Arte
Alberto Manrique, el genio oculto
El pasado 15 de mayo fue el centenario del nacimiento del pintor grancanario Alberto Manrique cuya obra, que ha alcanzado el unánime reconocimiento internacional, no ha logrado la misma repercusión en su tierra. Su etapa de realismo fantástico provoca un impacto parecido al de surrealistas como Dalí o Magritte

El pintor Alberto Manrique de Lara. / La Provincia
El pintor Alberto Manrique ha sido, sin duda, uno de los mayores genios que ha dado el arte en Canarias. Sin embargo, su figura no ha alcanzado entre el gran público la misma notoriedad que otros nombres fundamentales del arte canario, como Martín Chirino o Manolo Millares. Quizá ello se deba a que Manrique consagró toda su energía a la creación artística, vastísima y extraordinariamente prolífica en su caso, relegando siempre a un segundo plano cualquier forma de promoción y difusión personal.
Paradójicamente, el artista grancanario sí ha gozado de un enorme reconocimiento fuera de nuestras islas, llegando a situarse entre los acuarelistas más prestigiosos del panorama internacional y a la altura de los grandes de la pintura contemporánea diría yo, por lo que, en su caso, se cumple de una forma especialmente dramática el dicho aquel de que nadie es profeta en su tierra. Resulta difícil comprender que un artista de semejante dimensión creativa no haya recibido todavía la presencia y el reconocimiento institucional y divulgativo que merece.
Basta señalar, como ejemplo, que su biografía ni siquiera figura en la Biblioteca de Artistas Canarios, una ausencia difícil de justificar tratándose de una de las personalidades más relevantes de la pintura canaria del siglo XX.
El pasado 15 de mayo se cumplió el centenario de su nacimiento, por lo que es una buena ocasión para reivindicar su obra que incluye, tras una primera etapa de paisajismo canario, otra denominada realismo fantástico totalmente original e impactante.

Alberto Manrique, en su estudio. / La Provincia
Y sí, digo impactante, porque sus cuadros rebosan una imaginación y originalidad perturbadora, repleta de claves ocultas a descifrar por el espectador, que no tiene nada que envidiar a grandes figuras reconocidas a nivel mundial del surrealismo como Salvador Dalí o René Magritte.
Un estilo, además, preciosista e hipnótico, que atrapa al espectador al modo de un trance o ensoñación, ya que cada una de sus pinturas son como un jeroglífico interminable que dan rienda suelta a la imaginación. Y esto se explica porque la vida del pintor grancanario se desarrolló con un interés incombustible por devorar todas las manifestaciones culturales posibles ya que, además de pintor, era un consumado experto en música, literatura o cine, influido muchas veces por su mujer, la violinista María Dolores (Yeya) Millares Sall.
Algunos de sus cuadros reflejan la iconografía canaria y otros contienen denuncias morales
Pero nadie mejor para recordar al artista que su nieta, Dácil Manrique, artista multidisciplinar y autora del documental El Último Arquero (2020), una obra centrada en la figura y el legado artístico de su abuelo.
El filme, estrenado en festivales internacionales, toma su nombre de que Alberto Manrique fue el último representante vivo del grupo artístico LADAC (Los Arqueros del Arte Contemporáneo), fundado en 1951, junto a Felo Monzón, Juan Ismael y Manolo Millares, hasta su fallecimiento en marzo de 2018.
«Mi abuelo tenía dos vertientes artísticas en la acuarela», señala Dácil Manrique. «Una era el realismo fantástico, que lo consagra, y otra el paisajismo canario, que era más comercial». Esta segunda faceta era constantemente reclamada por la burguesía canaria y por eso mismo existe una importante cantidad de obras suyas de este tipo distribuidas por todas las Islas. «Pero, la parte más interesante para mí, fue sin duda aquella obra más desconocida por el público. Utilizaba la acuarela en grandes formatos y construía un universo imaginativo en el que los objetos parecían desafiar el peso y escapar del espacio. Algunas obras estaban vinculadas a una iconografía canaria; otras contenían denuncias morales, personales o políticas, mientras que muchas reflejaban también sus grandes pasiones, como el ajedrez, o incluso su particular sentido del humor», añade su nieta.

El grupo de la revista ‘Planas de Poesía’, fundada por Agustín y José María Millares Sall y antecedente de LADAC, en 1949. / La Provincia
«De hecho, con mi abuela, Yeya Millares -hermana de Manolo Millares, violinista de la Orquesta Filarmónica y esposa de Alberto- jugaba una partida de ajedrez cada día después de comer». En muchas de sus obras también están representados esos objetos de la vida cotidiana. «Tenía un estudio enorme muy particular donde podías encontrar miles de objetos curiosos, desde una calavera hasta un portavelas, pasando por una muñeca antigua», asegura. Cosas que estaban en el entorno de su vida y que fue trasladando a sus pinturas. «Mi abuelo era una persona inteligentísima con un nivel técnico de primera línea, pero en un momento en el que ser artista era difícil. Estudió varias carreras. Hizo ciencias exactas, fue aparejador técnico en edificios muy importantes, trabajó como decorador, pero cuando cumplió 40 años y ya tenía ocho hijos decidió pasarse a la pintura. Lo dialogó con mi abuela y a ella le pareció bien porque pensaba que con el don que tenía para dibujar era un pecado no dedicarse a eso. Y entonces mi abuelo empezó a pintar de lleno» asegura.
En ese momento Los arqueros del arte contemporáneo -Manolo Millares, Felo Monzón, Juan Ismael y el propio Alberto Manrique- empezaron a realizar exposiciones en el marco del Museo Canario. «Todo el arte de vanguardia que estaban desarrollando era muy difícil de exponer y no había salas de ese tipo», reflexiona. «Y con la represión franquista tampoco era posible destapar este tipo de arte para enseñarlo al público, pero el Museo Canaria era el lugar idóneo. Y a partir de ahí se pudieron hacer varias exposiciones en ese marco artístico menos convencional».
Optó por la acuarela de forma preventiva porque así trabajaba con materiales más saludables
Curiosamente, su decisión de elegir la acuarela fue por una cuestión más bien preventiva. «El espacio en la casa durante una época era reducido con ocho hijos y mi abuelo pintaba en la habitación donde dormía con mi abuela, pero esos olores a resina, óleo, aguarrás, no eran muy saludables, y por eso cambió a la acuarela de la que se enamoró profundamente, y eso que es una de las técnicas más difíciles para un artista porque no hay cabida para el retoque, para volver a repintar encima y mejorar la obra. Nunca hay vuelta atrás», subraya. Otro aspecto importante en su obra es la alteración de la perspectiva «a lo que contribuyó su formación como arquitecto técnico». Resulta difícil establecer comparaciones, pero en su pintura «hay algo de Escher en esos mundos imposibles de escaleras que no van a ningún lugar pero se enraizan con una especie de puzzle mental donde de repente tienes un mundo imaginario de unas dimensiones brutales» o del propio Chagall «en las figuras y los colores».

El cuadro ‘Augurio’ en acuarela, uno de los más representativos de realismo fantástico. / La Provincia
Entre finales de los 70 y 80 el artista utilizaba «una colometría concreta», pero a partir de los 90 se decantó por colores vivos «ya que en los últimos años tuvo un glaucoma». Sin embargo, Dácil Manrique quiere recordar que su abuelo «era un gran lector, con una memoria espectacular, llegó a juntar una de las mejores bibliotecas de la isla, y todos los libros se los había leído y creo que además de su inmensa imaginación, ese mundo interior de la lectura le ayudó a construir su obra». Pero, sobre todo, «tenía una enorme humanidad, un sentido del humor brillante, una curiosidad inagotable y una cultura vastísima que marcaron profundamente a quienes lo rodeaban».
En la familia Millares la cultura ocupaba un lugar esencial, «y mi abuela Yeya encontró en él no solo a un gran artista, sino también a una persona excepcional, sensible y luminosa, con la que compartió toda una vida. Ese amor, esa admiración y esa huella siguen vivos hoy, igual que permanece viva su obra y el recuerdo imborrable de quien fue Alberto Manrique».
Pintura, carteles, obra gráfica, portadas, murales y animación
Alberto Manrique de Lara y Díaz nace en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1926. En Madrid cursó estudios de Ciencias Exactas y Arquitectura, desarrollando posteriormente una intensa actividad profesional como arquitecto técnico, diseñador de interiores, decorador, constructor y docente en distintas disciplinas técnicas. Desde muy joven manifestó una profunda vocación artística que marcaría toda su vida.
Autodidacta en su formación pictórica, alternó durante décadas su profesión con el dibujo, el óleo y la acuarela, impulsado por una constante necesidad de investigación y expresión plástica. Su espíritu inquieto y creativo lo vinculó a los movimientos culturales más renovadores de su ciudad natal, donde residió prácticamente toda su vida.
En 1975 decidió abandonar definitivamente su actividad como arquitecto técnico para dedicarse por completo al arte, iniciando así la etapa más fecunda y brillante de su trayectoria. A partir de entonces desarrolló una prolífica vida como pintor, entregado a una incesante exploración de técnicas y lenguajes artísticos.
Aunque la acuarela se convirtió en uno de sus medios más personales y reconocidos -hasta situarlo entre los grandes maestros internacionales de esta disciplina-, su obra abarcó también el óleo, el dibujo, el grabado, la litografía, la serigrafía, la vidriera artística y otras múltiples formas de creación visual.
Su capacidad creadora y su permanente afán de perfeccionamiento dieron lugar a una obra extensa, diversa y profundamente personal, caracterizada por la sensibilidad, la fuerza expresiva y el dominio técnico que más tarde se consolidó como realismo fantástico.
Realizó además carteles, portadas de libros, murales, obra gráfica, cortos de animación y proyectos decorativos para hoteles y espacios públicos.
Su prestigio internacional lo ha situado entre los mejores acuarelistas del mundo, siendo reconocido por la organización Watercolour International de Londres como una de las figuras más destacadas de la acuarela contemporánea.
Su obra forma parte de colecciones particulares, museos e instituciones públicas y privadas, tanto dentro como fuera de España.