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Análisis

La era de los tetrápodos

La fotos de Fachico Rojas nos trasladan a una sociedad en movimiento, expectante frente a los avances del turismo y a la vorágine de un crecimiento urbanístico que cambiaba los códigos especulativos

La Casa de Colón rinde homenaje a los 100 años de Fachico

José Pérez Curbelo

Javier Durán

Javier Durán

No sería justo tratar la fotografía de Francisco Fachico Rojas Fariña (1926-2026) como un mero documento a efectos de inventario para preservar la memoria, que también lo es. De su ingente obra, de la que se puede ver una selección en la exposición que le dedica la Casa de Colón por su centenario, sobresale una tendencia nada baladí: su afán por capturar la evaporación de un tiempo, a la vez que levanta acta de la aparición de otro. El contraste entre ambos ciclos eleva al autor a una modernidad que nos arrastra entre el turismo y un espíritu urbano naciente, desde la mujeres enlutadas que esperan a pie de playa la llegada de sus maridos, unos pescadores bajo la tormenta, hasta esos tetrápodos -el culmen de la técnica del hormigón en los 60/70- instalados en la avenida marítima para frenar la fuerza del mar. El concreto hormigonado, el Ídolo de Tara que avisa de un nuevo código especulativo.

Fachico no es un intelectual ni un fotoperiodista, pero posee la suficiente “sensibilidad y sentido común”, como dice el título de la muestra, para actuar frente a la ruptura. Armado con su cámara fotografía el tipismo, las tradiciones, la vida de los pueblos del interior, los oficios antiguos y los nuevos, la arquitectura tradicional, el puerto y sus barcos, la fe cristiana... Pero en paralelo, como decíamos, se asoma al despegue del desarrollo económico (el añorado puertofranquismo), al crecimiento del consumo, al aumento del tráfico, el desembarco de la publicidad y sus neones, el turismo y los/las turistas, las discotecas, un parque de Santa Catalina cosmopolita y con chaperos...

El choque entre ese mundo de ayer y los seísmos de un capitalismo emergente provocan en el visitante la sensación de que se está ante un tramo de la vida en movimiento permanente. Una transformación, una apertura de objetivo, nunca mejor dicho, que nos lleva a ponernos junto a una sociedad expectante: ¿Qué hay después de esos tetrápodos? ¿Qué viene después del (frustrado) tren vertebrado? ¿Qué pasará cuándo se levante ese grupo de edificios en la Avenida de Escaleritas?

Fachico sabe extraer con la cámara la seducción y los interrogantes que levanta el progreso a su alrededor. Igual que la gestación de Brasilia o Las Vegas, la existencia a partir de la nada, hace una crónica visual de la formación del sur de Isla. Esa arquitectura turística, moderna, que se asienta donde antes habían cercados de tomates. Y sin faltar a su compromiso con la contraposición muestra la convivencia del primer blabuceo urbanizador con la existencia del chabolismo, o la opulencia del potente deportivo que lleva a bordo el sueño dorado, con el rostro bronceado y el cuerpo turgente. Y en la carretera, el hombre vapuleado por el trabajo sobre el burro.

Ese extremo de Gran Canaria colonizado poco a poco por los proyectos del arquitecto Manuel de La Peña. Apartamentos adaptados al calor y al sol insular, calles anchas y plazas estructurantes (lamentar la demolición de La Rotonda , en San Agustín) que parecen irreales, soltados en paracaidas sobre un paisaje que podría ser el del fin del mundo. Inabarcable a primera vista, una ilusión óptica como se demostrará con el paso de los años.

Y en ese empuje socioeconómico (sin saber qué venía después de Franco), las fotos de los artistas que marcaban la senda más modernizadora. Imágenes desafiantes de Manolo Millares, Elvireta Escobio, César Manrique, Pepe Dámaso, Tony Gallardo, Lorenzo Godoy, Juan Bordes, entre otros. Una ebullición de creatividad, una provocación a la autoridad que Fachico incluye en ese entrechocar de perspectivas. El fotógrafo agarra por los cuernos el tono de la vida insular: nadie va a negar que pululara como alas de polilla la caspa de una clase social dominante, aferrada a un catolicismo enfermizo. Eso también lo captura el fotógrafo. Pero el peso recae sobre esa combustión formada por la irrupción de un horizonte novedoso que reforma el código especulativo de la agricultura, otro que declina para convertirse en maná nostálgico y, por último, una dolce vita permitida alimentada por los usos y costumbres del turismo.

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