25º Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria
La fragilidad como herramienta: Javier Cámara, Laia Costa y Asier Etxeandia se ponen frente al espejo del oficio en el Festival de Cine de Las Palmas de Gran Canaria
Los intérpretes abordan la inestabilidad, la comparación constante y el miedo como parte del proceso creativo, en una conversación atravesada por el humor y la experiencia moderada por el periodista Carlos del Amor

Martina Andrés

«Es un combate de esgrima, pero no un combate a matar, es un combate a amar». Así definió Javier Cámara lo que significa ser actor sobre el escenario de la Sala de Cámara del Auditorio Alfredo Kraus. Inquieto y contando anécdotas que desataban una y otra vez las risas del público, participó esta mañana en las Jornadas del Oficio Cinematográfico del 25º Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria, junto a sus compañeros de profesión Laia Costa y Asier Etxeandia.
La conversación, moderada por Carlos del Amor, avanzó como ese duelo al que aludió Cámara: tanteando el terreno y sumando impulsos, creando el caldo de cultivo perfecto para mostrar sin miedo la fragilidad que, como cada ser humano, cada uno de ellos lleva dentro. Una fuerza que sirve como herramienta en una profesión que exige exponerse, colocarse en un lugar inestable y, como decía Costa, en la que te tienes que «aprender a surfear y te tiene que gustar estar en el agua cuando no hay olas».
En esta línea, Etxeandia fue el primero en poner palabras a esa exposición constante que implica el oficio. «Tu herramienta es tu cuerpo, tu voz, tu fragilidad», resumió, con una imagen que luego desarrolló con una comparación: la de aprender a manejar un caballo que, en cualquier momento, puede desbordarse. Caballo que luego no dudó en interpretar sobre el escenario.

De izquierda a derecha, Javier Cámara, Laia Costa, Asier Etxeandia y Carlos del Amor. / Laura Bautista
Costa recogió este hilo y lo llevó hacia la dimensión externa del mundo de la actuación. Así, habló de la dualidad entre lo que se ve y lo que ocurre fuera de los focos, de un oficio «engañoso» atravesado, en muchas ocasiones, por la precariedad. «Las alfombras rojas no tienen nada que ver con esta profesión. Son una celebración, ahí estamos todos como pavos reales. Pero hay una vulnerabilidad no solo emocional, sino a nivel de inestabilidad», apuntó la protagonista de Un amor.
Diferentes caminos
A partir de ahí, la conversación fue deslizándose hacia la diversidad de caminos y formas que hay de llegar a dedicarse a este oficio, dando la oportunidad al público de ver trayectorias que se cruzan desde lugares muy distintos.
Para Etxeandia, la pulsión estuvo ahí desde que era muy pequeño: «Quise ser actor antes de ser persona. Era un artistillo de manual, con fracaso escolar, que canta, hace el gilipollas, tiene amigos invisibles, le pillan ahí solo en una esquina del colegio y le zurran, un zumbao'. Mi enfermedad fue mi salvación», resumió entre risas.
En el extremo opuesto, Costa contó su cómo su llegada fue tardía, casi casual. No había imaginado la interpretación como una posibilidad real. Tenía 28 años y era ejecutiva de cuentas de una empresa de publicidad. «Ni siquiera me planteaba que ser actriz era una profesión», reconoció. Fue una intuición ajena -una sugerencia de su hermana- la que abrió una puerta que no parecía estar ahí. Su entrada, explicó, estuvo marcada por no cargar con expectativas previas. «Tuve una relación con el oficio desde el juego ya de entrada. Iba como más ligera», subrayó.
Cámara, por su parte, volvió a sus orígenes para dibujar otro recorrido. También habló de un fracaso escolar, como Asier, de un entorno rural en el que el teatro no aparecía como horizonte y de un primer contacto casi accidental con un grupo universitario. «No había plan B», recordó. Y cuando empezó en la escuela de arte dramático, apareció, como una pequeña revelación, la certeza: «No sé qué quiero ser, pero sé que este es mi sitio». Teniendo claro que no quería irse de allí y lidiando con su timidez, poco a poco, las oportunidades le fueron llegando.
Las tres experiencias, tan distintas entre sí, coincidían, sin embargo, en la importancia de ese primer impulso, ya sea desde la necesidad, la curiosidad o el juego. «Bendita ignorancia», apuntó Costa en otro momento, aludiendo a ese inicio sin referencias que le permitió moverse sin el peso de la comparación.
Los castings
Otro tema que se puso sobre la mesa es el de los castings. «El casting también lo haces tú», recalcó Etxeandia, reivindicando ese espacio, además de como una prueba, como un primer contacto con el tipo de trabajo que vendrá después. «¿Cómo quieres que te dé lo mejor de mí si te importo una mierda?», planteó, haciendo alusión a esos procesos de selección en los que las personas a cargo ni siquiera miran a los ojos.
Costa amplió esa idea desde otro ángulo: el de aceptar que no todo depende de uno. «El casting no depende de ti», insistió, recordando que, incluso encajando en un papel, hay factores externos que terminan inclinando la balanza. «¿Qué depende de ti? El trabajo», añadió.
Con más anécdotas y más risas, la conversación se cerró con las preguntas del público. «Lo más interesante es que cada uno es de su padre y de su madre», expresó Cámara en respuesta a una de ellas. «Cada uno tiene su camino», concluyó Costa.
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