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Crítica

No hay Verdi menor

Un ensayo de ‘Simon Boccanegra’, de Verdi, el martes en el Teatro Pérez Galdós.   | CAVERO DE SAÁ/ ACO 2026

Un ensayo de ‘Simon Boccanegra’, de Verdi, el martes en el Teatro Pérez Galdós. | CAVERO DE SAÁ/ ACO 2026 / CAVERO DE SAÁ/ ACO 2026

fierabrás

Quizá haya un Verdi menos popular, sin un aria o cantilena que tararear a la salida del teatro, pero el de Simon Boccanegra tiene el valor mayor en su voluntad de cambiar la construcción de los números cerrados, con éxito evidente en el aria de Fiesco, el bellísimo dúo de Amelia y Simon o el original terceto que cierra el segundo acto. También hay un interés especial por las atmósferas y colores – la presencia del mar – y por un recitativo-arioso más desarrollado. Es por esto que quizá el público de la premier de esta producción reaccionara de una manera un tanto fría, aunque la esencia del genio de Bussetto sigue estando muy presente en esta ópera: la relación paterno-filial, la gran energía de unos personajes a los que dota de una música poderosa en lo dramático y sutil y emocionante en lo humano.

Un gran Verdi, que lo es, porque la versión escuchada en nuestro coliseo ha sido de gran altura partiendo de la dirección de Francesco Ivan Ciampa, que obtuvo una respuesta soberbia de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria (OFGC), a la que implicó en el drama con una versión llena de claroscuros, lirismo absoluto y gran fuerza expresiva. Como muestra el larvado final de la escena del consejo, el resplandor del inicio del primer acto, el adusto lirismo de la muerte del Doge... Todo fue dominado con mano de experto concertador, con una orquesta conjuntada, de cuerda excelsa y uniforme, así como guió con criterio a la compañía de canto notable que había en el escenario.

Destacó especialmente la Amelia de Miren Urbieta, voz importante, centrada en la emisión, homogénea, que hizo que pareciese su rol sencillo cuando en absoluto lo es. La artista además se come el escenario con su naturalidad, ofreciendo detalles y matices de gran cantante. Es una pena que Ariunbaatar Ganbaatar, barítono de voz importante en color, tesitura y empaque, tenga una cierta tendencia a la desconexión –tuvo algún desliz con el texto– porque hizo la actuación más refinada y homogénea de las oídas aquí. Estuvo enérgico, sensible, padre amantísimo y mostró su atribulada relación con el poder y el anhelo del corsario con pasión y acentos certeros.

De gran calidad vocal e interpretativa el Paolo de Germán Olvera, muy por encima de las demandas de su rol. El bajo Riccardo Fassi quiere ser más bajo de lo que es y Fiesco le llega demasiado pronto a una voz que le falta más presencia sonora aunque el artista es empeñado y noble. También lo es el tenor Fabián Lara, que dispone de una voz segura en el agudo pero emisión diversa en el centro. Ambos dieron poca credibilidad a sus personajes por una clamorosa falta de habilidad teatral. Muy bien Jeroboám Tejera y Francisco Navarro centrados y tonantes.

El Coro de ACO no pasó de la corrección debido a las numerosas imprecisiones en entradas, internos con afinaciones justas – se oye el teclado de apoyo en demasía – y, mejorada la cuerda de bajos, unos tenores muy febles, faltó en general más conjunción.

La producción, salvando las ingenuas proyecciones a lo cartoon, fue atractiva en el espacio diseñado por Carlos Santos, aprovechando la profundidad del escenario y con unos elementos modulares que dieron buen juego plástico. Muy bien la iluminación de Grace Morales y genérico el vestuario. La dirección de Renato Bonajuto es correcta en cuanto no embarra la trama, pero se hecha en falta que sepa mover o situar al Coro o un trabajo con aquellos cantantes que deambularon por el escenario pobremente en lo teatral. Los saludos finales con Verdi al fondo sólo nos puede inspirar un gran ¡viva Verdi!

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