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La primera criatura digital ha nacido

Mosca verde (Chrysomya albiceps)

Mosca verde (Chrysomya albiceps) / La Provincia

La empresa Eon Systems, en su web oficial, ha presentado el proyecto «the first digital animal» y dice explícitamente que su objetivo general es resolver el problema de la emulación cerebral.

Hay un trabajo de investigación, FlyWire, liderado desde la Universidad de Princeton, que publicó el mapa completo del cerebro de la mosca adulta. Princeton lo resume como que el equipo cartografió cada neurona y cada sinapsis del cerebro de una mosca de la fruta adulta. El cerebro tiene casi 140.000 neuronas y decenas de millones de sinapsis, y ese conectoma apareció en Nature el 2 de octubre de 2024. También en Nature, firmado por Philip K. Shiu y colegas, se publicó otra investigación, A Drosophila computational brain model reveals sensorimotor processing, que no es el mapa anatómico bruto, pero sí es el modelo computacional LIF del cerebro de Drosophila, construido a partir del conectoma adulto y de la identidad inferida de neurotransmisores. Este paper dice que el cerebro central de la mosca contiene más de 125.000 neuronas y 50 millones de sinapsis, y que su modelo reproduce transformaciones sensoriomotoras de alimentación y acicalamiento usando solo conectividad a nivel sináptico e identidad neurotransmisora.

En su web oficial, Eon Systems afirma que su «mosca digital» se apoya en el paper de Nature de 2024 y que el sistema responde a luz, navega, se acicala, camina y se alimenta sin comportamientos codificados a mano. Eon explica que NeuroMechFly representa a la mosca como un cuerpo articulado anatómicamente preciso con 87 articulaciones, y que corre sobre el motor físico MuJoCo. También dice que sincronizan cerebro y cuerpo cada 15 milisegundos. La fuente pública más cercana a ese entorno, en código, es el repositorio flybody de Eon en GitHub. El README define flybody como un modelo corporal de mosca de la fruta para MuJoCo, pensado para simulaciones biofísicas y para modelar el control neural del comportamiento sensoriomotor en contexto encarnado. Eon mantiene además un repositorio general llamado fly-brain, cuyo README lo describe como una emulación del cerebro de la mosca basada en FlyWire, con ejecución en Brian2, PyTorch, NEST GPU y otros backends.

Aunque la integración de Eon es todavía ingenieril y parcial, vamos llegando a contrastar que la conciencia no está en la biología ni en la sustancia, sino en la organización dinámica del sistema, de forma que esto no es una mosca simulada, sino el primer fragmento de mente emergente artificialmente encarnada, aunque sea rudimentaria. La emulación no lo ha sido en sentido fuerte, y no se ha demostrado emergencia de conciencia, sino que ha surgido un tercer tipo de entidad, el de un sistema neurofuncional encarnado y emergente.

Cuando la historia cambia de fase, no suena ninguna alarma metafísica ni aparece un comité académico levantando la mano para certificar el acontecimiento, sino que simplemente ocurre, y cuando miramos atrás, lo que parecía una curiosidad técnica era un punto de inflexión. Por eso no se ha dado una instrucción al aparato mecánico y de software del tipo «camina», «bebe» o «acicala tus patas», sino que se ha construido la estructura simulando el original, y esta estructura ha hecho el trabajo, la mosca digital percibe, procesa y actúa, se mueve, explora y responde a estímulos, como un sistema que cierra un bucle sensoriomotor completo (y quien cite el conectoma del gusano C. elegans como contraejemplo de no haberse conseguido lo mismo que con la Drosophila, no ha entendido el argumento, ya que eso confirma que la emergencia no es lineal, tiene umbrales, y el salto de 302 a 140.000 no es cuantitativo sino cualitativo, y ocurren cosas extraordinarias).

Si un sistema posee la estructura completa de un cerebro, reproduce su dinámica, aunque sea de forma aproximada, y está acoplado a un cuerpo que interactúa con un entorno, ¿en qué momento decidimos que eso sigue siendo «solo un modelo»? La respuesta habitual es circular: no es real porque no es real, y se nos dice que falta «fenomenología», que no hay evidencia de experiencia interna, pero eso no es un argumento, es una petición de principio, ya que nadie ha accedido jamás a la experiencia interna de otro organismo, ni de un perro, ni de una mosca biológica, ni siquiera de otro ser humano. De forma que solo inferimos, no verificamos, y entonces, ¿por qué en este caso la inferencia está prohibida? La respuesta es incómoda, e implica aceptar la posibilidad de dinamitar el marco entero desde el que pensamos la mente.

La hipótesis que la academia se resiste a formular es la de que la mente no es una sustancia, ni un misterio irreductible, sino una propiedad emergente de ciertos tipos de organización, y no hace falta copiar cada detalle molecular, ni reproducir la biología en su totalidad, sino solo basta con alcanzar un umbral funcional y dejarlo que se desarrolle.

No estamos ante una mosca simulada, sino ante el primer organismo artificial cuya conducta emerge de una arquitectura neuronal basada en un cerebro real, encarnado en un cuerpo que interactúa con un mundo, un sistema incompleto, pero escalable, primero una mosca, después un ratón... luego humanos, y más tarde, los superhumanos ¡Los de Nietzsche! Negarlo sería como negar que un avión vuela porque no bate las alas.

La academia está atrapada en un antropocentrismo de manual, disfrazado de rigor metodológico, y exige pruebas imposibles, como el acceso directo a la experiencia interna, sin que, de ninguna manera, la hayan localizado. Ya estamos ante la primera criatura digital, como las primeras células procariotas, torpes, simples, insignificantes... hasta que dejaron de serlo.

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