El realismo onírico de Andrea Cabrera
De ‘La galería de los antepasados’ a ‘Parabere’, la narradora diluye las fronteras entre lo local y lo universal, en un viaje desde lo rural a lo urbano

Andrea Cabrera Kñallinsky. / La Provincia
Antonio Puente
Hay escritores -y sobre todo escritoras- que, aun siendo reconocidos en algunos círculos literarios, no se prodigan demasiado en los medios más convencionales o de mayor visibilidad. Tal es el caso de la periodista y narradora Andrea Cabrera Kñallinsky (Buenos Aires, 1973), que, aunque nacida en Argentina, reside en Las Palmas de Gran Canaria desde su infancia. Tras haber debutado como novelista con La galería de los antepasados (ed. Machado Libros), transcrita en clave de realismo mágico, publica la extensa narración, de más de 500 páginas, Parabere (ed. Siruela), que resultó finalista del Premio Café Gijón. Del mismo modo que existen «dos tipos de cocineros»: el científico, que opera en la cocina como en un «laboratorio», y el que emplea como ingrediente principal, la intuición de su «memoria» -tal y como lo explica Jacinta Ruiz Almagro, en el emotivo prólogo de Parabere-, cada una de las dos tramas muestra a una autora ambidextra, que alterna memoria intuitiva y precisión. Es una mera cuestión de grado, que tras potenciar la memoria mágica (incluso con capacidad de resurrección de los difuntos de la saga familiar) en La galería…, aumenta la tasación y el inventario de un modo más directo, a través de un cierto realismo experimental, en Parabere.
Para empezar por esta última, su novela más reciente (que se inicia, curiosamente, con un flashback sobre la infancia de la protagonista en la Feria de Abril de Sevilla), el título corresponde al apelativo de un personaje real, la gastrónoma y escritora María Mestayer de Echagüe (Bilbao, 1877 - 1849), Marquesa de Parabere, justamente, que, cediéndole su nombre, regentó en Madrid una lujosa casa de comidas, muy célebre durante la Guerra Civil, aglutinador de escritores y políticos, desde María Teresa León y Rafael Alberti, a Manuel Azaña, entre numerosas intrigas.
Con un estilo ágil y directo, el experimentalismo empieza por la coautoría, pues la novela está escrita al alimón con el editor y escritor madrileño Aldo García Arias. Si bien eso ha empezado a normalizarse, desde que se reveló que Carmen Mola, la flamante ganadora del Premio Planeta en 2021, era el seudónimo de un trío de varones, y con algunos libros más, firmados por dúos femeninos o masculinos, este es uno de los pocos casos de textos de ficción de coautoría de ambos géneros.
Es de destacar aquí el homenaje que se le rinde a esta gran emprendedora, doblemente pionera de la gastronomía, como escritora y empresaria, cuyos sofisticados platos -tal vez condimentados por la trama de la ficción- suenan al germen de la más alta gastronomía actual, y van encabezando los parágrafos de cada capítulo. Son más de 60 platos a elegir, y, con suma originalidad, dan cuenta de cómo varían en las diversas épocas del restaurante, de tal suerte que en la Belle Époque, en los años republicanos, aumentan las terminciones francesas, como el «lenguado a la Parmentière» o las «yemas al fondant», por ejemplo, mientras que en la Guerra Civil y en la posguerra, las exquisiteces son más autárquicas, como el cocido, los callos o la paella. En imagen definitiva, las «patatas souflé», de cuando la apertura del Parabere, antes del estallido, pasan a convertirse en «patatas al tocino», a partir de la contienda.
Novela poliédrica
También plena de vitalismo, pero, en un estilo más fondeado y reflexivo, más poliédrica, con saltos en el tiempo, pero sin perder por ello transparencia, surte La galería de los antepasados, la primera novela de Andrea Cabrera, de 2023. «He construido castillos en el aire tan hermosos que me conformo con las ruinas», se lee en el introito, en cita de Jules Renard, con gran optimismo existencial. ¿Qué metáfora puede ser más vitalista que una saga de difuntos redivivos, a menudo menos zombis que sus propios descendientes todavía en vida? La trama transcurre en el interior de Gran Canaria, donde la autora pasó su infancia, y, aunque plena de canarismos -bienmesabe, trucha, cambullón, pirata…-, estos son explicados a pie de página, en un guiño por universalizar la compresión sin camuflar la procedencia. El escenario es una suerte de Macondo en San Lorenzo, a las afueras de Las Palmas de Gran Canaria, y, aun sin la gravedad del universo de Gabriel García Márquez, su narrativa es deudora del realismo mágico del autor de Cien años de soledad. Los mismos poderes mágicos del «barro y caña brava» de Macondo, los tienen los misteriosos azulejos que sirven de soporte para hacer que revivan los familiares muertos. Y parecida sonoridad de los nombres de los protagonistas, con noble tratamiento y apellido -como el coronel Aureliano Buendía-, tienen los protagonistas de La galería…, empezando por el patriarca de la saga, «mi bisabuelo, don Ildefonso San Martín… […] hombre serio, emprendedor, justo y nervioso», quien, para reforzar la importancia del azar en la magia sin salirse de la realidad, se nos muestra, ya de entrada, ganando su territorio fundacional en una simple partida de cartas.
En La galería… hay ciertos nexos, también, con La casa de los espíritus, de Isabel Allende, o con Como agua para chocolate de Laura Esquivel, o, a través de la polifonía coral de los personajes, con cierto «realismo onírico», o lo asertivo del llamado «realismo de la conciencia». Así pues, a través de sus dos narraciones, Andrea Cabrera diluye las fronteras entre lo local y lo universal, en un viaje que va de lo rural a lo urbano. Formalmente, hay algo que hilvana las dos tramas, y es la recurrencia del envío de cartas entre los personajes. Un subgénero epistolar, pues, a tener oblicuamente en cuenta.
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