Análisis
Islandia
Y como toda buena novela tiene diferentes capas de lectura que como una cebolla se despliegan poco a poco ante nosotros

Manuel Vilas. | / JOSÉ CARLOS GUERRA
Esta es una hermosa novela que habla del desamor. Va más allá de la nostalgia, esa de la que Boualem Sansal dice que es un enorme yacimiento de lo que se ha sido, en lo que nos hemos convertido, cómo y porqué nos hemos alejado, ya sea del país, la villa natal, la infancia o la juventud, los amigos, la familia… Un hombre escribe, con cuidado, casi me atrevo a decir delicadamente, como le afecta el que su mujer, Ada, le llame y le diga: “es que ya no estoy enamorada de ti, y tenía que decírtelo, ya no podemos ser pareja, a partir de este momento, no quiero vivir un mundo de engaños y mentiras como me pasó con mi primer marido. La frase es demoledora, el protagonista la recibe por wasap y se siente como Camus cuando le escribía a María Casares (está en la primera página de esta novela) «no me dejes, no imagino nada peor que perderte».
Hay por un lado ese mensaje contundente, sí, pero también terriblemente honesto, sincero. Como no te quiero no puedo vivir contigo, no puedo vivir en la mentira. Más adelante Ada ampliará su mensaje: «y tú tampoco estás enamorado de mí, y lo sabes, lo que pasa es que te has hecho a la comodidad de vivir en pareja…» Reparte la culpa, un reparto desigual, eres tú el primero que se desenamoró. La primera honestidad de Ada se difumina con esa frase. Achaca al protagonista que diera el primer paso en el desamor. La forma deshonesta por la que lo supo (leyendo a escondidas los diarios del esposo) ya advierte de lo que vendrá después, un viaje, un regreso a lo oscuro (Back to Black es la canción leitmotiv del libro), del abandonado, el desenamorado. Un viaje en el que se mezcla la nostalgia de la pareja que fueron, del amor que vivieron, el yacimiento sobre él se construye esta magnífica novela de Vilas.
Y como toda buena novela tiene diferentes capas de lectura que como una cebolla se despliegan poco a poco ante nosotros. Primero están los recuerdos del protagonista, esa nostalgia constantemente invocada, infancia, juventud, primer matrimonio… quién se era antes de conocer a Ada. El reino de la oscuridad en el que se estaba hasta que la amada aparece, Back to Black. Y desde ese reino la nostalgia, los recuerdos de lo que fue y ya no es. Un recuerdo del amor que ya no es y sin embargo seguirá alimentándose a lo largo de la vida del protagonista. Ese recuerdo no será exactamente real. Se habrá cribado el recuerdo, solo algunas cosas serán recordadas por la voz del protagonista, y muchas de ellas no lo serán y otras no serán como son recordadas. Las trampas de la memoria son esas precisamente. Y por ellas nos señalan nuestro propio extrañamiento, nuestra condición escindida entre quién fuimos, somos y quisimos y creemos ser. Memoria y nostalgia son muy parecidas pero distintas en su raíz. La primera la define la Academia como la facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado; la segunda como una tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida o como la pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos. Esta última sería lo que en Canarias decimos magua. Vilas se centra en la primera definición de nostalgia: tristeza o melancolía originada por el recuerdo de una dicha perdida.

Portada del libro Islandia de Manuel Vilas / La Provincia
El autor al que más se le reconoce dominio sobre memoria y nostalgia es Marcel Proust; tendido en su cama, aislado en su habitación forrada de corcho va a recordar los deslumbrantes bailes de sociedad, los tés y las conversaciones inocuas, pretendidamente espirituales de la alta burguesía francesa y se burlará de esa sociedad, armado de profunda ironía, la misma ironía que Ramón del Castillo en su Filósofos de paseo encuentra en Adorno y su nostalgia del paisaje de su infancia. Pero Proust también escribirá que los verdaderos paraísos son los que hemos perdido. En el ocaso de la existencia vacilan las certezas y asoman los arrepentimientos y la nostalgia. Vilas se distingue de Proust y Adorno por la práctica ausencia de ironía en sus recuerdos. El protagonista puede compadecerse de sí mismo, censurar un acto aquí o allá, pero procura no juzgar, no acusar. Prefiere exponer el rio de sus pensamientos como si de un Garcilaso se tratara («Cuando me paro a contemplar mi estado/ y a ver los pasos por do me ha traído…»). En el fondo, recordar es una decisión ética, nos señalaron hace poco los familiares de las víctimas de Atocha.
En la primera parte del libro, una larga meditación y confesión sobre el amor vivido con Ada, a veces rozando, sin llegar, el acta de acusación, este hombre es definido como el hombre enamorado y confesará que ha engañado a su gran amor, Ada, varias y repetidas veces, sin saber exactamente porqué. Quizás para sentirse joven o deseado o con poder o con libertad. Para él no tienen ninguna importancia, Ada sigue siendo su gran amor, la mujer de la que está enamorado, las otras son aventuras sin importancia. Podría parecernos un acto de hipocresía, pero para él no lo es. Está completamente convencido de la inocuidad de esas relaciones esporádicas, de la fortaleza o profundidad de sus sentimientos hacia su esposa. Estas infidelidades no son utilizadas por Ada en su despedida. Solo dice ese «ya no estoy enamorada de ti y la imposibilidad de vivir en pareja que eso entraña». Frase terrible, dicha con calma pero que desencadena un infierno para el que la escucha.
Es un sexagenario, ha sido feliz con Ada y no acepta, no quiere aceptar el rechazo. Intenta revertir la situación en un crucero a Islandia, mantiene ciertas esperanzas que no tardan en desaparecer: - ¿por qué no hacemos el amor como despedida? –preguntó. (…) –Porque ya no somos pareja, porque ya no me atraes sexualmente y yo a ti tampoco- dijo Ada con vehemencia inclemente. Asistimos al fin de un amor, a la pérdida de una mitad del protagonista. Se nos presenta una Ada fría, que no cuadra con la que el hombre enamorado recuerda y a la que dedica unas últimas líneas: Aquí termina este lamento, el largo lamento de un hombre enamorado, saldré adelante, como pueda. He tenido como esposa a la mejor mujer del mundo y eso sí fue un regalo de Dios. Si en algún momento de estas páginas la vi de otra forma fue por dolor (…) y no aceptaba ni acepto perderla, porque al perderla morimos todos.
Para saber cómo y en qué termina esa pérdida deberán leer esta novela, vale la pena. Es una vindicación de la libertad de amar y desamar, encierra el espíritu que Alain Badiou reclamaba contra el fantasma de esa libertad que nos doblega y nos hace depender de objetos insignificantes y deseos minúsculos; la mercantilización del amor y el deseo, su sublimación en las mercancías. Mientras, en esa ética del recuerdo, nos acordamos de la injusticia cometida con Pablo Hasél, los seis de Zaragoza, las trabajadoras de La Suiza.
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