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Gonzalo Ubani, director artístico del Teatro Cuyás: "Me encantaría que 'El entusiasmo' y 'Fronteras' agotasen todas las entradas"

El responsable de la programación del recinto escénico de referencia de Gran Canaria analiza los datos de la última temporada y avanza detalles sobre la próxima que sube el telón en septiembre

Gonzalo Ubani, director artístico del Teatro Cuyás.

Gonzalo Ubani, director artístico del Teatro Cuyás. / J.PEREZ CURBELO

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Nora Navarro

Nora Navarro

El Teatro Cuyás inauguró hace un año una imagen y estética más dinámicas y coloristas con el objetivo de "atraer a nuevos públicos". Según el balance de esta última temporada, ¿se ha cumplido este propósito?

Me encantaría que la estética renovada del nuevo equipo de diseño y de imagen consiguiera atraer a más público joven, pero observo que es una tendencia universal que el público en todo el mundo es mayor y femenino. Pero gotita a gotita, renovando la imagen y programando algunos espectáculos que puedan atraer a un segmento más juvenil, como hemos estado haciendo estas últimas temporadas y que ha funcionado bien, se consiguen avances. Lo que sucede es que el teatro no está en las escuelas. En nuestro caso, nuestro programa pedagógico sale adelante de la mano de profesores y profesoras que lo hacen porque les da la gana. No les obliga a nadie, sino que lo hacen por amor al teatro, porque podrían no hacerlo. Así como en la música sí existe esa obligación porque está en el currículum, en España no existe una asignatura de formación teatral obligatoria. ¿Por qué los ingleses y los argentinos son los mejores actores del mundo? Pues porque hacen teatro en el colegio y además hacen exámenes orales. Entonces, jugamos con desventajas en el teatro, de manera que la afición tiene que venir de factores externos como la familia, un profesor o un amigo.

Ante ese envejecimiento de los públicos del teatro, ¿le preocupa que no haya relevo?

Eso es una pelea continuada. Sabemos que vienen más mujeres porque las mujeres son más cultas que los hombres, pero el público que viene es un público eminentemente mayor porque son gente que, después de toda una vida, tiene ese bagaje teatral y sigue yendo al teatro. En cambio, el público juvenil suele venir a obras concretas que les interesan o que les suenan, ya sea porque se trata de un montaje basado en un texto conocido o que cuenta con un actor que siguen, pero son los menos. Estoy seguro de que esto sucederá con Invisible, que cierra la primera parte de la próxima temporada 2026/27, basada en la exitosísima novela de Eloy Moreno, que supera las 60 ediciones y ya ha leído todo el mundo entre 12 y 16 años. En definitiva, este es el panorama, pero no dejaremos de insistir.

Últimamente destaca que el público se moviliza más al teatro si el elenco cuenta con rostros populares de la televisión o el cine. ¿Lo ve positivo o negativo?

Me parece maravilloso, porque el caso es que vengan al teatro. Me basta con que vengan una sola vez y digan: pues no es ni tan horroroso ni tan coñazo como me parecía. O todo lo contrario, claro. Yo se lo he agradecido mucho a gente como José Sacristán, que sigue apuntándose a estos follones, o a Carmen Machi, que en 2010 vino con una obra de Thomas Bernhard, Almuerzo en la casa de los Wittgenstein, que era un buen palo en la cabeza (risas). Había gente que se marchaba e incluso hubo una señora que nos mandó una carta indignada diciendo que había estado viendo aquí a la Machi en una tragicomedia que era "muy repetitiva y muy plana". Pues, efectivamente, señora, acaba usted de definir a la perfección el teatro de Thomas Bernhard. Pero yo le doy las gracias a las actrices todoterreno como ella, que aprovechan su enorme popularidad para "engañar" a la gente para que venga a ver una obra de puro teatro, de un Bernhard o un Mayorga, porque podrían estar haciendo cosas mucho más inanes, mucho más fáciles y rentables, pero al contrario, eligen meterse en estos líos.

La ocupación en el Cuyás ha registrado un aumento de más de diez puntos porcentuales, del 55,31% al 66,47%, esta última temporada con respecto a la anterior, ¿a qué diría que se debe?

Pues pienso que precisamente se debe a esto que hablamos, que habrá venido más gente porque ha habido de esos espectáculos de tirón o con actores y actrices de tirón. Antes de la pandemia, en el Cuyás rozábamos e incluso superábamos con poquito el 70% de ocupación, que está muy bien. Hay que tener en cuenta que el Teatro Cuyás es una sala muy grande, con 940 butacas. Si haces un cálculo rápido, eso significa que cada vez que levantamos el telón hay, como mínimo, 600 personas. Solo el patio de butacas tiene 550 localidades, mientras que el Teatro Pérez Galdós no llega a las 400, por ejemplo. La diferencia es notable. Por tanto, llenar esto es complicadísimo y, si llenamos dos tercios, nos damos por más que satisfechos. De hecho, te diré que Manuel Pineda [gerente del Cuyás] y yo estamos pensando en colocar el patio de butacas a tresbolillo para repartir y mejorar la calidad visual del público, aunque para eso nos comamos 100 butacas, porque es como deben colocarse en los teatros como dios manda.

En cuanto a la primera parte de la próxima temporada 2026/27, que anunció esta semana, ¿qué montaje o montajes de los 14 programados le gustaría que convocase a una buena afluencia de públicos?

Sin duda, El entusiasmo, de Pablo Remón, porque cuenta con el mejor reparto que se puede juntar ahora mismo en este país, con Francesco Carril, Natalia Hernández, Raúl Prieto y Marina Salas. Verlos en escena es una absoluta delicia, y luego la obra está escrita, dirigida y contada maravillosamente bien. En Madrid había guantazos para verla, porque Remón es muy, muy brillante. Me llevaría un disgusto si estas funciones no se llenaran, de verdad. También me haría mucha ilusión que la gente viniera a ver Fronteras, de Henry Naylor, con Carolina Yuste y Eneko Sagardoy levantando unos monólogos que es una maravilla, y con la dirección de Andrés Lima.

Este jueves recordó la experiencia teatral de VaniaxVania, una reescritura de Chéjov compuesta por dos obras en dos tiempos que se representó de forma consecutiva en el Cuyás y en la Sala Insular de Teatro. ¿Merece la pena meterse en un lío maravilloso como aquel?

Desde luego, aquel experimento fue maravilloso y el equipo quedó encantado con la experiencia. Yo creo que los dos experimentos más locos que hemos hecho en el Cuyás han sido ese y El crimen de la perra Chona. Con respecto a esta última, recuerdo que Mario [Vega, de Unahoramenos] me llamó y me dijo: tengo que presentarte un proyecto, pero no te lo puedo presentar en el despacho, sino que tiene que ser en La Picadita con una botella de vino porque, si no, me vas a matar (risas). Todavía hay gente que me recuerda aquello y se nos ponen los pelos de punta, porque fue un acontecimiento. Desde el equipo, con Antonio Lozano, Alexis Ravelo y Germán Arias, a las calles aledañas ambientadas con coches antiguos de los años 50 y actores disfrazados, el público salía encantado con sus acreditaciones girando por los escenarios del Cuyás, la Sala Insular de Teatro, el Círculo Mercantil y el Palacete de Quegles. Claro que vale la pena meterse en algo así.

El informe realizado por el Observatorio de la Cultura de Fundación Contemporánea que selecciona cada año "lo mejor de la cultura" del panorama español distinguió este año al Cuyás como el segundo mejor equipamiento cultural de Canarias. ¿Cuáles cree que son sus fortalezas?

Sí, ahí estamos en ese segundo puesto ex aequo con el Phe Festival. Me remonto a los comienzos porque yo creo que se debe, en parte, a que el Cuyás surgió sin competencia, ya que el Teatro Pérez Galdós estaba cerrado, el Guiniguada también y la Sala Insular estaba al borde del colapso -y de hecho, se colapsó, y no mató a Mónica Lleó de milagro-. Entonces, no teníamos competencia y eso te concede el margen de unos cuantos añitos para regar. Pero sí recuerdo que, desde los primeros años, Manuel Gutiérrez, su primer director, y yo comentábamos que el Cuyás ya se estaba llenando desde el principio. Claro, ten en cuenta que aquí hay mucha, mucha, mucha herencia teatrera y hay mucha gente viva todavía que ha visto muchísimo teatro, porque aquí ha venido gente muy gorda. Por tanto, el Cuyás empezó con muy buen pie, porque tuvimos dos o tres años para ajustar y enfilar un cierto tipo de línea de lo que se quería hacer. Por otro lado, el Cuyás no ha tenido especiales injerencias políticas y creo que, menos Vox, ya ha pasado todo el arco parlamentario canario por la consejería de Cultura del Cabildo, pero nunca ha habido injerencias ni intentos de manejar el asunto, sino que nos han dejado respirar y nos han dejado hacer. Cuando hablo con otros colegas de otras provincias de España, me doy cuenta de que es una situación muy reseñable, muy loable y muy envidiable. Por último, también creo que hemos sabido mantenernos en esa línea de calidad por encima de todo y que piensa en los distintos públicos, porque, al fin y al cabo, no programamos para nosotros, sino que programamos con dinero público. Con todo ello, me gusta utilizar el término de "prescriptor", porque hablar de "educar al público" me resulta paternalista, pero sí tratamos de traer cosas al Cuyás que sean un descubrimiento. Y aquí seguimos, en esa maratón de seguir corriendo al infinito.

Después de un cuarto de siglo vinculado al Cuyás, ¿de qué se siente más orgulloso?

Siempre respondo que me enorgullezco de haber visto crecer a compañías canarias maravillosas como 2RC Teatro, Delirium Teatro, La República, Unahoramenos o Clapso. De hecho, yo tengo una ventaja y es que, cuando llegué hace 25 años, no conocía a nadie de aquí y eso, para muchas cosas, ha sido una ventaja, porque me ha dado mucha objetividad desde el comienzo. Y sé que es una suerte porque tengo muchos colegas que dirigen teatros y cuyo ámbito teatral local es horroroso, de una calidad pésima, y los tienen que programar. Pero es que las compañías locales aquí son muy buenas, y además, se complementan, porque cada una cultiva una línea, un discurso y un estilo diferente. Así que todo eso es una suerte, un orgullo y un respiro. Fíjate, ya son 25 años en Gran Canaria, y precisamente el otro día le decía a mi mujer que ya llevamos aquí el tiempo suficiente para echar de menos a gente que se ha muerto y que hemos querido. Creo que eso habla del arraigo que sientes por un lugar.

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