Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Los múltiples rostros de Lang Lang en el Santa Catalina Classics: del rigor de la partitura a la libertad de la evocación

La interpretación del pianista chino evolucionó desde la arquitectura clásica de Mozart y Beethoven hacia una expresividad más libre con Albéniz y Granados

Lang Lang inaugura la edición más íntima y extraordinaria del Santa Catalina Classics

Johanna Betancor Galindo

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Johanna Betancor Galindo

Johanna Betancor Galindo

Las Palmas de Gran Canaria

La expectación acompañaba a Lang Lang mucho antes de que sonara la primera nota. Los jardines de Santa Catalina, a Royal Hideaway Hotel acogieron anoche la inauguración de la sexta edición del Santa Catalina Classics con uno de los nombres más mediáticos de la música clásica contemporánea.

El intérprete chino llegaba a Las Palmas de Gran Canaria precedido por una dualidad que ha marcado buena parte de su trayectoria: la del fenómeno global capaz de acercar la música clásica a nuevas audiencias y la del músico sometido al escrutinio constante de quienes analizan cada una de sus decisiones interpretativas.

El programa elegido para la ocasión parecía diseñado para explorar precisamente esa dualidad. Desde la elegancia clásica de Mozart y la profundidad de Beethoven hasta el color nacionalista de Albéniz y Granados o el virtuosismo romántico de Liszt, el recital proponía un recorrido por distintos lenguajes pianísticos que permitía observar las múltiples facetas de un intérprete acostumbrado a moverse entre mundos muy diferentes.

El color y la recreación de atmósferas marcaron el giro expresivo del recital en el repertorio español.

El color y la recreación de atmósferas marcaron el giro expresivo del recital en el repertorio español. / LP/DLP

La arquitectura del clasicismo

La respuesta comenzó a dibujarse desde los primeros compases del ‘Rondó en re mayor K.485’ de Mozart, una obra representativa del clasicismo vienés, construida sobre el equilibrio, la claridad y elegancia del discurso musical. Lang Lang apostó por una lectura de sonido brillante y articulación precisa. Cada detalle parecía estar exactamente donde debía. Todo sonaba claro, ordenado y muy pensado, como si el pianista quisiera mostrar antes la arquitectura de la obra que dejarse llevar por ella.

Esa misma impresión se prolongó en buena parte de la primera mitad del recital. La ‘Sonata nº 8 Patética’ permitió al intérprete adentrarse en un lenguaje más dramático, construido sobre contrastes muy marcados y cambios constantes de tensión. Los finales de movimientos, prolongados con ambos brazos suspendidos en el aire antes de recibir los aplausos, parecían buscar una extensión visual de esa intensidad. A medida que avanzaba la obra, la interpretación fue ganando peso expresivo y los cambios de ritmo comenzaron a sentirse más naturales, aunque daba la impresión de que el pianista seguía teniendo muy presente el control de cada detalle.

La ‘Sonata Op.110’ ocupaba, sobre el repertorio, el centro de gravedad del recital. Considerada una de las grandes cumbres del último Beethoven, exigía algo distinto a la brillantez o tensión permanente. Requería la capacidad de sostener el discurso a largo plazo y convertir la complejidad de la partitura en una experiencia unitaria. Lang Lang construyó una lectura lírica, equilibrada y atenta a la diferenciación de voces, con un uso muy contenido del pedal que favoreció la claridad del tejido musical. Más que buscar el impacto inmediato, la interpretación pareció centrarse en la coherencia interna de la obra, una elección que reforzó su arquitectura y dejó la sensación de un pianista todavía más atento a la construcción del discurso que a abandonarse plenamente a él.

El giro hacia el imaginario español

Con Albéniz cambió la temperatura del concierto. La selección de piezas de la ‘Suite española’ marcó un evidente punto de inflexión en el recital. Fue entonces cuando la interpretación comenzó a respirar de otra manera y el concierto pareció abrirse a una expresividad más libre. El universo sonoro de Albéniz encontró a un Lang Lang que por primera vez en la noche daba la sensación de que tocaba con una libertad que apenas había asomado en Mozart o Beethoven

Fue ahí donde el pianista pareció desplegar una paleta más amplia de matices, alternando pasajes de gran impulso rítmico con otros de carácter más contemplativo. La música parecía fluir con una naturalidad que apenas había asomado en la primera mitad del programa, como si hubiera encontrado finalmente un territorio donde el rigor de la construcción y la libertad expresiva dejaban de competir entre sí.

Granados confirmó esa transformación. Si Albéniz construía paisajes sonoros, ‘Quejas o la maja y el ruiseñor’ parecía detenerse en las emociones y en los personajes. Lang Lang dibujó con delicadeza la línea melódica principal, cuidando el diálogo entre las distintas voces y permitiendo que la música respirara con naturalidad. Allí el piano se acercó por momentos a la voz humana. La melodía parecía cantar por encima del acompañamiento con una naturalidad que convirtió la pieza en uno de los instantes más íntimos de la velada.

El virtuosismo como colofón

La recta final quedó reservada para Liszt. Tras el lirismo de ‘Consolation nº 2’, llegó la energía arrolladora de la ‘Tarantella de Venezia e Napoli’, una obra construida sobre el ritmo frenético de una danza popular del sur de Italia que exige tanto precisión como resistencia.Si hasta entonces había predominado el control, en Liszt apareció un intérprete mucho más desinhibido. El movimiento constante de su cabeza y la energía con la que acompañaba cada frase daban la impresión de alguien completamente absorbido por la música. La respuesta del público fue inmediata y la ovación final terminó siendo la más entusiasta de la noche.

Tras recibir un ramo de flores sobre el escenario, el pianista puso el cierre al recital con el célebre ‘Claro de luna’ de Debussy y una breve pieza de Chopin. Dos obras mucho más íntimas que sirvieron para bajar el telón y cerrar una noche que ganó en calidez a medida que el pianista parecía sentirse cada vez más cómodo sobre el escenario.

Tracking Pixel Contents