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Gofio ajeno, gofio bueno

Un zurrón de gofio.

Un zurrón de gofio. / LP / ED

Este refrán genuinamente isleño recurre a nuestra singularidad gastronómica más representativa para sentar la máxima que lo ajeno suele atraernos más que lo propio. En sentido estricto se pone de relieve que la mejor comida —por así decirlo— se sirve en casa del vecino, mientras que en sentido lato deja al descubierto el anhelo por los bienes o posesiones que pertenecen a otros. El «gofio», ya sea de millo, trigo o cebada, constituyó en el pasado la base de la alimentación de la población canaria y todavía hoy continúa teniendo un papel relevante en la cocina isleña, por lo que sigue poseyendo un valor simbólico en la génesis de la fraseología popular.

El recurso al gofio está ligado a la simbología del grano y, por ende, del germen, resultado de un proceso de cultivación y reproducción, alegoría de fertilidad y prosperidad. Pero son inefables las razones que llevan a apreciar más lo que «el otro» produce, elabora o posee que lo propio, como si formara parte de la naturaleza humana despertar envidia o codicia cuando se observa lo ajeno. La frase se construye sobre una estructura binaria que recurre al pleonasmo («gofio») para asimilar «ajeno» a «bueno» (adjetivos con rima de clara finalidad nemotécnica) de lo que se deduce implícitamente que «lo propio no es tan bueno» o que «lo del otro es mejor». Y de esta convicción surge el antojo de poseer aquello que no nos pertenece, aunque solo sea un deseo de «apropiación» ilusoria.

El dicho «gofio ajeno, gofio bueno» forma parte de una serie de máximas del refranero popular canario que, con frases de estructura simple pero aguda, se encargan de fijar determinadas ideas en la comunidad de hablantes a la que va dirigida mediante mensajes de contenido aparentemente trivial, del tipo: «lo que no mata, engorda», «lo bueno dura poco» o «piña asada, piña mamada».

En realidad, se trata de un refrán de ámbito universal que cuenta con su antecedente más remoto en unos versos del Ars amatoria del poeta latino Ovidio: Fertilior seges est alienis semper in agris, vicinumque pecus grandius uber habet («La mies es siempre más abundante en los campos ajenos, el ganado vecino tiene la ubre más grande»). Frases afines se registran en otras lenguas del entorno cultural e idiomático del castellano; en italiano, v.gr., L’erba del vicino è sempre più verde («La hierba de mi vecino está siempre más verde»); en francés: Les œufs de ma voisine ont deux jaunes («Los huevos de mi vecina tiene dos yemas»); en portugués, a galinha da minha vizinha é sempre melhor (do) que a minha («la gallina de mi vecina es siempre mejor que la mía»). Similar a la forma castellana: «La gallina de mi vecina más huevos pone que la mía».

Afín al dicho comentado es aquella otra máxima que dice «todo lo nuevo es bonito» que nos lleva a decantarnos por «lo nuevo», lo apenas conocido o adquirido como mejor ( «bonito»). Es lo novedoso lo que nos llama la atención (como mismo sucede con lo «ajeno») por encima de otras cualidades o prestaciones que se pueden apreciar en lo ya conocido, como ocurre con lo propio frente a lo ajeno.

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