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Rosalía: una encarnación celestial, un incendio en un bosque de sombras y una rave en el centro de la tierra

El ‘Lux Tour’ sedimentará en la memoria artística del país como un acontecimiento cultural más que como la puesta de largo de un álbum mítico

Rosalía en el 'Lux Tour' en Madrid.

Rosalía en el 'Lux Tour' en Madrid.

Nora Navarro

Nora Navarro

Como un halo de luz que evocaba tanto una encarnación celestial como un incendio en un bosque de sombras o una rave en el centro de la tierra, la resurrección de Rosalía este Lunes Santo en el Wizink Center de Madrid [ahora Movistar Arena] sedimentará en la memoria artística del país como un acontecimiento cultural más que como la puesta de largo de un álbum mítico.

Quizás debido a la iconografía religiosa que reviste Lux, el cuarto disco de la artista catalana, esta reflexión crítica trasciende el ámbito estrictamente musical para recuperar aquella noción que acuñó Walter Benjamin sobre el «aura» en su ensayo La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica (1936), donde el pensador sostiene que una obra de arte se identifica por su unicidad y su ensamblamiento en el contexto de la tradición, así como por su conexión ritual y mágica con quien mira. «Porque el aura está ligada a su aquí y ahora. Del aura no hay copia», defiende sobre la «experiencia aurática» como «la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar)» y que «no representa otra cosa que la formulación del valor cultural de la obra artística en categorías de percepción espacial–temporal».

Los mandamientos de Rosalía que reescriben estos días su propia Biblia no se inscriben tanto en su talento sobrenatural para coreografiar sus constelaciones vocales bajo sonoridades que transitan el pop, el ballet, la ópera, la música sacra, el reguetón, el flamenco, los ritmos latinos o la catarsis techno en el marco de los relatos de inspiración divina; como en el riesgo, la investigación y la búsqueda para experimentar con originalidad en este espectro vasto y diverso, y elevar el resultado a su máxima potencia.

A este ejercicio de transversalidad, la cantante de Sant Esteve Sesrovires incorpora un universo de referencias e intertextualidades de las Bellas Artes que, lejos de colisionar o friccionar en el conjunto, armoniza con naturalidad en una travesía espiritual y teatral de cuatro actos y un epílogo, donde tradición y vanguardia dialogan entre cuerdas, vientos y twerk engrandecidos por los apóstoles de la Orquesta Heritage, conformada por 22 músicos dispuestos en forma de cruz catedralicia.

Cada nota y acorde tiene su sentido; cada vestuario, cada elemento -con mención especial al botafumeiro con neones que pendula de punta a punta en el recinto-, cada mirada desarmada en el ascenso a los cielos, atesora un lugar en este viaje perfectamente medido.

Obra de arte en vivo

Y en el centro de la pista, devota de su público desde el primer interrogante de Sexo, violencia y llantas, canción que inaugura Lux: «Quién pudiera vivir entre los dos / Primero amar el mundo y luego amarle a Dios», Rosalía encarna con esta obra de arte en vivo ese aura transparente e irrepetible del Arte en mayúsculas, aunque estos días repita el tour de force en otros ocho conciertos más en España, «porque experimentar el aura de una aparición significa investirla con la capacidad de ese alzar la mirada».

Tras este trance hipnótico y fugaz de dos horas, Rosalía culminaba este viaje al éxtasis con Magnolias. «Tírame magnolias / Dios desciende / Y yo asciendo / Nos encontramos / En el medio». Nos convertimos en polvo, como dice la canción. Solo el Arte nos sobrevive.

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