CRÍTICA
Lang Lang, señor de los alisios

Johanna Betancor Galindo
Fierabrás
O uiso Jorge Perdigón, con la habitual discreción que le adorna, iniciar su andadura como director artístico en Santa Catalina Classics con una programación muy intimista y basada en una oferta de grandes artistas en solitario. Llamativo y arriesgado dado el gusto del público por el volumen fácil y eso de meter mucha gente en un escenario, pero el cartel presentado no asoma dudas: el popular Lang Lang, el mejor guitarra de nuestro tiempo Pablo Sáinz Villegas o el genial arpista Xavier de Maistre.
Desde que Charles Rosen nos ilustrara sobre la historia del piano y los pianistas, en todas las generaciones ha surgido un extraordinario teclista perfecto de dedos, carismático, afable y empático al público y al mismo tiempo vituperado por la crítica o los más conspicuos defensores del estilo y la técnica. Sin duda Lang Lang se ciñe a este perfil, el pianista chino es irreprochable en su habilidad técnica y sigue asombrando por la pasmosa facilidad con la que resuelve pasajes vertiginosos como en la “Tarantella” de Liszt o algunos momentos de la Sonata 31 de Beethoven.
Otra cosa es la particular versión que tiene el pianista de el alma musical de estas piezas. Mostró Lang Lang una primera parte más comprometida de lo normal dado el espacio – bellísima la composición escénica y lumínica de los jardines del Hotel Santa Catalina – y la sonorización de su instrumento que, sin mácula alguna en lo técnico, nos llega de manera muy artificial y trastocando sonoridades, uso de pedal o planos. Así el Mozart fue preciosista en el perlado, bien administrado en planos y de hermosa naturalidad. Cuando la gama se extendió en Beethoven, la microfonía ya afectó seriamente a la relación de registros con un grave muy perjudicado. Hizo una Patética que desde el primer acorde, más dramático que profundo, se me antoja excesivamente decorativa. El Adagio tuvo una bella, aunque a veces grandilocuente dimensión orquestal. Interpretar la Sonata 31 del de Bonn al aire libre es algo anti climático, sin embargo Lang Lang hizo una versión muy concentrada y tensa, para mi gusto falta de grandeza en contraste con un Rondó no exento de acertada visión humanista.
La segunda parte se ceñía más al carácter pianístico extravertido del intérprete. Hizo un Albéniz irregular, gustándome el pulso y la recreación evocadora de Cataluña o Cádiz. Pero estuvo extravagante en Granada, desarticulando la melodía, desmedido en Asturias y aunque pizpireta en Sevilla, Cuba de acertada disección rítmica, quedó algo precipatada.
De manera consecutiva unió una evocadora “La Maja y el Ruiseñor” de Granados, bella en sonoridad, liviana de intenciones, con otro mundo tan diferente como la “Consolation” n.º 2 de Liszt, aquel debió ser atmosférico, el húngaro rebosó pleno y bello aliento romántico.
Como el alisio modera las temperaturas, Lang Lang satisfizo al público fuera de programa con un nocturnal “Claro de luna” de Debussy feérico y un asombroso, por la diversidad de caracteres, Vals, Op.42 de Chopin. Contrastes estilísticos en el que nuestro pianista se mueve libre como el viento.
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