Música
Raperos, sinfónicos y folclóricos pactan una tregua
El espectáculo ‘¡Que suene lo bueno!’ propone un encuentro enriquecedor entre tres apasionados de la música con criterios totalmente opuestos. El montaje sigue creciendo tras su estreno este 23 de mayo en el auditorio Alfredo Kraus

De izquierda a derecha: Darío Pérez Nuez, Gabriela Verdú, Ricardo Ducatenzeiler y Víctor Batista. / LP / DLP
Aunque actualmente los géneros musicales están cada vez más difusos y Rosalía se puede marcar sin problema una pieza sinfónica o Quevedo emprender una colaboración tradicional, lo cierto es que todavía existen algunas reticencias entre los distintos artistas a la hora de acercarse unos a otros.
Una manera de acabar con estos prejuicios de forma definitiva es a través del espectáculo músico-teatral ¡Que suene lo bueno! en el que raperos, sinfónicos y folclóricos pactan una tregua para entenderse y dialogar entre ellos a modo de montaje didáctico y con músicos de distintas generaciones. El espectáculo, que tuvo su prueba de fuego el pasado 23 de mayo en el auditorio Alfredo Kraus, sigue creciendo con ensayos dos veces por semana a la espera de nueva sorpresas con el que enriquecer la propuesta. «El encuentro intergeneracional es el núcleo del proyecto», asegura coordinador del proyecto Ricardo Ducatenzeiler. «Y transversalmente, cómo personas diferentes, con gustos distintos, pueden escucharse, entenderse y hasta hacer música juntos. Un mensaje de actualidad en este mundo tan crispado que vivimos».
Un padre y dos hijos con ideas distintas
El guión, firmado por Michel Montelongo y el propio Ricardo Ducatenzeiler, parte de un padre profundamente vinculado a las raíces musicales de su tierra, que tiene una hija formada en la música clásica y un hijo apasionado por el rap. Los tres confrontan sus ideas sobre qué significa que una música tenga calidad. Todo acompañado por un elenco de nueve músicos con el Quinteto Resonancia, el multiinstrumentista Víctor Batista, Ducatenzeiler y dos artistas seleccionados en un casting. Por un lado, la actriz Gabriela Verdú y por el otro el joven Darío Pérez Nuez. La dirección escénica ha corrido a cargo de Antonio Suárez Navarro dando forma a una puesta en escena ágil y pensada para conectar con nuevas audiencias.
Desde temas de Néstor Álamo o José María Millares Sall, hasta clásicos populares canarios, pasando por composiciones de Brahms, Kodaly o Boccherini, o incluso raps de creación propia. Todos con arreglos musicales, en su mayoría, de Joseph Racz, con la aportación de Dulce Bermúdez y Gaby Simón.
Desarrollo dramático con ritmos y melodías conocidas
Así, el espectador asistirá a un desarrollo dramático que se intercala con los ritmos y melodías tan conocidos como Ay Teror que linda eres, De Belingo, Arrorró Canario, Mazurka canaria, Kindertänze, Danza Húngara N° 5 , El Canario, Minué, Pasodoble de Lanzarote o Andrés, repásate el motor. «La clave es entender que tradición, música clásica y rap no son mundos tan lejanos», señala el coordinador del proyecto. «Todos nacen de la necesidad de expresar emociones y contar historias. En el espectáculo los ponemos en diálogo: se alternan y se mezclan. Así el público descubre que comparten elementos expresivos que hacen que la conexión sea natural y atractiva».
Para Ducatenzeiler el montaje representa algo muy actual: distintas formas de vivir la música dentro de una misma familia. «El padre defiende la tradición, la hija la música clásica y el hijo el rap. Cada uno cree tener razón, y eso genera una dialéctica con la que es fácil identificarse. Poco a poco descubren que todas las visiones son válidas si hay calidad y mueven emociones, y que la riqueza está en escucharse y compartir».
Los intérpretes rompen la cuarta pared
Los intérpretes rompen la cuarta pared , hablan directamente con los espectadores y los hacen parte de la historia. «La irrupción del hijo rapero, un niño de 11 años, indudablemente aportó un plus de acercamiento al público infantil: sorprendió por su edad, conectó de forma inmediata por el lenguaje del rap y marcó un auténtico punto de inflexión en el espectáculo».
Por otro lado, el guión permite abordar el conflicto sin rigidez, suavizando las diferencias y generando empatía. «Así, la idea de respeto y convivencia se transmite de forma orgánica», señala Ducatenzeiler. «Vivimos en un mundo bastante polarizado, donde a veces cuesta encontrar puntos en común. Frente a eso, proponemos la música como un lugar de encuentro, como un espacio donde cosas muy distintas pueden convivir sin problema. Y desde ahí el espectáculo también tiene ese sentido transversal, que va más allá de lo musical y conecta con lo que está pasando en la sociedad».
Un lenguaje vivo y lleno de emociones
De este modo, dentro del espectáculo, la música clásica «deja de presentarse como algo distante o elitista para mostrarse como un lenguaje vivo, lleno de emoción y con raíces conectadas a la tradición popular», señala. «Al dialogar con otros estilos, se evidencia que muchas de sus grandes obras nacen de melodías sencillas, danzas o formas populares. Así, la música clásica deja de verse como algo de museo y se percibe como algo cercano, accesible y mucho más fácil de disfrutar de lo que muchos piensan». Para el coordinador, este tipo de propuesta es clave en estos momentos. «Parte del universo sonoro del propio público joven y lo amplían sin imponerlo. En lugar de presentar la música de calidad como algo ajeno, la integran en una experiencia cercana, emocional y significativa».
De este modo, el montaje «despierta la curiosidad, genera una conexión directa con la música en vivo y, sobre todo, puede derrumbar prejuicios, además de fomentar valores como la escucha, el respeto y la apertura, tanto en la música como en la convivencia»
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