y Julián Marías, por ejemplo, un variado espectro de los afectos filiopaternales en la literatura.

La larga sombra del padre escritor. / La Provincia
Antonio Puente
«Yo flaco, débil y angosto; tú fuerte, grande y ancho. En esa caseta me sentía miserable y no solo frente a ti, sino ante el mundo entero, porque eras para mí la medida de todas las cosas». ¿Se imaginan que el protagonista del alegato de Franz Kafka, en su famosa Carta al padre, fuese, como él mismo, un extraordinario escritor, algo así como su doble? La «caseta» de referencia podría ser la de una relevante feria del libro, por ejemplo, donde papá Kafka es «la medida» que copa todo el centro de atención … Más angustiante aún que el principio de exclusión (en que se basan, por cierto, la mayoría de los relatos de escritores respecto a padres desentendidos) es el de la absorción, hasta desaparecer del todo. En nuestra fábula, el padre de Kafka ya no es el mediocre autoritario Herman, sino un tal Franz que se le adelantó, y ha escrito ya El proceso y La metamorfosis que él ahora solo puede pasar a limpio. Desde el canibalismo declarado -y ¡filmado!- de los Panero a la admiración y el afecto mutuo entre Javier y Julián Marías, por ejemplo, es variado el espectro de las relaciones filio-paternales entre escritores.
Un caso muy singular es el de la relación de Margarite Yourcenar con su padre, el aristócrata Michel Crayencour, al que siempre llamó, de tú a tú, por su nombre de pila, y de quien obtuvo su acrónimo literario, con variar el orden de las letras del apellido. Aunque escritor amateur y prácticamente inédito, es un lector culto y voraz, que influirá en la autora de Memorias de Adriano por partida doble: como enseñanza literaria y como modelo de sus personajes masculinos. En ¿Qué? La eternidad, el tercer y más intimista volumen de sus memorias, trata a fondo la figura de Michel, con quien convive, desde que, a los pocos días de nacer, queda huérfana de madre. «Michel siempre quiso que yo fuera libre; él era la persona mayor en torno a la cual daba vueltas la maquinaria de la vida», expresa Yourcenar. Rememora que ya a la edad de 6 o 7 años, Michel le lee en voz alta fragmentos de Shakespeare, Ibsen, Tolstoi, Sant Simon… y le enseña latín y griego, e incluso inglés «con una biografía de Marco Aurelio», y tiempo más tarde, en su adolescencia, escriben relatos a cuatro manos. «Él fue la primera persona que me enseñó el placer por la exactitud y la verdad», exigiéndole que «nunca engañe con las palabras». La relación no deja de ser ambivalente, pues, al tiempo que celebra su condición de «hombre culto, directo, arriesgado, asertivo, independiente», le reprocha su vertiente de «hombre colérico y ludópata», con la ruleta, además de sus múltiples idilios con mujeres frívolas. «Estoy segura de que Michel jamás pensó en una regla de vida», dirá, con un fondo de conmiseración, que le inspira la complejidad de sus recurrentes personajes masculinos -Adriano, Zenon, Erasmo, Campanella…-. «He pasado gran parte de mi vida tratando de definir, y luego de describir al hombre solo», subraya Yourcenar.
Fuente de complejos
Por su parte, Aitana Alberti, de 85 años y residente en La Habana desde 1984, mantuvo una relación de lo más variada con su padre, el poeta Rafael Alberti: desde cumbres borrascosas (a partir del retorno del exilio, en 1977, tras el alzheimer de su madre, la también escritora María Teresa León, y el «expolio» de los cambios de testamento) a cariñosos remansos, durante el largo exilio de casi cuatro décadas, y tras la reconciliación, en los últimos tiempos del poeta, fallecido en 1999, a los 96 años. Siempre se mostró agradecida con la original ocurrencia de que le pusiera el nombre de Aitana, por la Sierra homónima de Alicante, la última costa española que divisaron, y que, hasta entonces, había sido inédito para las personas. «Es evidente que a uno le crea cierto complejo tener dos padres como Alberti y León; ser la hija de dos genios de la literatura me ha frenado mucho como poeta», reconoce. Luego de que su padre obtuviera el Premio Cervantes, en 1982, no paró de reivindicarlo para su madre. «Si hubiese sido un hombre, se lo habrían dado«, protestaba.
Es curiosa la coincidencia testimonial entre «admiración» y «distanciamiento afable« que los narradores Jorge Onetti y Gonzalo Torrente Malvido decían profesarles a sus progenitores respectivos, los también premios Cervantes Juan Carlos Onetti y Gonzalo Torrente Ballester. «Ser el hijo de un escritor es muy probablemente un refuerzo para alguien con la misma vocación. Pero otra cosa muy distinta es ser el hijo de Juan Carlos Onetti, pues supone que lo midan a uno con Miguel de Cervantes o William Shakespeare, en vez de con un escritor», reconocía Jorge Onetti, autor de cuentos y novelas avalados por diversos premios (finalista del Casa de las Américas y del Biblioteca Breve), fallecido en 1998, y que acaso hoy sería más y mejor rememorado si se llamara Martínez. Según su testimonio, «Juan [siempre trató así a su padre, con su nombre de pila] nunca me hizo el menor comentario sobre ninguno de mis libros, ni para bien ni para mal. Nunca le di mayor importancia a ese silencio, pues lo consideraba una consecuencia del mutismo que practicaba con su propia obra. Adelantar en voz alta la trama de lo que estuviera escribiendo lo consideraba gafado, y, ya luego, una vez terminado un libro, no es que no lo comentara, es que ni siquiera lo releía. Me consta que nunca lo hizo, ni en las galeradas. Para él, escribir era un acto erótico, y como tal, no admitía reanudación, sino iniciar otro distinto», relataba. Tan solo en una única ocasión, cuando Jorge Onetti se iniciaba en la literatura, su padre se le acercó con uno de los manuscritos que le había entregado, y tirándole afectuosamente de los mofletes, le espetó: «Hijo mío, dedicáte a otra cosa, descansá, que para llevar la cruz de Onetti ya estoy yo...». «Tenía ese celo de la exclusividad, como de eslabón perdido, de que Onetti solamente era él», apostillaba el hijo del autor de El pozo; «pero no lo consideraba para bien, sino especialmente para mal, dados su pesimismo y nihilismo incorregibles».
Para Gonzalo Torrente Malvido, fallecido en 2011, «al principio era un estímulo ser el hijo de un escritor de relieve; pues, qué duda cabe, ser el hijo de mi padre me facilitó en su día el acceso a las editoriales, pero, luego, termina siendo un asunto marginal, completamente irrelevante». Autor de Cuentos de la mala vida y de una saga de novelas, publicadas casi todas en los años 70, decía haber mantenido desde siempre una «fraternal simbiosis» con su padre, lo que incluía la pertenencia a un estrecho club compuesto únicamente por ellos dos, y que consistía en ser los primeros lectores de sus respectivos manuscritos. «Nos hacíamos observaciones, aunque no pocas veces con el propósito de desobedecernos más y mejor; lo facilitaba el hecho de que nuestras literaturas nunca se parecieron en nada».
Mito de matar al padre
Para el autor de Torrente Ballester, mi padre, el libro que le reportó los mejores dividendos, «el mito de matar al padre son ganas de hacer literatura sobre la literatura. No creo que haya mayor complicación respecto al poder simbólico alcanzado por el padre en el oficio. Lo que sí complica los términos de la comparación, no sólo con el padre, sino con cualquier colega, es que la literatura se haya convertido en un asunto tan mercantilizado».
Un caso inverso fue el de Javier Marías, cuya emergencia como narrador superó -o al menos le fue proporcional con respecto al Régimen anterior- a la de su padre, el filósofo Julián Marías, ambos, curiosamente, miembros de la RAE. Tan solo con motivo del 80º cumpleaños del padre, el autor de Corazón tan blanco le pidió permiso para transgredir su pacto de silencio mutuo. «Me pareció oportuno dedicarle unas líneas de homenaje, quebrantando nuestro acuerdo de no pronunciarnos el uno sobre el otro públicamente», explicaba. «Siempre mantuvimos una especie de respeto desapasionado hacia nuestras obras respectivas. Para mí, matar al padre ha sido matar, por ejemplo, a Henry James y Joseph Conrad, que tanto me influyeron en mis primeras novelas. Aunque, la verdad, cuando me disponía a hacerlo, se me murieron ambos de muerte natural», solía ironizar el autor de Todas las almas.
Pero, para una mente fabuladora, ¿quién es su verdadero progenitor? En rigor, nadie puede escapar a esta gélida ley no explicitada que nos legó Juan Carlos Onetti en Cuando ya no importe, su libro testamentario: «... tal es el recuerdo de la verdad nunca vista: madre horizontal, despatarrada y suplicante, padre muerto para el mundo, adhiriendo enfurecido sudores de pecho, inconsciente del ridículo vaivén de sus sobrias nalgas de varón».
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