Literatura
Fuera de lugar (díptico del oasis)
Acerina no habla de la nostalgia de un tiempo pasado, ni siquiera de lo que ahora llaman solastalgia; lo que hace es ironizar sobre los efectos del turismo como impulsor de progreso

Fuera de lugar (díptico del oasis) / LP/DLP
Decía Carlos Bousoño que en toda obra de arte, sea cual sea su género, se mueve en un mundo de intereses acotados para y por su creador. Este juego de intereses, que pueden ser variados y evolucionar en el tiempo, dotan de unicidad a la creación del autor y, forzando el asunto pueden definir una escuela literaria, un grupo de artistas, un territorio. Así definía la obra de Vicente Aleixandre en dos temas, dos etapas, la búsqueda del amor individual y la asunción de la colectividad como forma de estar en el mundo.
Los modernistas, la generación del 27, los surrealistas, y otras escuelas o tendencias se suelen poner como ejemplos de esa teoría. En Canarias se habla del mar como referente de casi toda nuestra poesía, además de la nostalgia de lo perdido, la emigración, la infancia jubilosa, etcétera. pero, siempre, siempre, con el mar, la mar, dominando el universo poético canario. Acerina Cruz ha traído, con Samir Delgado y David Guijosa, el turismo como un referente identitario, uno más, de nuestra cultura, de su poesía, de nosotros mismos.
Lo que viene a decir, con incomparable aliento poético, esta autora, es que el turismo es ya parte de nuestra propia idiosincrasia, o mejor, identidad. Somos canarios en tanto que convivimos, de mil formas, con el turismo, hasta el punto que palabras que lo definían como choni, han sido barridas por la homogenización del guiri, término usado para definir a los liberales cuando las guerras carlistas y hoy, extendido desde Cataluña al resto del estado para definir al turista extranjero. Nuestro choni, derivado del Johnny anglosajón, ha desaparecido en el habla cotidiana. Ahora no hay chonis, hay guiris. El turismo no solo transforma el paisaje sino que nos afecta directamente; costumbres y hablas se ven tocadas por la omnipresencia de lo foráneo. Ni el confinamiento, aquél a partir del cual seríamos mejores, puede con ello: Después de tanto tiempo/ quitarse la mascarilla/ es como bajarse las bragas. (…) Miramos al otro para vernos / reflejados en sus gafas de sol. / No buscamos pupilas. / (…) Vuelve la moda/ de defecar en las piscinas. /Vuelven los turistas / y reabren los pubs irlandeses, /los baños sin bidé, los conciertos, / los laboratorios / y las cajas de ratones. /Vuelven los hooligans a bailar/ alrededor de la basura en llamas.
Acerina no habla de la nostalgia de un tiempo pasado, ni siquiera de lo que ahora llaman solastalgia, la añoranza por el paisaje perdido, entre otras cosas porque la mayoría de nosotros no conoció ese paisaje, antiguo publicitado paraíso, mercantilizado y convertido en un resort que engulle el sur entero de la isla. Lo que hace es ironizar sobre los efectos del turismo como impulsor de progreso: Los números negativos / dan calor, hacen hervir la sangre / en el departamento comercial. / Los turoperadores piden ofertas / y las agencias online una bajada de precio. (…) Luego vamos al comedor de personal / a por la sobra de la cena de los clientes, / por turnos. / Siempre hay fruta madura / a punto de perderse. O los eufemismos que impone el mercado: que habrá un taller de aloe vera/ al mismo tiempo que uno de mojitos/ que una muerte/ se factura como «salida imprevista»…
Pero no culpa al turista por ser turista. Se limita describir una situación, la que ha convertido nuestras islas en lo que son, y a nosotros todos en lo que somos. Plasmados, fijados en dos versos demoledores: Sólo el reponedor de cerveza / seguía cargando a lomos el paraíso. Sabe, como describió Aldecoa en Parte de una historia, que el paraíso para el extranjero suele ser el infierno para los que lo habitan. Pero ese mismo turista no se lleva nada, salvo una postal o mil fotos en el teléfono: El turista regresa / cargando los suvenires /entre maletas y contraseñas (…) Todos los paquetes de vacaciones / son una fábrica de fósiles/ (…) En el gusto de llevarse / la capa ficticia de lo táctil, / el turista escancia la arena / con la mano, y sólo cae el tiempo. No hay más, lo que ha dejado y trae el viajero es el tiempo, nada más. Son los suvenir de los que nos habló en su momento Fernando Estévez. Y con ellos: Los turistas pasan de largo / igual que una canción (…) Al sacudirse en la avenida / sienten el tacto de lo pasajero, / los besos con los que la vida / nos convierte en invisibles. Los nativos somos invisibles para el visitante. Limpiamos, cocinamos, servimos en la invisibilidad.
Y ese tiempo lo recuerda Acerina con los poemas dedicados a su infancia entre hoteles. Un tiempo en los que vida era más feliz, simplemente porque se desconocía el sentido de las cosas que pasaban. Así se podía ser feliz en la habitación de un hotel con cuatro años: Vivíamos en un hotel / y nos daban igual los vecinos, / mañana no vivirían ahí, / tras las paredes no serían los mismos (…); una infancia descrita así: Crecí oliendo a dátil pisado / entre mangueras reptantes /el polvo de los plumeros / y el césped de la esperanza. Quizás ese dátil pisado nos simboliza a todos los canarios, junto con las mangueras con los que los jardineros mantienen el verde del césped para el turista y las Kelly usan los plumeros. La infancia, el último refugio de la felicidad: Hoy es sábado y estamos en la playa. / La niña tiene rastrillos, cubos y palas. (…) Hace el mar y dibuja ondulantes olas. / Hace la arena que no se podrá romper.
Y frente a la hermosura de esos versos e instantes, la cruda realidad del poema Indefinidos: Los alemanes que viven aquí / y solamente hablan alemán/ llevan el perro a veterinarios alemanes, / guardan los ahorros en el Deustche Bank / y conquistan el jardín / de las mariposas simétricas. / En el corazón de Europa / se dice que le sol calienta los huesos, / que en Canarias se muere mejor.
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