Análisis
Fin de la magdalena
Caemos por la pendiente de ser una más del montón: una ciudad sin alma, aplastada por una tonelada de franquicias y sometida a una acelerada usurpación sensorial

Imitación de ‘Bodegón con dulces’ (1600-1650) de Juan var der Hamen y León. / LP/DLP
A medida que las ciudades crecen y se convierten en lugares inhóspitos, sus habitantes buscan como perros truferos asideros con el pasado o remansos de paz que los saquen del cansancio que provoca la sensación de desbordamiento. Comprar un pan amasado por un panadero, el calor que emana de un horno, la conversación con el dependiente, el fogonazo a la infancia, el sabor de la tarta de naranja amarga, la charla en una terraza que está en el sitio donde nació la ciudad... Todos esos y muchos más son bienes materiales e inmateriales (diría que hasta espirituales) a preservar, un conglomerado que mejora la calidad de vida y nos hace más humanos.
Claro que todos somos iguales ante la ley y que hay que cumplirla, pero la máxima no soluciona el problema de fondo. Las Palmas de Gran Canaria, que aspira a ser Capital de la Cultura, sufre en estos últimos años la desaparición por problemas de regulación de sus espacios más proustianos. Y disculpen por acudir al tópico (300 palabras escritas en Por el camino de Swann de Marcel Proust para describir el recuerdo olfativo y gustativo de la magdalena mojada en el té) a la hora de delimitar esta usurpación sensorial.
Caemos por la pendiente de ser una más del montón: una ciudad sin alma, con su identidad apagada por toneladas de franquicias y lugares donde se premia el colesterol y los triglicéridos. Ponemos el ojo en los casos más llamativos y últimos, la barra del legendario hotel Madrid, la panadería Miguel Díaz y ahora Parrilla. Pero el sangrado es largo y pertinaz. Los barrios han perdido sus bares de esquina y sus tiendas de fiado por la fuerza especulativa (y colocación estratégica) de las grandes superficies comerciales. Un movimiento de intereses que encontraría su mejor coladero en las facilidades que el Ayuntamiento capitalino de turno les dio para que la expectativas de sus compras de suelo tuviesen fiel reflejo en el planeamiento urbanístico.
Claudio, el zapatero artesano que había en la calle General Bravo, me contaba un día que había tenido que irse con el taller a un sitio de la periferia dado que su actividad era industrial, según la normativa. Se llevó la máquina y no tuvo más remedio que optar por abrir sólo dos días a la semana en su local de siempre. Tiempo después fallecía por una dolencia repentina, muy vinculada al trajín laboral que tenía entre manos y al estrés por los gastos que debía afrontar. Sea debido a una razón u a otra, lo cierto es que Las Palmas de Gran Canaria convertía en testimonial la presencia de un zapatero exquisito.
Sí, claro que la normativa es de inequívoco cumplimiento. Pero no se puede comparar la actividad tradicional del ebanista que construye arcones o cajas de cedro con un taller tóxico de chapa y pintura. Ni tampoco hay paralelismo alguno entre el trabajo del lutier que ensambla, repara y ajusta instrumentos y una ruidosa industria lavacoches. Los parámetros son bien diferentes, como saben todos esos expertos que conforman el Consejo de Cultura y que supuestamente deberían velar por este delicado asunto. Ya está bien de aceptar representaciones que sólo sirven para llevar una insignia más en la solapa, o para decir bwana al gobierno que gestiona sin periscopio futurista.
Faltaría más que los técnicos municipales no se afanasen en colaborar con los damnificados. No es un favor, ni una extralimitación. No, es una obligación para que esta ciudad no continúe perdiendo a chorros su forma de ser. Ya es un drama que muchos establecimientos cierren sus puertas asfixiados por la gentrificación, pero lo es más que el responsable político asista desde el balcón a los funerales con unos ataúdes de cuyas rendijas escapan emanaciones de pan y hojaldre recién horneados.
Esta ciudad ha vivido permanentemente en el caballito del fin de la magdalena por la linealidad mental (por no decir obcecación cerril) de alguno de sus gestores. Todavía me acuerdo de Néstor Álamo encadenado a los árboles del Paseo Lentini para que no se los cepillaran. O a la matriarca de los Blanco Roca, farmacéuticos de Luis Morote, junto al tronco de un ejemplar de palmera de su calle a la que le querían darle el materile. Estar en alerta es el sino de una ciudad que aspira a alcanzar la Capitalidad Cultural, aunque acabe por destrozar su moño.
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