Análisis
Carcoma
La obra de Layla Martínez. que trata del poder y la violencia, es un ejercicio de reparación simbólica que, por medio de esa dureza, busca agitar la conciencia del lector

La escritora Layla Martínez. / La Provincia
Durante la transición política española, que escribo en minúscula; a cambio de la democracia, la izquierda española aceptó, además de la monarquía y su bandera, la desmemoria colectiva. Los crímenes franquistas, aquellos sobre los que se asentó siempre, hasta el final, el régimen del dictador y que dio paso a su heredero, quedaron olvidados, borrados, arrumbados a un rincón. Era preciso, nos dijeron, la complicidad en el silencio de las victimas con los verdugos, para construir la paz y la democracia. El mundo de la cultura, escritores y cineastas, salvo alguna excepción puntual, participó activamente en ese ejercicio de borrado del pasado. Los años de la movida no fueron otra cosa sino la profundización y extensión del rechazo a la España negra del franquismo y con él el de las luchas de los que tumbaron la dictadura en la calle aunque el dictador muriera en la cama. Era preciso que se olvidara el poder de la calle, el de manifestarse, relegando actos como el del orgullo gay a una gran operación mercantilista, denunciada por Shanghái Lily en su imprescindible Gaycapitalismo, anulando su sentido reivindicativo y esto es solo un por ejemplo.
Pero de un tiempo a acá algunos escritores y escritoras han retomado el asunto de la memoria colectiva, la memoria democrática, de las gentes que lucharon, perdieron y siguieron luchando. De los primeros fueron Gabriel y Galán (El bobo ilustrado y Muchos años después), Julio Llamazares (Luna de lobos) y Dulce Chacón y su imprescindible La voz dormida. Pero después de ellos se ha tardado mucho en retomar el asunto. Estoy casi seguro que el éxito de Uclés y La península de casas vacías tiene que ver con la necesidad de recuperar la historia, la historia de los de abajo, la nuestra. Lo que Ruth González, siguiendo a Fernando Estévez, llama «la dimensión social de la memoria» (Fernando Estévez y la cuestión identitaria). En esa línea se encuentra la magnífica Carcoma de Layla Martínez, novela que no dudo en recomendarles. Eso sí, les advierto que no carece de cierta dificultad, más que nada por la dureza de los temas y del lenguaje. El estilo de Layla Martínez es fluido, nos lleva página tras página sin problemas, pero sea por el asunto que trata o por la forma e intensidad con la que lo trata, impone que el lector haga una pausa y se tome un respiro de vez en cuando, sea para procesar lo leído, sea para reflexionar sobre lo contado y sus consecuencias en relación con el mundo que vivimos, herencia de aquello años.
La técnica que emplea la autora consiste en una larga confesión a dos voces, la abuela y la nieta, que van intercalándose y contando desde los dos puntos de vista
La obra trata del poder y la violencia. El poder sólido, de clase, que cuando quienes lo detentan ven peligrar, amañan unas elecciones, lanzan una campaña de bulos y mentiras, montan un golpe de estado o desencadenan una guerra. No es ese melifluo poder fluido, y perdonen la aliteración, de Foucault; todo lo contrario, es el poder real, de una clase sobre otra, de un género sobre otro, que no duda en utilizar la violencia para prolongar su dominación. Frente al discurso consensuado con la memoria de la represión, lo que Violeta Ros Ferrer define como «una ortodoxia memorial» (Reparación, catarsis, venganza); la novela de Layla Martínez es un ejercicio de reparación simbólica que, por medio de esa dureza que señalo, busca agitar la conciencia del lector, que reflexione sobre el pasado y las consecuencias de ignorarlo: la citada dimensión social de la memoria.
La técnica de Martínez nos recuerda El extranjero de Camus. Es una larga confesión a dos voces, la abuela y la nieta, que van intercalándose y contando desde los dos puntos de vista, los hechos de la novela. Hechos presididos por la Casa, omnipresente y dominadora, cuya imagen nos recuerda la importancia de tener un techo sobre la cabeza, un hogar donde se cuiden las historias familiares. La Casa es eso y mucho más; protege a sus habitantes y se venga y defiende de los enemigos. Recuerden que la novela de Camus es la larga confesión de un condenado a muerte, la misma técnica de Simenón en La nieve estaba sucia, técnica que permite la cercanía con el lector. Se está hablando o escribiendo como forma de liberación, catarsis, ajuste de cuentas con el pasado. Es lo que señalaba Zambrano en el ensayo que tituló precisamente La confesión, género literario. Pues Carcoma es literatura, no historia, aunque el aliento de Clío la inspire, y sea también un ajuste de cuentas con la historia.

«Carcoma» Amor de madre, de Layla Martínez. / La Provincia
La violencia está presente en toda la obra. Tres violencias descritas una tras otra, reales y vividas. La primera es la de género, la del hombre contra la mujer, la del machismo, las palizas y la dominación del varón sobre la hembra, violencia que sigue entre nosotros. Será la propia víctima quién termine con ella, auxiliada por la Casa. La segunda violencia es la política, la de clase, presente en los diversos testimonios sobre la represión, las detenciones arbitrarias, las sacas y el asesinato de la hija de la abuela, madre de la nieta. También será vengada, cuando uno de los culpables caiga en manos de las dos. La tercera violencia es la desencadenante de la novela. La desaparición del niño de los terratenientes, los Jarabo, detentadores del poder en la zona y responsables e instigadores de los crímenes y la represión franquista, provocará la detención de la nieta y su puesta en libertad por falta de pruebas. A partir del regreso de la nieta, señalada con el dedo por esa detención, es el acto con el comienza la novela. Cierra así el círculo de la violencia, los de abajo también pueden ser violentos, ya sea por venganza o por afán liberador: «Podía amenazarme lo que quisiera podía hacer que me diesen una paliza o pegarme un tiro él mismo con la escopeta de caza pero justicia no iba a hacer justicia habíamos hecho nosotras que nos habíamos asegurado de que ese niño no fuese como sus padres ni como sus abuelos ni como sus bisabuelos de que allí se acaba para siempre la historia de los Jarabo».
Layla Martínez nos recuerda que el poder se sustenta sobre esas tres violencias: la machista, que mantiene el patriarcado, la política, que mantiene el sistema de poder, y la social de los de abajo que mantiene viva la llama de la rebeldía. No es que justifique ninguna de las tres, las expone, como advirtiéndonos de que tengamos cuidado y sepamos el mundo en el que nos movemos, y las terribles consecuencias que vivir en el nirvana de la desmemoria pueden traer. Sin dejar de ser una obra de arte, Carcoma asume lecturas de combate y reflexión. Sea esto suficiente para llamar la atención sobre ella. Y que sirva también para recordar que pablo Hasél sigue en la cárcel mientras Rato está en la calle.
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