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Análisis

Disección del baifo de Quevedo

El último trabajo del cantante está plagado de sugerencias sobre el estado de ‘embaifamiento’ en que vive el isleño bajo un sistema incapaz de articular un bienestar equitativo

Espectáculo de drones en Las Canteras para anunciar el nuevo disco de Quevedo, 'El Baifo'

La Provincia

Javier Durán

Javier Durán

Quevedo es hijo de la generación a la que se le fue el baifo. Igual que Santiago Zavala o Zavalita y el zambo Santiago arrancan su análisis (de cuatro horas) en Conversación en la Catedral bajo el interrogante vargallosiano “¿en qué momento se había jodido el Perú?”, al cantante le corresponde el derecho a sugerir: ¿en qué momento se nos fue el baifo a los canarios? Ese cabrito nada cabrón que siluetean los drones en el cielo de Las Canteras, anagrama de su último trabajo con retranca maura, es (o era) la carne de lujo en la mesa de los isleños humildes, sensatos y sudorosos del arado y la azada. La cordura, por tanto, en la estrechez. El impacto musical rescata al animal de los balidos y nos lo pone delante de los ojos como un sismógrafo para saber dónde ha ido a parar esa cría de mamífero, que por la polisemia deviene en desnortado. O en algo peor: pérdida de enfoque.

Los canarios, no cualquier insular, vivimos embaifados (revisión de aplatanados) . Engrandecemos gestas y más gestas (carreteras, puentes y todo un abanico de bombas fétidas), y al mismo tiempo que abusamos de ellas frenéticamente pensamos en los más recóndito que se nos ha ido el baifo con el cuidado del territorio. Pero digerimos el bolo untado con el ecologismo de la resignación. Si Quevedo conecta (y el tono da igual, asumamos el autotune) es debido a que hay miles y miles que encierran en sus cabezas balidos que tienen que ver con su precaria autoestima. Al sistema isleño (oligarquías varias, clase política y aventureros) se le fue el baifo y no ha sido capaz de articular un modelo de bienestar equitativo. Es un dato contrastado.

Ya lo dije en una ocasión que reventó las costuras del aforo. Quevedo es un cantante sociológico, un chinchorro que arrastra y pone en plena ebullición la caldera de la diferencia sociocultural canaria frente al resto del Estado. Ahí también hemos perdido el baifo: el tejido se encuentra cada vez más a expensas del erario público, con la consiguiente ablación de todo lo que se salga del raíl del método. No sabemos hasta dónde será capaz de llegar su creatividad, ni si acabará siendo arrollado por la presión ambiental. Por lo pronto, puede ser el Bad Bunny de los canarios, un poderoso excitante para entrar como un tsunami en una identidad en transformación, absorbiendo y expulsando. “Yo no me quiero ir jamás/ De la tierra donde nació mamá. Y aunque viaje lejos yo vuelvo pa' allá/ Siempre va a ser dónde quiero estar”, dice la letra que protege el ombligo umbilical. Esto va de relato y no de nacionalismo chupasangres.

Hace cincuenta años ahora que se firmó el Manifiesto de El Hierro por Tony Gallardo, Aurelio Ayala y Martín Chirino, entre otros. De la isla del meridiano, un año después de la muerte de Franco, salió el primer pronunciamiento sobre la distinción de las Islas Canarias y su derecho “a autonomía, democratización cultural, libertad de creación y protagonismo popular”. No deja de ser sorprendente que pasado medio siglo este fenómeno de masas, Quevedo, arrastre con letras en las que se entrecruzan los brotes verdes de aquella generación con las tupidas ramificaciones de esta sociedad urbana. La raíz no se ha disecado. La pintadera ensalzada por los rubricantes vuelve con el cantante en la hora de una IA que nos embaifa y en una Canarias que no acierta a apagar el descontento (y desconcierto) por su modelo de crecimiento. ¿Querrán cambiarlo? O mejor escapa como puedas: “Yo no vuelvo a trabajar, que Diosito me bendiga”, afirma ese baifo feliz que retrata la letra y que va del plato de carne cochino en Guayadeque a la ola, siempre en cholas.

Me preocupa ese embaifamiento hedonista. El mundo está embaifado, pues seamos baifos tirados al Sol. “Me puse las Jordan, las cadena, los pendientes/ Y salgo pa' la calle, de mis islas, con mi gente/ Aquí yo soy leyenda aunque yo siga en mi 20”. De inmediato, un economista estructurado de la ULPGC o de la ULL, depende de la beca que tenga, diría en un informe sin copia y pega que tan botado no se agarra ni un duro de los fondos europeos Next Generation. Y el aludido contesta: “Me meto mar adentro y agradezco ser de aquí/ Si no que sería de mí/ Siendo de otra ciudad/ O quizás de otro país/ Que aburrido en verdad que poca gracia/ Échale mojo papi y dale las gracias a Dios”.

Dice Quevedo en unas declaraciones “He resuelto dudas sobre quién soy y de dónde vengo”. Buena prescripción para un canario. Su baifo, como dije al principio, es la cría mimada y amamantada para el disfrute de unos comensales que lo adoban con paciencia y que se comen su poca carne (aunque muy sabrosa) con el conocimiento de que tras el paréntesis gastronómico todo volverá a ser como antes, sin más. Hallazgo indiscutible procurar e impulsar desde un escenario la consideración de que siendo baifo, asumiendo de que se nos ha ido el baifo, es importante tener la brújula del origen en activo.

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