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Análisis

Las cosas cómo son

La poesía de José Miguel Junco Ezquerra tiene el efecto de traernos a la memoria otras lecturas y reflexiones. Su dominio del ritmo, ajustado a la frase, permite que podamos leer el poema de un tirón

José Miguel Junco Ezquerra.

José Miguel Junco Ezquerra. / LP / DLP

Javier Doreste

Javier Doreste

Como lectores debemos agradecer a Junco Ezquerra que no cumpliera aquella su amenaza o promesa que hizo en la presentación de En el decir de una pupila abierta: que era su última publicación, que ya no daría más versos a la imprenta, que con aquella antología cerraba su etapa de poeta publicado. Como él mismo reconoce en la nota del autor: Porque la necesidad de escribir, una vez en sangre se presenta como tal mientras haya energía suficiente para responder a esa adicción. (…) Si de algo estoy completamente seguro es que sin lector/a el poema no está acabado. El autor tiene que escribir, se ve obligado a ello por una pulsión, la de conmover y reconoce que sin la lectura por otros, otras, el poema está siempre incompleto. Se establece lo que podríamos llamar una dialéctica de la lectura. Lo leído se transforma, crece o decrece según el lector.

El poema será leído con unos ojos por el académico, el enamorado, la mujer golpeada, la amorosa, la despechada, el perdido y el encontrado. Es lo que tiene la buena literatura, se abre a tantas interpretaciones y gozos como lectores encuentra o la tropiezan. En su Crítica de la economía política Marx escribió: una casa que no es habitada no es, de hecho, una casa real; el producto, pues, a diferencia del puro objeto natural, demuestra ser tal, se convierte en producto, sólo en el consumo.

El poema es un producto y se constituye como tal poema cuando es consumido, leído, por alguien, y si es en voz alta y compartido, mejor. La cita la recuerda Helga Callas en Teoría marxista de la literatura en la que explica la polémica entre Brecht y Luckas sobre el papel del arte. Supongo que no gustará que la traiga a colación pero, guste o no, encierra una verdad. Los actos humanos lo son no tanto en soledad sino en sociedad, en relación con el otro, los otros. Y una casa dedicada a la especulación inmobiliaria pierde su carácter de vivienda, de hogar, para convertirse en otra cosa, un producto de inversión, especulación. Para ser casa, recuperar su esencia de vivienda, tiene que ser ocupada por personas, vivida con penas y alegrías. La buena poesía, y en general la buena literatura, tienen este efecto: traernos a la memoria otras lecturas y reflexiones. Los versos de Junco Ezquerra son de esos, de los que te llevan más allá de la propia página, te fuerzan a releerlos, incluso en voz alta.

Una de las citas con las que abre un poema es la de Juan Ramón Jiménez: El que escribe como se habla, tendrá más futuro en lo porvenir que el que escribe como se escribe.

Con ella define su propia poesía. Junco Ezquerra no escribe para escritores ni monosabios, escribe para los lectores corrientes, para todos, con las palabras de todos, con el ritmo de todos. Es preciso señalar ese dominio del ritmo, ajustado a la frase, para que podamos leer el verso, la estrofa y el poema de un tirón, sin quedarnos sin aliento: Transitas azoteas, cantando a voz en grito/ canciones de unicornios y corales. / O recitando poemas de mañanas y de rosas / todavía por nacer. Una premonición: tú estás en las alturas /cantando o recitando. Lean este poema, hagan las pausas al final de cada frase y corroboran lo que digo; Junco Ezquerra escribe como se habla, como hablamos. Huye de la cita por la cita esa que parece que se pone para hacer ver al otro que se ha leído mucho, o que se está jugando y no hablando. Eso le permite gozar de audacia y empuje expresivo: A mí me han dejado señal /las mañas de un sistema sin norte/ o corazón que poco a poco va/ borrándonos del mapa.

Son las verdades del género humano, fundamento de la expresión estética de las apariencias del instante, como en el poema Equilibrios: Si pongo en la balanza las cosas que sé / pesarán mucho menos que las cosas que ni sé/ ni voy a ser capaz de asimilar / en el escaso tiempo que me quede. (…) / Uso la redundancia porque intuyo/ que resulta esencial, imprescindible, /para darle sentido a este poema/ o a cualquiera otro poema que se precie. / (…) O preguntando a madre en qué lugar concreto/ del frondoso jardín de las acacias/ por el que ella transita, vamos, alguna vez, / a fundirnos de nuevo en un abrazo.

El poeta es consciente del paso del tiempo, de lo que nos queda por saber y vivir, por conocer, y que nunca conoceremos por las limitaciones del propio tiempo. Reflexiona sobre el propio mecanismo del poema e invoca la figura materna como anclaje, pasarela, entre el pasado vivido y la muerte futura. Pero acaba con ese fundirnos en un abrazo y ese bosque de acacias que rechazan toda pesadumbre y melancolía. En la antigüedad la acacia era tenida como planta milagrosa, llena de propiedades curativas y considerada de suma eficacia para ahuyentar la mala suerte. Un jardín de acacias, florecidas, debe ser resguardo y refugio para quienes se abracen a sus sombras protectoras.

Recorre el libro un enfático aliento lírico, vital, que gracias al ritmo logrado por el autor hace que avancemos de poema en poema, deseosos de más a cada vuelta de página. De vez en cuando retrocedemos en la lectura para reencontrar versos como estos de En ausencia: El poema excava las partes ocultas/ de la aparente realidad en las que se sostiene/ suspendido en los bordes que separan lo obvio / de lo que no lo es. (…) Especula en la sombra y analiza tamaño y latitud. / Se adentra en pleamares, traspasa el horizonte, / (…) El poema, exangüe, simula que es paloma /cuando se ve obligado a maniobrar, / y cambia de objetivos y rumbos…

Junco Ezquerra es consciente de que cada poema se construye como tal en la lectura de cada lector, sea colectiva, silenciosa o en voz alta, compartida. Y como estas lecturas suelen ser individuales, para darles homogeneidad recurre a la eficacia estética, dominando los ritmos y las imágenes, nombrando con palabras lo que no tiene palabras para ser nombrado. Cumple su objetivo final, conmover, conmovernos.

Y en esa conmoción recordamos que Pablo Hasél sigue en la cárcel con los de Zaragoza y la Suiza.

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