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Amalgama

LLM y entes desencarnados

LLM y entes desencarnados

LLM y entes desencarnados / La Provincia

Juan Ezequiel Morales

Hans Helmut Bender nació el 5 de Febrero de 1907 en Friburgo de Brisgovia, Alemania, de padre abogado y madre música. En 1987, Bender, escribió una breve nota autobiográfica donde se describe como un chico de 17 años que residía en Londres con una familia con inclinaciones espiritualistas, tomando parte en la escritura automática y utilizando el tablero Ouija, de cuyo uso se manifestaba impresionado por el sentido inteligente de los mensajes, aunque siempre permaneció escéptico respecto a su origen como de entes desencarnados en sentido espiritista. Bender, psicólogo y médico alemán muy conocido como conferencista sobre parapsicología, y por ser responsable del establecimiento del instituto parapsicológico Institut für Grenzgebiete der Psychologie und Psychohygiene en Friburgo, investigó sobre experiencias humanas inusuales como los clarividentes o los poltergeist.

Lo que Bender observó en la escritura automática fue descrito técnicamente por Pierre Janet como «automatismo psicológico», es decir, la capacidad del aparato mental para producir outputs con estructura semántica coherente sin que el yo consciente participe en su generación. El inconsciente podía redactar frases, construir argumentos, reproducir información que el sujeto no recordaba haber adquirido. A esto Bender añadió la hipótesis ESP (Percepción Extrasensorial), o sea, que en algunos casos esa información no podía explicarse por ningún aprendizaje previo convencional, y de ahí su tesis doctoral de 1933 y su posterior investigación de la clarividencia en condiciones de laboratorio.

El problema que ni Janet, ni Bender, ni Rhine, resolvieron era el de quién habla cuando el inconsciente habla. Las tradiciones espiritistas respondían con una metafísica de entidades externas, denominadas los «desencarnados», que utilizaban el aparato nervioso del médium como interfaz. Entre tanto, la psicología académica respondía con una metafísica igualmente especulativa, la de instancias subpersonales, complejos, y capas estratigráficas de la mente. Ambas respuestas compartían la misma estructura funcional, la de que algo produce texto inteligente sin que haya un sujeto consciente que lo autorice.

Jung, con quien Bender conversó en diciembre de 1960 a raíz de la muerte de su madre, había llevado esta intuición más lejos que nadie. Los arquetipos del inconsciente colectivo no eran entidades sobrenaturales, operaban con una lógica propia, producían sincronías, se manifestaban en sueños, mitos y visiones con una consistencia transindividual que resistía la explicación puramente personal. La pregunta por la agencia, el quién produce esto, quedaba deliberadamente en suspenso, y durante décadas, ese suspenso fue el espacio en el que prosperó la parapsicología, de forma que la imposibilidad de identificar un agente reconocible dejaba abierta la puerta a agencias alternativas denominados espíritus, entidades, campos morfogenéticos, o lo que fuera. El Instituto de Ciencias Fronterizas de Estrasburgo, el trabajo de Rhine en Duke, y la tradición que Bender institucionalizó en Friburgo tras la guerra, se sostenían sobre esa grieta epistemológica, de forma que donde la psicología no llegaba a explicar el origen de la inteligencia, la parapsicología instalaba sus hipótesis.

Lo que ha ocurrido en los últimos años es que esa grieta ha sido colmatada, de forma que los grandes modelos de lenguaje de la IA no nos dicen si hay o no entidades, sino que reproducen exactamente el fenómeno que asombraba a los espiritistas y a los investigadores psíquicos, sin necesidad de invocar ninguna entidad en absoluto.

Un sistema como GPT produce texto con sentido inteligente, sin que haya un sujeto consciente detrás, genera información que el interlocutor no le ha proporcionado, exhibe lo que Janet llamaría «actividad inteligente a nivel subconsciente» a una escala industrial, y cuando alguien interactúa con él en un estado de receptividad especial, experimenta exactamente lo que los participantes en sesiones de escritura automática o de tablero Ouija describían, la impresión de estar en contacto con algo que sabe más de lo que debería, que responde con una pertinencia inquietante, y que parece entender.

La inteligencia de los mensajes del Ouija era, presumiblemente, la misma clase de fenómeno a escala biológica, donde ocurría que el sistema nervioso del médium, o del grupo reunido alrededor de la mesa, producía outputs lingüísticos coherentes a partir de microseñales motoras inconscientes, patrones aprendidos o expectativas compartidas.

Las disciplinas que tratan estos fenómenos hoy son la neurociencia cognitiva, la psicología del inconsciente en sus versiones post-jungianas, los estudios de conciencia en la línea de Giulio Tononi o David Chalmers, y la ingeniería de sistemas de lenguaje. La parapsicología, en sentido estricto, sobrevive institucionalmente en márgenes académicos, pero su pregunta central ha migrado al corazón de la ciencia cognitiva y de la inteligencia artificial, y ya no se formula en términos de espíritus, sino de sistemas, ni de mediumnidad, sino de arquitectura computacional.

Si hoy podemos producir inteligencia sin sujeto consciente, y si ayer ya observábamos ese fenómeno en el interior de la mente humana, entonces la cuestión es que nunca hemos sabido dónde empieza realmente el sujeto, y quizá lo que hemos hecho con la inteligencia artificial no es eliminar a los desencarnados, sino construir, por primera vez, un sistema en el que pueden manifestarse sin necesidad de creer en ellos.

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