Entrevista | Selena Millares Escritora
Selena Millares: «Me interesa el arquetipo de la familia rota por la guerra»
Selena Millares (Las Palmas de Gran Canaria, 1963) acaba de publicar en Plaza & Janés ‘Al calor de tu nombre’, su tercera novela tras ‘El faro y la noche’ y ‘La isla del fin del mundo’

Selena Millares / Pedro Salinas
Poeta con Páginas de arena y Lampara de madrugada, también ensayista con La maldición de Scheherazade y La revolución secreta, la autora nos traslada ahora a la vida pública e intima del exiliado republicano José Almoina. La catedrática de Literatura Hispanoamericana de la Autónoma de Madrid se compromete intensamente con el protagonista, lo que facilita un acercamiento milimétrico al estado emocional de una familia española asediada por el fascismo. La búsqueda de una vida en paz recorre una obra de lenguaje depurado, pero capaz de una conexión sentimental con la tragedia de José y Pilar.
¿Cómo aparece José Almoina como personaje para una novela?
Pues sucedió por azar, en 2015. Yo estaba en un viaje de trabajo en República Dominicana para recabar documentación sobre las vanguardias históricas. Resulta muy difícil conocer lo que se escribía allí en los años treinta porque era entonces una dictadura atroz. Y una mañana de sábado, paseando por la Ciudad Colonial, en una librería pequeñita y mítica de allí me recomendaron el libro de José Almoina, Una satrapía en el Caribe. Me quedé conmocionada al leerlo: era una audaz denuncia contra el tirano, y estaba escrita por un exiliado español que arriesgó su vida y la de su familia con ese gesto. ¿Cómo no se hablaba de él en nuestra memoria colectiva? Era indiscutiblemente un acto heroico, realizado por uno de aquellos soñadores republicanos que lucharon por la democracia y contra los autoritarismos en nuestro país y también en el destierro. Almoina dedicó toda su vida a la causa de la libertad, la democracia, la tolerancia y la paz. Su arma eran las palabras, como ocurrió con Erasmo, que era su gran referente. Al exiliado gallego se le menciona tangencialmente en la novela de Montalbán sobre Galíndez, y en la de Vargas Llosa sobre Trujillo. Pero no pasan de ser menciones ínfimas.
¿Ha sido complejo el proceso de reconstrucción de la trayectoria de este exiliado?
Fue como encontrar los restos de un naufragio y querer descubrir lo que ocurrió. Además, había que darle la vuelta al relato oficial, luchar contra eso. Porque sobre Almoina hay una leyenda negra que lo trata como impostor y como infame. Claramente eso no cuadra. El dictador y sus cortesanos pusieron todo su empeño en desprestigiarlo, en enterrar su memoria, en condenarlo al olvido. Sus enemigos políticos en España, también. Lo que he hecho con este libro es una exploración e interpretación de la realidad, libre de esos prejuicios. La pista más importante son sus libros, ahí se puede encontrar cifrada toda su verdad. Y al escribir la novela, me daba cuenta de lo actual que era esa historia. Porque volvemos hoy a sentir la fragilidad de las democracias, el auge de los autoritarismos, la invasión de los bulos, la necesidad de creer en el futuro. Y el miedo a esos tiranos siniestros, que pueden perseguir hasta donde sea a sus víctimas para asesinarlas, como ocurre ahora.
En un territorio tan delicado como es intervenir literariamente sobre el legado de una persona tan llena de ideales, dueña de un legado relevante para los suyos, ¿de qué manera entra el bisturí de la ficción? ¿No hubo miedo a traicionar la realidad?
Bueno, la novela es un territorio de libertad. Y escribir sobre un personaje que realmente existió implica limitaciones, pero también ventajas. Yo decidí buscar la aprobación de su familia, por puro respeto, y le envié la novela terminada a su hija Leticia, una mujer admirable nacida en 1939 y que vive en México. A ella le encantó el libro, dijo que le parecía una «verdadera joya» y que estaba deseando verlo publicado. En cuanto a las ventajas del material histórico, facilita la verosimilitud, que no era fácil. Porque la vida de Almoina es tan rocambolesca que podría resultar increíble si no supiéramos que se trata en buena parte de sucesos verdaderos. Aunque solo es histórico el esqueleto del libro, la carnadura es novelesca, hay también mucha ficción ahí.
José Almoina cree desde el principio, en el previo a la Guerra Civil, que la violencia de un bando y de otro va a provocar una catástrofe. ¿Representa en cierta manera esa tercera España que se vio abocada al drama personal sin quererlo?
Ese siempre ha sido un tema controvertido, porque la realidad se ha visto en blanco y negro, en dos bloques, polarizada. Es verdad que hubo dos Españas, la España fascista de los sublevados y la que se oponía a ellos. Pero dentro de esa resistencia antifascista había gente democrática y también gente que creía, por ejemplo, que había que acabar con la República también, porque la veían como un Estado burgués, quemaban iglesias y conventos con todo su tesoro histórico y artístico y cultivaban una mística de la violencia. El maestro José Almoina era un erasmista, y la paz era su ideal absoluto.
Su novela desciende al destrozo humano que provocó el conflicto, no solo el físico sino también las secuelas psicológicas que arrastrarán de por vida sus protagonistas. ¿Cree que en este sentido existía un vacío literario? Almoina y su pareja, Pilar, tejen a su alrededor una especie de fortaleza familiar que lo retroalimenta frente a unas adversidades que parecen no tener fin.
Claramente hay un enorme desequilibrio entre la atención a la guerra civil, a la que se han dedicado innumerables novelas, y el olvido de nuestro exilio. A mí me interesaba ese arquetipo universal y homérico de la familia rota por la guerra, lo vemos en la historia de Ulises, que huía de la violencia y recurría a la inteligencia para enfrentarse a sus enemigos, lo vemos en pasajes famosos como el del caballo de Troya o la huida de la isla de Polifemo. La narrativa peninsular vive bastante volcada sobre sí misma, le falta la mirada atlántica. Los isleños, en cambio, tenemos un vínculo fuerte con ese mundo, por muchas razones.
Las circunstancias bélicas, con el estallido de la II Guerra Mundial, los llevará hasta el exilio de la República Dominicana, donde Almoina acaba formando parte del círculo más cercano del sanguinario dictador Trujillo. Pudo haberse convertido en un corrupto más. Pero él se mantiene firme en sus principios, también influenciado por la masonería. Es un héroe, aunque bajo sospecha, o al menos a la espera de que la historia lo absuelva.
Es que cuando ves que un exiliado español acaba convertido en secretario personal de un tirano puedes pensar que es un miserable, pero hay que explorar las razones. El dictador Rafael Trujillo acogió a los republicanos exclusivamente para blanquear su imagen internacional de genocida, tras la matanza dantesca que ordenó en la frontera contra los haitianos. Su sueño era hitleriano, quería tener un imperio en el Caribe y el país vecino era su primera obsesión. Por otra parte, Trujillo sentía fascinación por los grandes intelectuales, porque él era un hombre sin cultura. Como Almoina era el más brillante, lo convirtió en tutor de su hijo y en secretario personal. No se le podía decir que no. Un no a Trujillo equivalía a una pena de muerte y al castigo de la familia de quien osara contradecirle. Almoina tuvo que sacrificarse para salvar su vida y sobre todo la de los suyos. Incluso la de Galíndez. Por otra parte, esta novela cuestiona el falso mito que ha provocado una lectura interesada de la estupenda novela de Montalbán sobre el exiliado vasco asesinado por el sátrapa, que no fue precisamente un héroe, sino un doble o triple espía y un delator, como lo demostró hace muchos años el investigador Manuel de Dios Unanue, también asesinado, por cierto.
Almoina será expulsado del Partido Socialista por deslealtad, igual que Negrín, otra personalidad que aparece en su novela, pero que ya es una sombra de lo que fue. ‘Al calor de tu nombre’ se adentra en la espesura del exilio, en esa piña que forman para sobrevivir. Pero hay una cara B, que son los odios que arrastran y las miserias de cada uno para salir a flote. ¿Cree que ha salido airosa de esa jaula de grillos que fue el exilio republicano?
Explorar ese extraño avispero fue complejo, pero también ilustrativo, y en efecto hubo muchas mezquindades y miserias. De un lado tenemos la nobleza de quienes como Negrín o Almoina o Juan Chabás estuvieron luchando hasta el final por el bien común. Y de otro lado están esas miserias humanas que acaban intoxicándolo todo. Además, había un componente añadido y era la infiltración del espionaje franquista y norteamericano en el corazón del exilio español, eso tuvo consecuencias tremendas. Creo que queda claro en el libro. Por otra parte, me gustaría que todo ese sufrimiento de las familias rotas por las migraciones y las guerras fuera recordado ahora, porque somos un país de migrantes, siempre lo fuimos.
En la obra se reencuentra con su tío abuelo Agustín Millares Carló, eminente paleógrafo, latinista y catedrático de la Universidad Central de Madrid. Es otro de los exiliados en México, compañero de trabajo de Almoina en una editorial, donde tratan de salir adelante. ¿Hasta qué punto han influido las penalidades de su familia a la hora de adentrarse en la realización de la novela?
Bueno, en el libro no se nombran los apellidos de Agustín, solo el lector sagaz puede identificarlo. Aunque sí están las pistas. En ese rescate de los olvidados que es también la novela son tres los canarios evocados, y es algo muy intencional, porque los exiliados isleños viven un doble olvido. Pero lo de Agustín fue algo casual, no premeditado. Yo fui explorando e imaginando todo a partir de los indicios disponibles. Y descubrí de pronto que en la editorial con la que colaboraba Almoina también trabajaba Agustín Millares, los nombres de ambos figuraban en los libros. Esa confluencia me dejó fascinada. Así que decidí incluir también a Agustín como personaje. Una vez acabada la novela, cuando le consulté a Leticia si su padre conoció al latinista, me confirmó que sí, que su padre trabajaba con Agustín y que lo adoraba, como ser humano y como sabio, y que ella también lo había conocido. ¿No es increíble? Así son los azares. En cuanto a tu pregunta, mis ausentes me alientan y me acompañan siempre, sí, a veces como una herida que poco a poco vamos cosiendo.
Uno de los puntos álgidos de la obra, o al menos a mí me lo parece, es la descripción del sátrapa Trujillo y su esposa María. Traslada al lector esa combinación de megalomanía, maldad y perversidad de manera magistral, en la senda de Roa Bastos o García Márquez. ¿Cómo se logra?
Es verdad que es complejo meterse en la piel de semejantes personajes, por lo que tienen de siniestros y abyectos. Y es verdad que Roa y Márquez y otros grandes autores nos dieron estupendas muestras del tratamiento de los tiranos. A menudo, con la técnica del esperpento valleinclanesco, tan eficaz para tumbar su narcisismo y su automitificación, y quién sabe si con el modelo almoinesco también. Yo elegí otro camino. Almoina era un hombre de una inteligencia privilegiada, esa era su arma fundamental. Mi referente, salvando distancias, sería más bien clásico, homérico, como te decía: Ulises venció a Polifemo con su inteligencia, con la fuerza nunca lo habría logrado. Y también cervantino: en Almoina y Pilar tenemos esa dicotomía del extremo idealismo, insensato y visionario, y el realismo más pragmático, que sin embargo sigue a su compañero, imantado por su sueño.
¿En qué estado literario y personal se queda uno tras publicar una novela tan intensa, donde el espacio para la alegría y la esperanza es casi imposible?
Es verdad que la novela recuerda historias terribles de la guerra y del exilio. Pero también nos habla del amor que nos alienta, de la familia que nos refugia, de los sueños que dan sentido a nuestras vidas, y que nos salvan de tanta miseria. Yo creo que sí que hay en ella espacio para la esperanza. No solo en los destellos de humor y en los momentos de felicidad. También en esa idea de que resistir es vencer. Parece un lema a veces quijotesco, pero habla de la fe en el futuro. El protagonista participó en la guerra de los libros contra la tiranía, eso dio sentido a su existencia. Los tiranos siempre temen a los escritores, las balas no pueden acabar con las ideas. El pensamiento es un lugar de resistencia, y se refugia en ese objeto maravilloso que es el libro. Nuestras vidas pasan, pero quedan nuestras palabras, nuestras ideas, en esas cajitas de luz que son los libros. Ahora mismo estamos tú y yo hablando de alguien que murió hace casi siete décadas, y su legado sigue vivo. Él está en pie hablando con nosotros, por arte de palabra. Y eso en sí ya le da sentido a toda su lucha.
Suscríbete para seguir leyendo
- Detenido el conductor que atropelló mortalmente a un peatón en Almatriche
- Detenido un miembro de la banda que atracó la joyería del centro comercial El Mirador
- Tres claves sobre la tasa de basuras de Las Palmas de Gran Canaria: bonificaciones, descuentos y fraccionamiento
- Vecinos de Siete Palmas denuncian el impacto del Granca Live Fest y estudian acciones legales
- La directiva de Nueva Línea rompe su silencio y señala el motivo que habría precipitado la ruptura del grupo
- El Cupón Diario de la ONCE deja 245.000 euros en Gran Canaria con siete boletos premiados
- Kiren González, Puntal A del Maxorata: «Luchar esta final ante el Unión Antigua sería ser cómplices de esta situación»
- La Bonoloto cae en Las Palmas de Gran Canaria
