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CRÍTICA

Fabiano y Otello

‘Otello’, de Verdi, programado por ACO en el Teatro Pérez Galdós.

‘Otello’, de Verdi, programado por ACO en el Teatro Pérez Galdós. / NACHO GONZÁLEZ ORAMAS

Fierabrás

Q ue no el Otello de Fabiano, que sigue siendo de ese enorme ilustrador musical de la condición humana que fue Verdi, haciendo honor a Shakespeare, junto al libreto de Arrigo Boito, con una obra descomunal llena de pasión, emociones y teatralidad de la más alta genialidad.

Michael Fabiano ofrece potencia vocal, pero su columna central no tiene fuste, así como carece del bronce épico requerido. El timbre es impersonal e irregular en la emisión, abusa del portato para ascender a un agudo muy tasado y empuja más de lo que debería. Un trompicado Esultate! abrió la noche y el dúo del final del primer acto fue discontinuo entre un bien delineado lirismo inicial y un tosco final.

Sufrió lo indecible en el segundo acto con agudos calantes y cambiantes de color, fatigado en el dúo con Jago. Se rehizo en el acto tercero con un bien trazado Dio, mi potevi scagliar de registro grave, elocuente y agudo más estable,para redondear un cuarto acto convincente, coronado por un Niun mi tema de interesantes acentos dramáticos.

Debuta la parte, por lo que aún debe poner el papel «en gola», como se dice en el argot, aún corto de fiato y desatento al matiz, así como ser diferencial en lo interpretativo; de momento sólo retrata a un epiléptico irritable, sin claroscuros y gestualidad previsible, aunque honesto y entregado. ¿El futuro Otello? El tiempo lo dirá pero, lo que la naturaleza no da...

Le acompañó la Desdemona de Erika Grimaldi, lírica ancha, de timbre singular, fue de menos a más con dos primeros actos a fogonazos y cierto trémolo en el centro, destacando más en línea y acentos el tercero, culminando un maravilloso cuarto con una canción del sauce y Ave Maria llenos de matices, dinámicas, extraordinario control del aire y la emisión.

Gabriele Viviani es un villano de manual: la voz, justa en el grave, tiene pasta, presencia y, aunque Jago tiene más pliegues que exprimir, hizo una recreación sobresaliente haciendo una disección del texto exquisita y aportando colores y medias voces en una noche redonda.

Muy notable la aportación de los secundarios con Todenes y Gens a la cabeza, pero no menos tonantes y centrados David Barrera, Jeroboam Tejera y Julián Padilla junto a los Coros de Amigos Canarios de la Ópera (ACO) y la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria (OFGC), que dominaron un buen primer acto, contundentes en lo sonoro pero irregular en empaste. El resto, junto con el Coro Infantil de la OFGC, no pasó de la corrección.

Feble la dirección musical de Carlo Montanaro; falta, por igual, de aliento lírico y peso dramático cuando convino. Desatento al fraseo, maderas planas en el acto cuarto, inicio del tercero, forte de la orquesta ruidosos, no reptó en los dibujos malévolos de Jago – un Credo sin vida -, articulación laxa, falta de fluidez en las conversaciones en música que sustituyen a los recitativos, rubatos de dudoso gusto. Un primer acto con oficio en la concertación o un muy bien acompañados Sueño de Cassio y Ave Maria no redimen la falta de riesgos teniendo un instrumento en el foso como la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, que estuvo correcta, sin más.

Los decorados atractivos de Piscopo fueron funcionales y, bien iluminados en el segundo acto, ganaron profundidad y monumentalidad. El tercero, quizá colmatado en exceso, así como frío el cuarto. Bien resuelta la tempestad del inicio, sin sorpresas en las luces y añejo el vestuario. La puesta en escena de Carlo Antonio de Lucia es un dejà vu de sus trabajos anteriores: libertad sin vigilancia para los cantantes-actores, mal trabajo de masas, falta de detalles... Aquí tiene más delito porque hay grandes momentos plásticos que ofrecer como la tempestad, la salida de Otello, el dúo del juramento y tantos otros, que fueron tratados con rutinaria convencionalidad.

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