ENTREVISTA
Biel Mesquida, escritor: "Cada día ha de ser una resurrección"
El 8 de junio recogerá en el Palau de la Música de Barcelona el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes que le reconoce como rapsoda nacional, motor de cultura y defensor de la excelencia

El escritor Biel Mesquida, Premi d’Honor de les Lletres Catalanes. / Manu Mitru

Biel Mesquida Amengual suele definirse como lengua catalana en estado sólido. Mallorquín nacido en Castellón de la Plana en 1947, hijo de maestros, ejercita a diario sus múltiples pasiones de biólogo, escritor, crítico, profesor y articulista exultante. Este hombre de palabras, poeta de acción, recogerá el 8 de junio en el Palau de la Música de Barcelona el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes que le reconoce como rapsoda nacional, motor de cultura y defensor de la excelencia.
Su laureada carrera de medio siglo que incluye una treintena de títulos de todas las formas, pues abomina de los géneros, está presidida por la búsqueda de la belleza y la innovación. Alejado de lo convencional, el espíritu infatigable de Biel Mesquida ha enamorado a generaciones de lectores desde su inicial 'L’adolescent de sal', censurado por el franquismo. Si hay algo mejor que leerle es escucharle lanzar versos vitaminados, rabiosos y libres, con palabras exquisitas que regala como quien sopla un diente de león.
Faro vigoroso en tiempos de oscurantismo, afirma que su matria/patria es la lengua catalana y su lema vital "batallar, batallar, batallar, en todas las trincheras". En su último libro, el poemario/manifiesto 'Trast', describe Mallorca como un hotel en ruinas y transita entre las fosas donde quisieron enterrar los ideales de fraternidad y bien común. Pero habrá un renacimiento, augura Mesquida, si decidimos elegir la ternura.
Decía el otro día Empar Moliner en el 'Diario de Mallorca' que si Biel Mesquida no escribiera en catalán ya tendría el Nobel de Literatura. El Premi d’Honor de les Lletres Catalanes le sitúa en lo más alto del parnaso de su país. ¿Siente que ha cruzado la meta?
Este premio no es ni una meta, ni una museificación, ni una capillita donde meterme. Lo otorga un jurado a autores con una obra esencial y una trayectoria de lucha por la lengua y la cultura catalanas. Nadie se presenta, te cae de repente como si fuese un maná, un milagro. Experimenté un gran impacto emocional, lloré y reí de felicidad porque me sentí muy querido. Yo escribo para ser amado. A veces pienso, ¿y si no me quisiera nadie? , ¿no escribiría? La verdad es que ansío el retorno de los lectores.
¿Por eso siempre ha tenido presencia en prensa?
Desde el principio quise escribir en diarios que me diesen la libertad de hacer un periodismo que fuese literatura, como un laboratorio, al estilo americano de Tom Wolfe o Truman Capote, que usaban los elementos de la entrevista o el reportaje para forjar grandes novelas. Buscaba además disciplina, porque soy desordenado y perezoso, y me gusta más leer que escribir. Con los artículos disponía de esa retroalimentación de los lectores. Pero no escribo para nadie, solo para mí mismo, y el lector es mi cómplice.
¿Es usted un escritor minoritario capaz de enamorar a las masas?
Hay una minoría que me ama que con el Premi se ha ensanchado un poco. Soy un lector profesional y un escritor amateur, un amante de las letras siempre aprendiendo. Un eterno debutante, cada libro es como un primer libro. Escribir es aprender, inventar, imaginar, entretener.
En palabras de Xavier Antich, presidente de Òmnium Cultural, usted es "un explorador de la lengua, un catalán apasionado, convulso, profundo y conectado con la vida y el momento histórico". ¿De dónde surge esa modernidad radical que lleva medio siglo ejerciendo?
Siempre he querido encontrar maestros que transformasen los pálpitos del tiempo presente en literatura. Uno fue Eugeni d’Ors, un catalanista muy mal visto por pasarse al franquismo, pero que hizo algo de una modernidad extraordinaria en sus escritos diarios, mostrando que la lengua catalana tenía una flexibilidad, una plástica y una variedad de matices que abría un sinfín de posibilidades. Su 'Glosari' fue mi Biblia, me impulsó para ir hacia los escritores franceses, norteamericanos, que dan forma literaria a la realidad. Siempre he tenido claro que soy un creador de formas. No creo en los géneros literarios, solo en la literatura que adopta formas básicas. Mis temas son los mismos que llevan siglos contándose, desde las epopeyas indias a 'La odisea', Shakespeare, Cervantes o Pla. Las mismas historias de amor, odio, traición o batallas se han transformado en los artefactos literarios que llamamos clásicos.
Vivimos un gran tsunami de ignorancia, en todos los sentidos. Problemas en la educación primaria, de comprensión lectora, desaparecen los diarios con el cambio al paradigma digital, casi no se lee ni se escribe
Apunta en su último libro, en cita de Borges, que se siente más orgulloso de lo que ha leído que de lo que ha escrito.
Borges es inacabable, un inmenso poeta. Pienso como él, que estoy hecho de lo que he leído. Mi obra está fabricada de los materiales que he recogido en tantas páginas de otros autores, pienso en la literatura como una cadena que atraviesa el tiempo. En 'Excelsior', que se reedita pronto, hago un experimento cogiendo 'La mort i la primavera', de Rodoreda, 'Desenllaç a Monlleó' de Villalonga y 'El quadern gris' de Pla, y trenzando estos tres libros que he devorado y me inspiran consigo algo distinto, literatura de fusión. Una de las etiquetas que me han puesto y no me desagrada es la de escritor experimental. No me gusta repetirme.
Se define como un soldado de la cultura de la paz, es un guerrero de la lengua y de la poesía. ¿Cómo conserva la alegría, el sentido del humor y su militancia apasionada en este tiempo de emergencia lingüística?
No debemos cejar en la lucha ni perder la esperanza. Si amamos la cultura, los saberes y a los humanos disponemos de un territorio de acción infinito. Cada día ha de ser una resurrección. Soy una persona normal, a veces los acontecimientos me hunden, pero me resisto. Tenemos que batallar, luchar y reírnos mucho. Yo me río a menudo de mí mismo. Como decía Borges, persigamos que en cada día de nuestra vida haya un hecho maravilloso, un milagro, una sensación que ilumine. Uno de mis libros se llama Els detalls del món. Hay que buscarlos.
Usted se sitúa en la vanguardia permanente en el uso y disfrute de la lengua, ¿tiene algún complejo el catalán? ¿Por qué deja de hablarse y de enseñarse?
Vivimos un gran tsunami de ignorancia, en todos los sentidos. Problemas en la educación primaria, de comprensión lectora, desaparecen los diarios con el cambio al paradigma digital, casi no se lee ni se escribe. Esta gran ola la sufre más la lengua. Antes incluso la gente más sencilla hablaba maravillosamente porque habían recibido el lenguaje oralmente de sus padres y abuelos. Ahora se ha perdido la autoestima. La lengua se ha de amar, cuidar, estudiar. Yo nunca he dejado de estudiar el catalán, que es inabarcable. Las lenguas deben enseñarse en todo el territorio, facilitar interconexiones y traducciones de unas a otras. El Instituto Cervantes no piensa en las otras lenguas, solo en el castellano. Con su potencia y recursos podría trabajar por todas ellas.
Creo que un escritor ha de ser una gran oreja que escucha, que capta la música de la vida
"Cada palabra es luciérnaga", verso suyo. ¿Por qué ha elegido 'Trast' como título del nuevo poemario?
Estoy muy contento de los títulos de mis libros, los considero un reclamo y los cuido mucho. En el léxico que empleo no busco las palabras bellas y desdeño las feas, sino que las mezclo. No tengo jerarquías, todas las palabras son mías y a todas las amo. Pero tengo una cierta debilidad por las que noto que desaparecen. Creo que un escritor ha de ser una gran oreja que escucha, que capta la música de la vida. Trast es un término explosivo, que salpica. Era una palabra corriente en Mallorca y se está perdiendo, y en el Principat y el País Valencià se desconoce. Me entusiasma porque es significativa, alberga la esencia del libro. Un escenario, esta isla como un hotel en ruinas, que acaba como un lugar desolado, un 'trast' [solar]. Sirve además como metáfora del planeta tierra, que con todo lo que le hacemos, guerras y destrucción, acabará como un espacio vacío, muerto, un 'trast'.
Hay mucha rabia en los ocho cantos de que consta el libro. "He escrito y escribo en guerra", apunta. ¿Es 'Trast' un manifiesto?
Sí, como todo lo que hago. Mi literatura no es amable, sino crítica. Intento discernir, buscar los espacios donde hay dolor y desastre. Si mis libros duran hasta el siglo XXII, los lectores verán cómo era la sociedad actual.
Un picudo rojo, un destructor de las palmeras, ilustra la portada. Mallorca es un hotel en ruinas donde habitan sus versos. ¿Debemos maldecir los días de codicia y vulgaridad que nos han tocado vivir?
No, luchar, luchar y luchar. Contra estas plagas de insectos y contra esta sociedad en que los hoteleros y los millonarios de todo el mundo que nos ocupan han transformado la isla en un resort donde los ricos viven como señores y los indígenas son los criados. Donde la cultura y la lengua catalanas son minorizadas por los gobiernos. Donde se maltrata a la inmigración. Una isla que pierde patrimonio cultural, arquitectónico y medioambiental, que destruye paisajes y permite construir sobre cuevas talayóticas. Debemos amar, sentir autoestima por la lengua, el territorio y entre nosotros, los ciudadanos. Nos falta ternura fraternal. Lo gritaban los revolucionarios franceses: libertad e igualdad, sí, pero también fraternidad. Debemos querer incluso a los desconocidos.
Todos los ismos (fascismo, nazismo, estalinismo) que en la historia han borrado a millones de personas, continúan aquí como un veneno que intoxica la sociedad
'Trast' contiene poemas que dan voz a las mujeres asesinadas en la Guerra Civil, sobre la represión franquista, su oscuridad, violencia y homofobia. Hay autobiografía y relata vidas represaliadas de víctimas recién encontradas en Mallorca. ¿Grita contra el revisionismo creciente y la desmemoria?
El libro es un canto a la memoria y las víctimas, semillas de esperanza. He querido devolver la dignidad a los muertos que han sido despojados de ella. Les han ninguneado, hecho desaparecer, como si no hubiesen existido. Eran los luchadores por la libertad, la educación, la justicia, la paz y por eso les mataron. Yo les digo que les escucho. Les muestro porque en este libro que tiene una escenografía apocalíptica, abrupta y triste, las víctimas representan la decencia humana. Su dignidad es uno de los motivos por los que debemos luchar, porque las fuerzas ultras y todos los ismos (fascismo, nazismo, estalinismo) que en la historia han borrado a millones de personas, continúan aquí como un veneno que intoxica la sociedad.
¿Se pueden escribir palabras bellas sobre el horror y lo malo? Usted afirma que "todos los renacimientos se construyen sobre las ruinas".
La escritura de 'Trast' duró medio año y fue un trabajo muy jazzístico. Hay unos temas, improvisaciones y unas músicas verbales sencillas que entran poco a poco en el lector, pero conforme avanza aumenta su complejidad. No he querido practicar reduccionismo ideológico, sino hacer un libro humanista, sintiendo la carne, el latido, el pensamiento. En las fosas está la simiente de un nuevo renacimiento. Creo que en este siglo XXI hay gente trabajando desde las catacumbas por ese renacimiento.
¿Qué diría su 'Adolescent de sal' si le viera hoy tan lleno de energía y reivindicativo?
Diría: "cojonudo, tío, no aflojes". Estoy muy contento con ese adolescente que todavía hoy enamora a los lectores jóvenes. Preparan nuevas ediciones de 'El bell país on els homes desitgen els homes' y de 'L’adolescent de sal', que sigue vivo medio siglo después.
Pero lo próximo es una novela, 'Carnatge', sobre la Guerra Civil.
Espero tenerla acabada en 2027, se me ha complicado el año con el Premi. Me hacen pronunciar discursos y yo no soy un hombre de discursos.
Denos, por favor, un puñado de palabras que sirvan de refugio.
Ternura fraternal, confianza en el prójimo, amor, alegría, humor. Que cada día sea un milagro y crezcamos todo el tiempo, poco a poco.

Trast
Biel Mesquida
La breu edicions
140 páginas
17 euros
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