Crítica
Fuego de nadie
Verónica García se adentra en la búsqueda de nuevas expresiones poéticas, arriesgando su buen hacer al exponer la dependencia de la mujer maltratada

Fuego de Nadie, de Verónica García / La Provincia
He aquí un libro de contundente poesía que tiene la ventaja de venir acompañado por un magnífico prólogo del poeta José Miguel Junco Ezquerra. Prólogo que merece lectura atenta y reposada pues ayuda a entender mejor la poesía de Verónica García. Poeta ésta a la que sus libros se le puede aplicar sin error lo que Aurora Sánchez Albornoz decía de Juan Ramón Jiménez: Cada nuevo libro significa no un libro más, sino una nueva búsqueda; una vía no explorada antes y que, con plena conciencia, se dispone a descubrir. Desde La mujer del Cubo Verde, en 1986 hasta este Fuego de Nadie de 2016 ha publicado: De amor y locura, 2004; Lapso, 2006; La fiesta innombrable, 2009. Y en todos ellos se nota esa determinación de la autora de ir más allá de lo que el propio lenguaje acostumbra, rompiendo moldes y, en este caso, traspasando lo políticamente correcto, buscando así mayor eficacia poética. Y es que este Fuego de Nadie, reeditado en 2020, y última obra que hemos leído de Verónica García, cae en lo políticamente incorrecto desde el anuncio del objetivo del libro hecho por la propia autora: Los poemas están escritos en primera persona y se basan en la vivencia del maltrato psíquico y físico al que por desgracia se someten muchas mujeres. (…) Si resulta tan complicado abandonar al que nos daña es porque, en la mayoría de los casos, hemos aprendido que amor es daño.
Verónica García se adentra en esa búsqueda de nuevos temas y expresiones, arriesgando su buen hacer poético al malentendido. En realidad no condena al agresor de manera explícita, porque lo que verdaderamente le interesa, y a nosotros con ella, es el mecanismo psíquico e ideológico por el que una mujer admite la sumisión y el maltrato, más allá del juego sadomasoquista. Cierto es que el ser humano no puede estar solo. El ser humano es humano en tanto es ser social, lo explica bien Luckas en su Ontología del ser social y lo reafirma, entre otros, el profesor Aguirre de Oraa cuando escribe: el Otro aparece como condición de posibilidad de la constitución del Yo. Es decir, sin el “otro” no sabemos quién somos. Y el “otro” perfecto es siempre el que es objeto de amor. Nos maltrate o no. Sin él no podría constituirse ese Yo que nos permite diferenciarnos en el mundo, sin alejarnos de él. De ahí la empatía social, la solidaridad, la forma que tenemos de protegernos mutuamente frente a la adversidad. En el caso de Fuego de nadie el otro, el amado, se convierte en figura dominadora, trastocando las mismas bases de la relación amorosa. Si en la poesía de Garcilaso de la Vega la figura de la mujer es la de un ser cruel que despecha al enamorado (Cuando me paro a contemplar mi estado…) y se mantiene firme ante las quejas del pretendiente; en esta obra de Verónica García se invierte la situación. Es ella, la mujer protagonista, la que se queja del maltrato psicológico y físico al que la somete su pareja.
El giro poético es importante, va más allá del que hizo sor Juana Inés de la Cruz cuando escribía: Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que acusáis. La mexicana se niega a entrar en el juego que erige a la mujer en culpable de los amores desdeñados; Verónica García asume la culpabilidad como mujer dominada, sumisa y obediente ante el maltratador. Lo que en sor Juana es rebeldía, en la canaria es completa y absoluta sumisión. Y todo el poemario se va a mover en una dialéctica, por decirlo así, entre la asunción y el rechazo a la dominación. Ello dota a los versos de García de potencia poética pues se ve en la necesidad de forzar el lenguaje para expresar lo que su razón rechaza pero que los sentimientos imponen: Estoy sentada en tu noche/ y aquí no amanece. / Eres el fósil del daño, / la máscara de alquitrán / que llevan los presos / la sangre que piso / cuando no me llamas. La protagonista reconoce que el amado es oscuridad, negación de la luz del amanecer, fósil del daño y sin embargo reclama la llamada del maltratador. Depende de él. Son versos duros, sí, pero necesarios para entender el mecanismo por el que una mujer se supedita completamente, aunque parte de su razón siga intentando liberarse. Razón obnubilada que la lleva a escribir: La llaman droga del amor porque/ potencia la unión entre amantes, / también la producen las hembras / durante la lactancia. (…) /Un par de gotas bastan para enturbiar / mi aura y tú lo sabes. Decía Alfonso Reyes que todo lenguaje lleva implícita una interpretación del mundo. Citaba la diferencia entre decir a Orestes el matador de su madre o el vengador de su padre. Este matiz hay que tenerlo presente cuando nos enfrentamos a los versos de Verónica García y leemos: Sin disfraz eres la traición del trueno / tu boca es de hiena/ tu nariz de rata. Dar características animales al otro es una forma de rechazo, de distanciamiento, que la protagonista necesita para escapar del círculo del maltrato.
Insistía Pedro Salinas en la contradicción aterradora en la que se mueve el poeta, individuo sólo, aislado en el acto de creación, ser pasajero, frente a la inmensa multitud. Multitud sin la cual el propio acto de creación no tiene sentido. La poesía es realizada siempre como acto de comunicación, la misma Dickynson quería publicar y ser leída. Sin lectores u oyentes no hay poesía, no hay ese acto de comunicación. García tiene el valor de enfrentarse a la multitud, a la inmensa minoría de lectores de poesía, desde su personal individualidad que le permite construir el relato de una relación tóxica. Decimos relato conscientemente, pues este libro no es una recopilación de poemas escritos a lo largo del tiempo, como tantos otros. Tiene unicidad, la que le da su intención de relato, si bien es cierto que se escapa a las normas no solo por no estar escrito en prosa, lo que no deja de ser contingente, sino por eliminar el planteamiento y el desenlace clásicos. Su obra es tan solo nudo, nudo fuerte que asemeja al gordiano por la manera en la que ata a la autora y por la manera que nos ata a sus páginas, incapacitando que las abandonemos.
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