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El mecano de la canariedad

Retorno con el Museo Canario y la Fundación Chirino a los años en que el escultor y Manolo Millares exploraban la cultura aborigen para conformar un lenguaje artístico

Uno de los ‘Vientos’ de Martín Chirino en el Museo Canario.

Uno de los ‘Vientos’ de Martín Chirino en el Museo Canario. / Ángel Medina G. / EFE

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Javier Durán

Javier Durán

El punto de vista tenderetero (no llega ni a folclórico) con el manejo populista de los fondos públicos, ya sea para la papa arrugada como para imposición de condecoraciones y distinciones, ha fagocitado sin piedad el Día de Canarias. Al mismo tiempo que se ha extendido esta corriente pachanguera, menos se sabe del origen, identidad, mestizaje, habla o hábitat de las Islas y los canarios prehispánicos. La política de turno, sin límite alguno, a la ancho y largo de la geografía autonómica, ha renunciado a la profundidad en favor de esa jarana que amenaza con convertir en amnésicas a varias generaciones.

Fuera de ese lodo aplastante, la Fundación Chirino y el Museo Canario desarrollan una experiencia que, casualmente, ha coincidido con la conmemoración de los fastos y fastuillos que conmemoran aquella primera sesión del Parlamento de Canarias. Las dos instituciones museísticas, creadas con una diferencia de más de un siglo, se sumergen el túnel del tiempo y nos llevan a excavar en las visitas de Chirino y Millares a la sede de la calle Doctor Chil en los años cincuenta.

Inspiraciones y Reencuentro, denominación del proyecto, envía dos Vientos del escultor y un cuadro del pintor (técnica mixta sobre arpillera) a Vegueta. La sociedad científica, por su parte, expone en una de las salas del Castillo de la Luz diez pintaderas de su fondo arqueológico. Un intercambio que ensambla esas piezas dispersas del mecano de la canariedad: el impacto que provoca en dos jóvenes creadores la visión de los restos humanos y utensilios de los antiguos canarios.

¿Cómo hubiese sido la obra de Chirino y Millares sin estas visitas? No lo sabemos. Lo que está claro es que resultaron determinantes para acotar sus estéticas, pero también para establecer un pensamiento, fijar una búsqueda artística desde el espacio del nacimiento y reconocer una potencia distintiva vinculada a la insularidad y a una cultura violentada por una conquista. El momento mágico, si se le puede llamar así, radica en la clarividencia de que allí, bajo un silencio sepulcral, entre lo mortuorio y los objetos de la supervivencia, se encontraba la influencia (o inspiración) que acabaría proyectándolos como artistas de referencia.

A través de este sencillo trueque, el Museo Canario y la Fundación Chirino consiguen transmitir una preocupación clave del discurso cultural del siglo XX en el Archipiélago, principalmente alrededor de los promotores de Gaceta de Arte. Un extenso debate, asimismo, sobre cómo armonizar la pertenencia insular sin renunciar a lo que miembros del colectivo de preguerra etiquetaron como cosmopolitismo. Una inquietud vigente, por otra parte, si atendemos al permanente forcejeo del creador isleño por situar su trabajo en un contexto internacional, pese a los cambios que se han dado en el espectro de la conectividad. La necesidad del objetivo de llegar, de cruzar el Atlántico, sigue ahí.

Hay otra aspecto imposible de soslayar en cuanto a Inspiraciones y Reencuentro. La conexión de esta muestra con los años cincuenta nos traslada a la precariedad cultural, a los años donde el Museo Canario se convierte en el mejor aliviadero de la posguerra. En una labor que no ha sido suficientemente valorada, la institución asumió dentro de sus posibilidades el rol de sala de arte. Siempre desde una escasez que nada tiene que ver con los presupuestos culturales que se manejan en la actualidad.

En la intrahistoria más absoluta del arte, allí se celebraron varias exposiciones del grupo Ladac que provocaron, en paralelo, los consiguientes debates con defensores y detractores. La controversia periodística fue mas aguda con la exposición Cuatro artistas españoles, una colectiva que estaba integrada por Manolo Millares, Martín Chirino, Elvireta Escobio y el polaco Freddy Szmull. La ruptura frente a lo establecido como arte, los atisbos no figurativos, el informalismo latente, la reinterpretación de la identidad canaria o la mirada a África provocan un importante revuelo. Hay artículos a favor y en contra en la prensa diaria. Para los artistas supuso un antes y un después.

En ese complejo ensamblaje de la canariedad, Cuatro artistas españoles constituye una inflexión en toda regla para el grupo. Millares, Chirino y Escobio, a los que se unen Manuel Padorno y Alejandro Reino, deciden marcharse de Canarias y empezar una nueva vida en Madrid. Abandonan la isla ante la falta de perspectiva y afectados por la acogida que ha tenido la exposición del Museo Canario. Este viaje en el barco Alcántara conforma uno de los hitos de la canariedad: el peso de la diáspora. Unas veces desde la migración para encontrar un trabajo con que acallar el hambre. Y otras, también desde ese empeño, aunque con la variante de encontrar una recepción a la creatividad. La Fundación Chirino y el Museo Canario, sin la niebla de los fastos y fastuillos, han logrado con Inspiraciones y Reencuentros que emerjan las chispas de la realización autonómica.

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